--EL CORONEL NO TIENE QUIEN LO AVALE
Por Jorge C. Oliva Espinosa
El título de esta anécdota puede parodiar una obra del gran Gabo.
Trata también de un coronel que espera recibir un reconocimiento al
llegar a la edad del retiro. García Márquez nombró al suyo Buendía.
Fiel a piadosa norma, excuso identificar con algún apellido al Coronel
del relato mío.
198?
Marcial porte, vistoso el uniforme lleno de insignias y medallas, en
las charreteras dos estrellas doradas indican su rango: Teniente
Coronel de nuestras Fuerzas Armadas. Su visita me sorprende y el
motivo de ella me deja perplejo: viene a pedirme un aval para
solicitar su medalla como combatiente de la clandestinidad.
Yo lo había conocido en los 50, cuando él estudiaba en el Colegio
Édison y yo visitaba ese centro de segunda enseñanza, donde había
hecho contactos para labores de propaganda del M 26 7. Creo que fue
Bodes, el presidente de la Asociación de Alumnos de aquel centro,
quien me lo presentó. No tuvimos más contactos y mucho tiempo después
supe que era primo hermano de un compañero que compartió conmigo años
de trabajo en la Universidad; por este primo suyo supe que había hecho
carrera militar y ahora lo tenía frente a mí, ya no era el jovencito
de aquel lejano entonces, era todo un señor oficial.
Le mostré mi asombro ante su petición, yo no había tramitado mi
medalla y lo más que podía testimoniar es que él había ayudado a
distribuir bonos de a peso, pues no sabía de otras actividades suyas.
Muy falto de avales debía estar aquel "Coronel", para acudir a mí. Fui
franco pero me mantuve cordial, fiel a la tradición árabe que ordena
no ofender a nadie bajo tu tienda. Y entonces se lanzó al precipicio
de lo inadmisible:
_Mira tú sabes cómo son las cosas... Ya, por lo años de servicio, puedo
optar por el retiro, y esa medalla me garantiza un aumento sustancial
en la pensión... Además, mi condición de Oficial y militante del
Partido... Claro que la compra de un bono no es mérito suficiente pero,
en confianza, tú me puedes ayudar poniendo que colaboré en otras
cosas... ¡Tú sabes cómo funciona eso!...
Ante tal desparpajo, no lo dejé continuar, la cólera me enmudecía, el
atrevimiento de aquel sujeto era desconcertante; pero logré levantarme
de mi asiento, en silencio fui hasta la puerta y abriéndola lo convidé
con un gesto a marcharse. La expresión de mi rostro debió
interpretarla como lo que era: una seria advertencia, una clara señal
de peligro. Lo vi partir, con la premura de un perro que huye ante la
amenaza de ser apaleado.
Ignoro si con otro de su calaña logró el ansiado aval, pero años
después supe que, ya retirado, había trasladado su domicilio
definitivo a Madrid, donde murió ya convertido en ciudadano español.
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía.
Agosto 6 de 2014
________________________________________________________________
De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
martes, 5 de agosto de 2014
lunes, 4 de agosto de 2014
JULITO, LA HERMANDAD
--JULITO, LA HERMANDAD
Por Jorge C. Oliva Espinosa
"Si tengo un hermano...hermano de suerte... hermano de vida, de historia y
de muerte..."
Silvio Rodríguez
Es cierto que los cubanos pecamos de exagerados; en lo efusivo, cuando
un amigo se hace entrañable nos apresuramos a llamarle "hermano". Sin
embargo, y queriendo ser objetivo, aclaro que, en mi criterio, la
hermandad es el sentimiento que hace a los hombres amarse y
comportarse unos con otros como verdaderos hermanos, estadio que no
siempre alcanza la amistad. En los años que tengo, he visto varios
ejemplos de verdadera hermandad, pero el más cercano y grande de todos
sigue siendo Julio Pagés Baltar, para nosotros "Julito". Me precio de
haber conservado amigos desde épocas ya remotas, los que solo la
muerte me hizo perder. Amigos del barrio, de infancia y juventud, me
acompañaron durante un largo trecho. De todos ellos, Julito fue sin
dudas el más antiguo: con apenas seis años éramos compañeros de juegos
y habitábamos la misma casa de vecindad, enclavada en la Calle
Consulado No. 108; su familia vivía en los bajos y la mía en la
azotea; entre recuerdos amarillados por el tiempo, guardo una foto en
que aparecemos en ese lugar, vestidos él de indio, yo de cowboy, somos
dos pilluelos que no han mudado sus primeros dientes. En aquel barrio
fuimos creciendo y cuando me mudé para el número 20 de la misma calle,
continuamos nuestra vieja amistad y concurrimos al mismo colegio de
barrio. Con Julito, Juan y otros amigos fuimos a la Universidad aquel
trágico 10 de marzo de 1952, nos animaba igual propósito; allí
comenzamos a participar en el enfrentamiento estudiantil contra la
dictadura.
La primera prueba de hermandad nos la brindó Julito un 27 de noviembre
de aquel año funesto. Participábamos en la manifestación que recorría
la calle San Lázaro en recordación de los estudiantes fusilados en
1871; Juan era el único de nosotros que era estudiante universitario,
los demás esperábamos seguirle, pero ya estábamos vinculados a la
Universidad en nuestros trajines subversivos. Al llegar al monumento a
los ocho estudiantes de medicina, Juan se encaramó en un muro y
comenzó a arengar a los manifestantes. Los esbirros de azul
irrumpieron y se formó el desbande. Uno de aquellos sicarios tomó a
Juan por un brazo y lo bajó violentamente del pedestal para conducirlo
hasta una perseguidora cercana, yo me lancé contra el guardia y el
resultado fue que fuimos dos los introducidos en el carro patrullero.
Una vez dentro y con los golpes de rigor, el auto partió con nosotros.
Pero para asombro de todos, Julito emprendió veloz carrera
siguiéndonos; una de las veces en que, por poco alcanza al vehículo,
logró golpear su maletero con los puños. Ante su incomprensible
proceder, el chofer detuvo la marcha. Fue entonces que tuvimos la
oportunidad de escuchar la voz jadeante de nuestro amigo que exigía:
¡Llévenme a mí también! Por supuesto que lo complacieron y fuimos tres
los conducidos en aquel carro hasta la Tercera Estación de Policía.
Todo el tiempo que duró la lucha, Julito lo vivió inmerso en ella y en
las acciones que participamos juntos se preocupaba por mí y por mi
seguridad más que por la suya. En 1958 tuvo que exiliarse, fue de los
primeros cubanos repatriados en regresar cuando triunfamos y volvimos
a encontrarnos para celebrar la victoria. Después, nuestros caminos
tomaron rumbos diversos y en el año 80, Julito siguió a su único hijo
en el éxodo del Mariel. El muchacho había penetrado en la Embajada del
Perú y al no poderlo persuadir para que saliera, mi amigo ya viudo y
sin otro asidero familiar, decidió correr su suerte. Todo me lo
explicaba en una misiva en que justificaba su decisión; en ella me
hacía patente que no esperaba aprobación, pero sí comprensión de mi
parte; eso era para él muy importante. Al poco tiempo comencé a
recibir tarjetas postales provenientes de los Estados Unidos, donde,
en breves notas, me informaba detalles de su vida y dentro de los
sobres, pegadas con cinta adhesiva, con frecuencia venían cuchillas de
afeitar. Así pasaron los años que se agruparon en décadas y un día,
sorpresivamente, recibí trescientos dólares, venían acompañados de una
carta estremecedora. En ella, Julito me comunicaba que había cobrado
una indemnización por su demanda contra el médico que, por equivocar
el diagnóstico, lo había condenado a morir. Al no recibir el
tratamiento adecuado, su cáncer de próstata ya no tenía solución y
solo esperaba que las metástasis, ya aparecidas, apresuraran el fin.
Con el dinero recibido había hecho con su hijo un crucero a las
Bermudas, con el objetivo de guardar un grato recuerdo en medio de lo
inevitable. Con igual propósito me enviaba el dinero: "de algo le
serviría a su hermano de siempre, la burrada de aquel médico". Esa fue
la última vez, de muchas, que Julito me demostraba, contundentemente,
lo que él entendía por hermandad.
Desde Regla, como siempre, agosto 5 de 2014
________________________________________________________________
De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
Por Jorge C. Oliva Espinosa
"Si tengo un hermano...hermano de suerte... hermano de vida, de historia y
de muerte..."
Silvio Rodríguez
Es cierto que los cubanos pecamos de exagerados; en lo efusivo, cuando
un amigo se hace entrañable nos apresuramos a llamarle "hermano". Sin
embargo, y queriendo ser objetivo, aclaro que, en mi criterio, la
hermandad es el sentimiento que hace a los hombres amarse y
comportarse unos con otros como verdaderos hermanos, estadio que no
siempre alcanza la amistad. En los años que tengo, he visto varios
ejemplos de verdadera hermandad, pero el más cercano y grande de todos
sigue siendo Julio Pagés Baltar, para nosotros "Julito". Me precio de
haber conservado amigos desde épocas ya remotas, los que solo la
muerte me hizo perder. Amigos del barrio, de infancia y juventud, me
acompañaron durante un largo trecho. De todos ellos, Julito fue sin
dudas el más antiguo: con apenas seis años éramos compañeros de juegos
y habitábamos la misma casa de vecindad, enclavada en la Calle
Consulado No. 108; su familia vivía en los bajos y la mía en la
azotea; entre recuerdos amarillados por el tiempo, guardo una foto en
que aparecemos en ese lugar, vestidos él de indio, yo de cowboy, somos
dos pilluelos que no han mudado sus primeros dientes. En aquel barrio
fuimos creciendo y cuando me mudé para el número 20 de la misma calle,
continuamos nuestra vieja amistad y concurrimos al mismo colegio de
barrio. Con Julito, Juan y otros amigos fuimos a la Universidad aquel
trágico 10 de marzo de 1952, nos animaba igual propósito; allí
comenzamos a participar en el enfrentamiento estudiantil contra la
dictadura.
La primera prueba de hermandad nos la brindó Julito un 27 de noviembre
de aquel año funesto. Participábamos en la manifestación que recorría
la calle San Lázaro en recordación de los estudiantes fusilados en
1871; Juan era el único de nosotros que era estudiante universitario,
los demás esperábamos seguirle, pero ya estábamos vinculados a la
Universidad en nuestros trajines subversivos. Al llegar al monumento a
los ocho estudiantes de medicina, Juan se encaramó en un muro y
comenzó a arengar a los manifestantes. Los esbirros de azul
irrumpieron y se formó el desbande. Uno de aquellos sicarios tomó a
Juan por un brazo y lo bajó violentamente del pedestal para conducirlo
hasta una perseguidora cercana, yo me lancé contra el guardia y el
resultado fue que fuimos dos los introducidos en el carro patrullero.
Una vez dentro y con los golpes de rigor, el auto partió con nosotros.
Pero para asombro de todos, Julito emprendió veloz carrera
siguiéndonos; una de las veces en que, por poco alcanza al vehículo,
logró golpear su maletero con los puños. Ante su incomprensible
proceder, el chofer detuvo la marcha. Fue entonces que tuvimos la
oportunidad de escuchar la voz jadeante de nuestro amigo que exigía:
¡Llévenme a mí también! Por supuesto que lo complacieron y fuimos tres
los conducidos en aquel carro hasta la Tercera Estación de Policía.
Todo el tiempo que duró la lucha, Julito lo vivió inmerso en ella y en
las acciones que participamos juntos se preocupaba por mí y por mi
seguridad más que por la suya. En 1958 tuvo que exiliarse, fue de los
primeros cubanos repatriados en regresar cuando triunfamos y volvimos
a encontrarnos para celebrar la victoria. Después, nuestros caminos
tomaron rumbos diversos y en el año 80, Julito siguió a su único hijo
en el éxodo del Mariel. El muchacho había penetrado en la Embajada del
Perú y al no poderlo persuadir para que saliera, mi amigo ya viudo y
sin otro asidero familiar, decidió correr su suerte. Todo me lo
explicaba en una misiva en que justificaba su decisión; en ella me
hacía patente que no esperaba aprobación, pero sí comprensión de mi
parte; eso era para él muy importante. Al poco tiempo comencé a
recibir tarjetas postales provenientes de los Estados Unidos, donde,
en breves notas, me informaba detalles de su vida y dentro de los
sobres, pegadas con cinta adhesiva, con frecuencia venían cuchillas de
afeitar. Así pasaron los años que se agruparon en décadas y un día,
sorpresivamente, recibí trescientos dólares, venían acompañados de una
carta estremecedora. En ella, Julito me comunicaba que había cobrado
una indemnización por su demanda contra el médico que, por equivocar
el diagnóstico, lo había condenado a morir. Al no recibir el
tratamiento adecuado, su cáncer de próstata ya no tenía solución y
solo esperaba que las metástasis, ya aparecidas, apresuraran el fin.
Con el dinero recibido había hecho con su hijo un crucero a las
Bermudas, con el objetivo de guardar un grato recuerdo en medio de lo
inevitable. Con igual propósito me enviaba el dinero: "de algo le
serviría a su hermano de siempre, la burrada de aquel médico". Esa fue
la última vez, de muchas, que Julito me demostraba, contundentemente,
lo que él entendía por hermandad.
Desde Regla, como siempre, agosto 5 de 2014
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
domingo, 3 de agosto de 2014
DIGNA CONMEMORACIÓN DE UN CENTENARIO*
--DIGNA CONMEMORACIÓN DE UN CENTENARIO*
Por Jorge C. Oliva Espinosa
Ese 28 de enero se cumplían cien años del nacimiento de Martí. Y lo
conmemorábamos bajo una dictadura. En la Universidad, la noche
anterior participamos en la "Marcha de las Antorchas", grandiosa
manifestación del estudiantado que hizo el trayecto desde la
Escalinata a la Fragua Martiana, llevando cada participante una
simbólica antorcha para "iluminar la tenebrosa noche que vivíamos" En
nuestra escuela del barrio, la Academia Valmaña, se organizaron varios
actos de celebración. Entre ellos un concurso literario en el cual
participé como ex alumno con una biografía del apóstol donde, aunque
de forma velada, hacía alusión al sátrapa que nos oprimía y la
necesidad de derrocarlo. Era la única manera en que podíamos
expresarnos y ser admitidos en el certamen. Para mi sorpresa resulté
premiado, quizás por el mensaje nada disimulado que envolvía mi
composición.
Otro acto se celebraría en la noche. En la antigua escuela se
inauguraría un rincón martiano, que esta vez no tenía nada de rincón,
como el de La Salle, -donde Martí estaba arrinconado, con su busto
sobre una urna hermética que encerraba sus obras, haciéndolas
inaccesibles- aquí ocupaba todo el lateral de un espacioso patio
central. Como invitado principal de la Dirección del plantel, haría
uso de la palabra un afamado hombre de letras: el periodista y
escritor Gastón Baquero. Pero resultaba que el encumbrado personaje
figuraba entre los que habían redactado los Estatutos
Constitucionales, engendro grotesco con que Batista había sustituido
la Constitución de la República. Baquero pertenecía al grupo infame,
el Consejo Consultivo, espuria invención del tirano con la cual usurpó
las facultades ejecutivas y legislativas de los poderes legítimos del
Estado. En la boca de semejante sujeto, el nombre sagrado de Martí era
equivalente a un insulto a su memoria. Una afrenta de tal naturaleza
no podíamos permitirla los que nos considerábamos sinceramente
martianos. Juan y yo estábamos decididos a impedirlo. Y con esa
resolución fuimos bien temprano al acto.
Cuando llegó el "prestigioso" invitado seguido de su guardaespaldas,
nos adelantamos para constituirle un peculiar comité de recepción. En
efecto, en la misma acera, tan pronto se bajó del charolado auto, se
encontró con dos jóvenes que no disimulaban bajo los sacos de sport,
amenazadores abultamientos. Sin embargo, ni el tono ni el gesto con
que nos dirigimos a él, implicaba hostilidad alguna. Nos comportamos
dentro de la corrección más exigente, incluso con cortesía y
amabilidad:
__Buenas noches, Doctor
__Buenas...
__Doctor, su intervención en este acto es incompatible con el
pensamiento martiano. Y venimos a pedirle que se marche......
Sorprendido, el hombre se debatía entre la irritación y el asombro.
Aun así, trató de mantenerse sereno ante nuestro desenfado e ignorar
el insólito atropello del que le hacíamos objeto
__Yo he sido invitado aquí por las dueñas de este Colegio. Ustedes no
tienen autoridad para impedir mi participación. ¿Con qué cuentan
Ustedes para hacerlo?...
Pero nuestro atrevimiento era mayor y nuestra decisión también. A la
vez que desabrochábamos nuestros sacos, le respondimos:
__Somos muchos y contamos con los medios necesarios... Será mejor que
no lo dude...
Esta vez entendió el explícito mensaje y dando muestras de prudencia,
giró sobre sus pasos y volvió a entrar en el vehículo que partió
obediente a su orden. Aún tuvo tiempo por la ventanilla de lanzarnos
su amenaza:
__Ustedes pagarán por este abuso...
Juan y yo, sonrientes, lo vimos partir encolerizado. Solamente
entonces, extrajimos de nuestras cinturas las gruesas libretas
enrolladas que, a falta de armas reales, habíamos usado en nuestra
bravuconada.
Seis meses después, otros cubanos, jóvenes como nosotros,
conmemorarían de forma más digna todavía el centenario del Apóstol:
siguiendo sus prédicas asaltarían El Moncada.
*Esta memoria pertenece a "Relatos para Isabelita", un grupo de
anécdotas, dedicadas a Isabel López, sobre las actividades subversivas
que compartí con su padre, hermano mío de bala y de sangre, Juan
Leonardo López Álvarez, el primer exiliado menor de edad durante la
dictadura batistiana.
Desde Regla, como siempre, agosto 4 de 2014
________________________________________________________________
De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
Por Jorge C. Oliva Espinosa
Ese 28 de enero se cumplían cien años del nacimiento de Martí. Y lo
conmemorábamos bajo una dictadura. En la Universidad, la noche
anterior participamos en la "Marcha de las Antorchas", grandiosa
manifestación del estudiantado que hizo el trayecto desde la
Escalinata a la Fragua Martiana, llevando cada participante una
simbólica antorcha para "iluminar la tenebrosa noche que vivíamos" En
nuestra escuela del barrio, la Academia Valmaña, se organizaron varios
actos de celebración. Entre ellos un concurso literario en el cual
participé como ex alumno con una biografía del apóstol donde, aunque
de forma velada, hacía alusión al sátrapa que nos oprimía y la
necesidad de derrocarlo. Era la única manera en que podíamos
expresarnos y ser admitidos en el certamen. Para mi sorpresa resulté
premiado, quizás por el mensaje nada disimulado que envolvía mi
composición.
Otro acto se celebraría en la noche. En la antigua escuela se
inauguraría un rincón martiano, que esta vez no tenía nada de rincón,
como el de La Salle, -donde Martí estaba arrinconado, con su busto
sobre una urna hermética que encerraba sus obras, haciéndolas
inaccesibles- aquí ocupaba todo el lateral de un espacioso patio
central. Como invitado principal de la Dirección del plantel, haría
uso de la palabra un afamado hombre de letras: el periodista y
escritor Gastón Baquero. Pero resultaba que el encumbrado personaje
figuraba entre los que habían redactado los Estatutos
Constitucionales, engendro grotesco con que Batista había sustituido
la Constitución de la República. Baquero pertenecía al grupo infame,
el Consejo Consultivo, espuria invención del tirano con la cual usurpó
las facultades ejecutivas y legislativas de los poderes legítimos del
Estado. En la boca de semejante sujeto, el nombre sagrado de Martí era
equivalente a un insulto a su memoria. Una afrenta de tal naturaleza
no podíamos permitirla los que nos considerábamos sinceramente
martianos. Juan y yo estábamos decididos a impedirlo. Y con esa
resolución fuimos bien temprano al acto.
Cuando llegó el "prestigioso" invitado seguido de su guardaespaldas,
nos adelantamos para constituirle un peculiar comité de recepción. En
efecto, en la misma acera, tan pronto se bajó del charolado auto, se
encontró con dos jóvenes que no disimulaban bajo los sacos de sport,
amenazadores abultamientos. Sin embargo, ni el tono ni el gesto con
que nos dirigimos a él, implicaba hostilidad alguna. Nos comportamos
dentro de la corrección más exigente, incluso con cortesía y
amabilidad:
__Buenas noches, Doctor
__Buenas...
__Doctor, su intervención en este acto es incompatible con el
pensamiento martiano. Y venimos a pedirle que se marche......
Sorprendido, el hombre se debatía entre la irritación y el asombro.
Aun así, trató de mantenerse sereno ante nuestro desenfado e ignorar
el insólito atropello del que le hacíamos objeto
__Yo he sido invitado aquí por las dueñas de este Colegio. Ustedes no
tienen autoridad para impedir mi participación. ¿Con qué cuentan
Ustedes para hacerlo?...
Pero nuestro atrevimiento era mayor y nuestra decisión también. A la
vez que desabrochábamos nuestros sacos, le respondimos:
__Somos muchos y contamos con los medios necesarios... Será mejor que
no lo dude...
Esta vez entendió el explícito mensaje y dando muestras de prudencia,
giró sobre sus pasos y volvió a entrar en el vehículo que partió
obediente a su orden. Aún tuvo tiempo por la ventanilla de lanzarnos
su amenaza:
__Ustedes pagarán por este abuso...
Juan y yo, sonrientes, lo vimos partir encolerizado. Solamente
entonces, extrajimos de nuestras cinturas las gruesas libretas
enrolladas que, a falta de armas reales, habíamos usado en nuestra
bravuconada.
Seis meses después, otros cubanos, jóvenes como nosotros,
conmemorarían de forma más digna todavía el centenario del Apóstol:
siguiendo sus prédicas asaltarían El Moncada.
*Esta memoria pertenece a "Relatos para Isabelita", un grupo de
anécdotas, dedicadas a Isabel López, sobre las actividades subversivas
que compartí con su padre, hermano mío de bala y de sangre, Juan
Leonardo López Álvarez, el primer exiliado menor de edad durante la
dictadura batistiana.
Desde Regla, como siempre, agosto 4 de 2014
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
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jorgecoliva@gmail.com
viernes, 1 de agosto de 2014
-¡NO PUEDES ENTRAR!
--¡NO PUEDES ENTRAR!
Por Sempronio, el de Regla
Con perdón de Engels, el ambia de Marx, yo sitúo el origen de la
propiedad privada en el momento en que a uno se le ocurrió decir "Esto
es mío" y los demás se lo creyeron. Algo similar ha pasado cuando un
funcionario cualquiera, empachado de burocratismo, dispone que "AQUÍ
NO PUEDES ENTRAR". Este caballero está actuando como si fuera suya la
propiedad cuyo acceso pretende restringir. Ya una vez ocurrió con los
hoteles, donde nunca supimos quién dio la orden, pero todos la
acatamos de forma ovejuna. Hasta que no fue retirado el engendro
discriminatorio (que desapareció sin hacer ruido), no pudimos poner un
pie en el lobby de ningún hotel; ninguna voz se alzó para protestar,
ni la Asamblea Nacional se dio por enterada de aquella violación de la
Constitución que, como funcionarios investidos del más alto poder,
están obligados a cumplir y hacer cumplir.
Ahora el caso se repite en el aeropuerto capitalino, llamado José
Martí, en honor a un gigante que rindió culto a la dignidad plena del
hombre, que inmoló su vida entera por hacernos un pueblo de hombres
libres. La diferencia de ahora es que sabemos quién dispuso esa medida
tendiente a limitar los derechos ciudadanos de acceder a lugares de
servicio público. Fueron sus graciosas majestades, señores y dueños
del aeropuerto, ahora bajo la coraza de una Corporación sustituta de
lo que fuera "Cubana de Aviación". Esta vez hubo una diferencia, una
excepción digna de imitar por todos: Juan Carlos Tabío no acató la
prohibición y nadie pudo sacarlo a él ni a su esposa de las
instalaciones aeroportuarias. ¿Y si todos hiciéramos lo mismo que Juan
Carlos? ¿Si en lugar de permanecer inertes a la intemperie, bajo el
sol implacable, sin otro lugar dónde orinar que no sea el mismísimo
parqueo, si en vez de dejarnos tratar como a rebaño, irrumpimos como
pueblo soberano en la instalación que nos pertenece a todos?... ¿Qué
pasaría? Que conste, no estoy llamando a la violencia ni a la
insurrección, porque podemos tomar posesión de forma pacífica de lo
que nos pertenece y entrar en los lugares públicos de forma
civilizada. Lo más de que pueden acusarme es de incitar a la
desobediencia y a la resistencia pasiva. ¿Pero, desobediencia a quién
o a qué? ¿A una medida absurda, dictada por la arbitrariedad de quien
se cree dueño de lo que es propiedad de todos?
Todavía me recomen por dentro dos preguntas más: ¿Se han enterado
nuestros Legisladores de esta tropelía violatoria de la Carta Magna?
¿Alguien se ha dirigido ya a la Comisión de Asuntos Constituciones de
nuestra Asamblea Nacional del Poder Popular, para comunicarle el
atropello?
Si nadie lo ha hecho, yo Sempronio, el de Regla, voy a preparar mi
cartica y llevarla a la Sede del máximo órgano del Estado. Nuestra
Constitución, la actual, la que rige AHORA y que todos estamos
obligados a cumplir y respetar, dice bien clarito que tenemos derecho
a dirigirnos a cualquier instancia de gobierno y a recibir la
respuesta adecuada. ¡Vamos a ver qué me dicen!
Desde Regla,
Tierra bendita de Yemayá, cuna bravía de los abacuá
Agosto 1º de 2014
________________________________________________________________
De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
Por Sempronio, el de Regla
Con perdón de Engels, el ambia de Marx, yo sitúo el origen de la
propiedad privada en el momento en que a uno se le ocurrió decir "Esto
es mío" y los demás se lo creyeron. Algo similar ha pasado cuando un
funcionario cualquiera, empachado de burocratismo, dispone que "AQUÍ
NO PUEDES ENTRAR". Este caballero está actuando como si fuera suya la
propiedad cuyo acceso pretende restringir. Ya una vez ocurrió con los
hoteles, donde nunca supimos quién dio la orden, pero todos la
acatamos de forma ovejuna. Hasta que no fue retirado el engendro
discriminatorio (que desapareció sin hacer ruido), no pudimos poner un
pie en el lobby de ningún hotel; ninguna voz se alzó para protestar,
ni la Asamblea Nacional se dio por enterada de aquella violación de la
Constitución que, como funcionarios investidos del más alto poder,
están obligados a cumplir y hacer cumplir.
Ahora el caso se repite en el aeropuerto capitalino, llamado José
Martí, en honor a un gigante que rindió culto a la dignidad plena del
hombre, que inmoló su vida entera por hacernos un pueblo de hombres
libres. La diferencia de ahora es que sabemos quién dispuso esa medida
tendiente a limitar los derechos ciudadanos de acceder a lugares de
servicio público. Fueron sus graciosas majestades, señores y dueños
del aeropuerto, ahora bajo la coraza de una Corporación sustituta de
lo que fuera "Cubana de Aviación". Esta vez hubo una diferencia, una
excepción digna de imitar por todos: Juan Carlos Tabío no acató la
prohibición y nadie pudo sacarlo a él ni a su esposa de las
instalaciones aeroportuarias. ¿Y si todos hiciéramos lo mismo que Juan
Carlos? ¿Si en lugar de permanecer inertes a la intemperie, bajo el
sol implacable, sin otro lugar dónde orinar que no sea el mismísimo
parqueo, si en vez de dejarnos tratar como a rebaño, irrumpimos como
pueblo soberano en la instalación que nos pertenece a todos?... ¿Qué
pasaría? Que conste, no estoy llamando a la violencia ni a la
insurrección, porque podemos tomar posesión de forma pacífica de lo
que nos pertenece y entrar en los lugares públicos de forma
civilizada. Lo más de que pueden acusarme es de incitar a la
desobediencia y a la resistencia pasiva. ¿Pero, desobediencia a quién
o a qué? ¿A una medida absurda, dictada por la arbitrariedad de quien
se cree dueño de lo que es propiedad de todos?
Todavía me recomen por dentro dos preguntas más: ¿Se han enterado
nuestros Legisladores de esta tropelía violatoria de la Carta Magna?
¿Alguien se ha dirigido ya a la Comisión de Asuntos Constituciones de
nuestra Asamblea Nacional del Poder Popular, para comunicarle el
atropello?
Si nadie lo ha hecho, yo Sempronio, el de Regla, voy a preparar mi
cartica y llevarla a la Sede del máximo órgano del Estado. Nuestra
Constitución, la actual, la que rige AHORA y que todos estamos
obligados a cumplir y respetar, dice bien clarito que tenemos derecho
a dirigirnos a cualquier instancia de gobierno y a recibir la
respuesta adecuada. ¡Vamos a ver qué me dicen!
Desde Regla,
Tierra bendita de Yemayá, cuna bravía de los abacuá
Agosto 1º de 2014
________________________________________________________________
De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
jueves, 31 de julio de 2014
EL MIEDO
-- EL MIEDO
Por Jorge C. Oliva Espinosa
Me ha llamado mucho la atención que Leonardo Padura haga presidir "El
Miedo" como factor infaltable y determinante en sus tres grandes
novelas. Un miedo del oprimido al poder que lo oprime y reprime;
miedo, en definitiva, a la represión. Ese miedo omnipresente es algo
que aplasta a los protagonistas principales, tanto en "La Novela de Mi
Vida", en "El Hombre que amaba a los Perros" y más recientemente en
"Herejes". El miedo condiciona el actuar de personajes positivos y
negativos; tanto Heredia como Del Monte, Trotsky como Mercader e Iván
su interlocutor cubano, al igual que los judíos de Los Países Bajos de
los 1600, el de Cracovia y sus descendientes en Cuba, todos son
víctimas del miedo, no se rebelan ni hacen nada por liberarse de ese
yugo y se mueven aguijoneados por este. Puede decirse que, en su obra
mayor, el gran escritor de Mantilla confiere al miedo un papel
relevante: el de conductor de la trama. Las motivaciones que ha tenido
para hacerlo, el porqué de estos mensajes suyos, se puede atribuir a
intenciones varias; admiradores y detractores brindarán sus pareceres
opuestos y no es objetivo de esta crónica dar mi opinión al respecto.
El miedo es una emoción primaria nacida de la aversión natural al
riesgo o la amenaza, tiene innumerables factores desencadenantes: la
oscuridad (provocó un temor atávico que se hace presente en el niño),
lo desconocido, lo diferente, el dolor físico, la muerte, las alturas,
el castigo proveniente de una poderosa entidad terrenal o divina y mil
causas más. Se manifiesta tanto en los animales como en el ser humano;
forma parte del sistema defensivo que nos protege y ha sido estudiado
desde ángulos disciplinarios muy diversos. Las distintas escuelas de
Sicología han elaborado sus tesis acerca del miedo y Freud enunció su
teoría, diferenciando el miedo real del miedo neurótico. Pero no se
asusten los lectores, tampoco voy a meterme en esas honduras que han
preocupado y ocupado a teólogos, sicólogos, filósofos y biólogos. Mi
intención es bien explícita al tratar sobre el miedo, desprovista de
todo subterfugio literario al estilo Padura. Sencillamente me voy a
referir al miedo, al miedo que siente un combatiente, ese que sentimos
todos y ante el cual puede primar el valor o la cobardía; porque,
repito, el miedo lo sentimos todos y el que niegue esta verdad, no es
más que un mentiroso. La diferencia estriba en cómo reaccionemos ante
este "estado anímico" que nos sobrecoge. Es bueno que la juventud de
hoy sepa que los héroes también sintieron miedo, no fueron
superhombres, ni semidioses, ni arquetipos inalcanzables; fueron
semejantes a cualquier joven actual, con iguales inquietudes, ansias
de vivir, de carne y huesos, no hombres de mármol y sus ejemplos
gloriosos son perfectamente alcanzables. Los historiadores cuentan que
a Maceo se le dilataban las aletas nasales y su voz se hacía casi
inaudible y ¿quién duda del valor de nuestro Titán de Bronce?...
La manifestación del miedo es tanto orgánica como síquica. Algunos
pierden el control de sus esfínteres, a otros los paraliza como le
sucedió a Ñico López en el asalto al cuartel de Bayamo, según nos
relató aquel héroe; igualmente, de acuerdo al testimonio de Carlos
("El Chino") Figueredo*, él tuvo que sacar de la parálisis a su primo,
Joe Westbrook, cuando se retiraban, tras el encuentro con un
patrullero, acción en que perdió la vida José Antonio. A mí, el miedo
me provocaba un temblor en manos y rodillas que, curiosamente, se
hacía más visible una vez pasado el momento de mayor tensión. En fin,
el miedo se manifiesta de muchas formas; sin embargo, en todas sus
variantes desde el ligero temor al más intenso terror, las
investigaciones científicas han demostrado que ese estado de ansiedad
eleva los niveles de adrenalina y otras sustancias que ingresan a la
sangre del sujeto sometido al experimento. Los que participamos en la
lucha, vivimos todo el tiempo bajo un miedo perenne; cada día podía
ser el último, cualquier hora la definitiva. No pocos de los
sobrevivientes padecieron secuelas tales como úlceras gástricas y
otros trastornos digestivos de origen nervioso. Mi entrañable
compañero Juan López, el primer exiliado menor de edad de aquella
gesta, me refería con jocosidad que el miedo se ponía a hacerle muecas
y él miraba para otro lado y no le hacía caso. La mayor prueba de
valor que dio aquella generación de combatientes, fue el sobreponerse
al miedo, esa emoción inherente a nuestra naturaleza que nos acompaña
para avisarnos del peligro. Los escritores, aunque sean brillantes o
geniales, podrán utilizar el miedo para adobar sus obras, para
cultivar un género literario o para filtrar algún mensaje subrepticio.
Yo he preferido tratar de su generalizada presencia, de sus efectos y
de la posibilidad de sobreponerse al mismo; es hora que devolvamos a
los héroes su verdadera dimensión humana y que todos, en la medida de
nuestras posibilidades, contribuyamos a desmitificar la historia.
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde
cubanía. agosto 1º de 2014.
*Él tuvo que meter su dedo dentro del guardamonte del M1 de Joe y
presionar sobre el de su primo a quien la parálisis le impedía
disparar; solo cuando el arma comenzó a funcionar, reaccionó el
después mártir de Humboldt 7.
________________________________________________________________
De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
Por Jorge C. Oliva Espinosa
Me ha llamado mucho la atención que Leonardo Padura haga presidir "El
Miedo" como factor infaltable y determinante en sus tres grandes
novelas. Un miedo del oprimido al poder que lo oprime y reprime;
miedo, en definitiva, a la represión. Ese miedo omnipresente es algo
que aplasta a los protagonistas principales, tanto en "La Novela de Mi
Vida", en "El Hombre que amaba a los Perros" y más recientemente en
"Herejes". El miedo condiciona el actuar de personajes positivos y
negativos; tanto Heredia como Del Monte, Trotsky como Mercader e Iván
su interlocutor cubano, al igual que los judíos de Los Países Bajos de
los 1600, el de Cracovia y sus descendientes en Cuba, todos son
víctimas del miedo, no se rebelan ni hacen nada por liberarse de ese
yugo y se mueven aguijoneados por este. Puede decirse que, en su obra
mayor, el gran escritor de Mantilla confiere al miedo un papel
relevante: el de conductor de la trama. Las motivaciones que ha tenido
para hacerlo, el porqué de estos mensajes suyos, se puede atribuir a
intenciones varias; admiradores y detractores brindarán sus pareceres
opuestos y no es objetivo de esta crónica dar mi opinión al respecto.
El miedo es una emoción primaria nacida de la aversión natural al
riesgo o la amenaza, tiene innumerables factores desencadenantes: la
oscuridad (provocó un temor atávico que se hace presente en el niño),
lo desconocido, lo diferente, el dolor físico, la muerte, las alturas,
el castigo proveniente de una poderosa entidad terrenal o divina y mil
causas más. Se manifiesta tanto en los animales como en el ser humano;
forma parte del sistema defensivo que nos protege y ha sido estudiado
desde ángulos disciplinarios muy diversos. Las distintas escuelas de
Sicología han elaborado sus tesis acerca del miedo y Freud enunció su
teoría, diferenciando el miedo real del miedo neurótico. Pero no se
asusten los lectores, tampoco voy a meterme en esas honduras que han
preocupado y ocupado a teólogos, sicólogos, filósofos y biólogos. Mi
intención es bien explícita al tratar sobre el miedo, desprovista de
todo subterfugio literario al estilo Padura. Sencillamente me voy a
referir al miedo, al miedo que siente un combatiente, ese que sentimos
todos y ante el cual puede primar el valor o la cobardía; porque,
repito, el miedo lo sentimos todos y el que niegue esta verdad, no es
más que un mentiroso. La diferencia estriba en cómo reaccionemos ante
este "estado anímico" que nos sobrecoge. Es bueno que la juventud de
hoy sepa que los héroes también sintieron miedo, no fueron
superhombres, ni semidioses, ni arquetipos inalcanzables; fueron
semejantes a cualquier joven actual, con iguales inquietudes, ansias
de vivir, de carne y huesos, no hombres de mármol y sus ejemplos
gloriosos son perfectamente alcanzables. Los historiadores cuentan que
a Maceo se le dilataban las aletas nasales y su voz se hacía casi
inaudible y ¿quién duda del valor de nuestro Titán de Bronce?...
La manifestación del miedo es tanto orgánica como síquica. Algunos
pierden el control de sus esfínteres, a otros los paraliza como le
sucedió a Ñico López en el asalto al cuartel de Bayamo, según nos
relató aquel héroe; igualmente, de acuerdo al testimonio de Carlos
("El Chino") Figueredo*, él tuvo que sacar de la parálisis a su primo,
Joe Westbrook, cuando se retiraban, tras el encuentro con un
patrullero, acción en que perdió la vida José Antonio. A mí, el miedo
me provocaba un temblor en manos y rodillas que, curiosamente, se
hacía más visible una vez pasado el momento de mayor tensión. En fin,
el miedo se manifiesta de muchas formas; sin embargo, en todas sus
variantes desde el ligero temor al más intenso terror, las
investigaciones científicas han demostrado que ese estado de ansiedad
eleva los niveles de adrenalina y otras sustancias que ingresan a la
sangre del sujeto sometido al experimento. Los que participamos en la
lucha, vivimos todo el tiempo bajo un miedo perenne; cada día podía
ser el último, cualquier hora la definitiva. No pocos de los
sobrevivientes padecieron secuelas tales como úlceras gástricas y
otros trastornos digestivos de origen nervioso. Mi entrañable
compañero Juan López, el primer exiliado menor de edad de aquella
gesta, me refería con jocosidad que el miedo se ponía a hacerle muecas
y él miraba para otro lado y no le hacía caso. La mayor prueba de
valor que dio aquella generación de combatientes, fue el sobreponerse
al miedo, esa emoción inherente a nuestra naturaleza que nos acompaña
para avisarnos del peligro. Los escritores, aunque sean brillantes o
geniales, podrán utilizar el miedo para adobar sus obras, para
cultivar un género literario o para filtrar algún mensaje subrepticio.
Yo he preferido tratar de su generalizada presencia, de sus efectos y
de la posibilidad de sobreponerse al mismo; es hora que devolvamos a
los héroes su verdadera dimensión humana y que todos, en la medida de
nuestras posibilidades, contribuyamos a desmitificar la historia.
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde
cubanía. agosto 1º de 2014.
*Él tuvo que meter su dedo dentro del guardamonte del M1 de Joe y
presionar sobre el de su primo a quien la parálisis le impedía
disparar; solo cuando el arma comenzó a funcionar, reaccionó el
después mártir de Humboldt 7.
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
miércoles, 30 de julio de 2014
-LAS MEDALLAS
--LAS MEDALLAS*
Por Jorge C. Oliva Espinosa
1984. Otro choque entre "La Sierra y El llano".
Siempre que ha sido posible, he tratado de complacer a mi mujer,
dándole la razón y comportándome como ella espera. Sin embargo, en
este asunto de tramitar mi Medalla de la Clandestinidad, muy a mi
pesar, no pudo ser así. Forzándome, había reunido toda la
documentación exigida y acudido a la Casa del Combatiente de mi
Municipio. Viejos recuerdos y nuevos prejuicios se habían acumulado en
mi mente contra estas distinciones, con las que la Revolución
distinguía a los que por ella pelearon. Los recuerdos se remontaban a
mi infancia, cuando abuela me llevaba al Centro de Veteranos a cobrar
su pensión y una fila de viejitos, meciéndose en sillones idénticos,
se embutían unos a otros, magnificando sus hazañas libertadoras; los
prejuicios nacían de la extraña cantidad de combatientes clandestinos
que, por municipios, según el Periódico Granma, habían obtenido la
condecoración. Que si en la Habana Vieja, quinientos; que si en Playa
trescientos; que si fueron cuatrocientos los que, en el Cerro la
recibieron. Y señores, uno se preguntaba, ¿de dónde salieron tantos
combatientes? ¿Cómo fue posible que Batista durara siete años con
tanta gente peleando en su contra? La oreja peluda del oportunismo,
como una respuesta a tanto reclamante, se me hizo evidente cuando, en
secreto a voces, se decía que los honrados con la presea recibirían, a
la hora del retiro cercano, un sustancioso aumento en sus pensiones de
jubilados. Y aquí estoy, por complacer a Ana María, en espera de la
entrevista que, tras larga cola, me hará un oficial de nuestro
ejército, nombrado como Jefe Municipal de la Casa del Combatiente,
entidad responsabilizada con dichos trámites.
Primero ha sido, en la antesala, torturarme los oídos con tanta
historia de increíbles hazañas contadas por sus protagonistas. Aquí
todos fueron aguerridos luchadores, ajusticiaron esbirros y pusieron
bombas. Bombas... ni contando con las cien de la noche famosa,
organizada por el inolvidable Sergio, me cuadra la cifra aquí
reclamada como obra propia. La Habana hubiera sabido de un tiroteo
continuo de siete años de duración, de ser ciertos los tiros que,
todos estos dicen haber tirado. Con gran esfuerzo, me he mantenido
callado ante tanto palique de alarde en la espera. Así que, cuando
llega mi turno y me hacen pasar a una oficina pequeña y sin ventanas,
voy súper tenso y bien molesto.
Un mayor en traje de campaña me da cordial bienvenida y me convida a
tomar asiento frente al buró que ocupa. Es un hombre más o menos de mi
edad, fornido, más ancho que alto, con ese tinte en la piel y esas
facciones típicas del serrano oriental: medio indio, medio mulato, de
ojos achinados y pelo negrísimo. Recibe mi documentación, le echa un
vistazo y a modo de preámbulo, comienza:
Así que, Oliva Espinosa, Jorge... ¡mmmmmm! Y dice haber peleado... a
ver... desde el mismo 1952 hasta el 59, que se licenció.... Mire,
compañero Jorge, ¿está bien? Usted no ignora que, para recibir la
correspondiente medalla de COMBATIENTE, (ha remarcado
significativamente la palabra) es necesario haber combatido de verdad.
Porque hay que establecer la diferencia entre el verdadero combatiente
y el colaborador; muy meritorio por cierto, pero que en definitiva,
hizo sólo eso: colaborar de alguna forma. Para ellos existe otra
medalla. Porque combatir es haber participado en combates, como en el
monte. Aunque yo sé que en las ciudades, y eso es histórico, también
los hubo, pero muy contados... por ejemplo, el Moncada, lo de
Cienfuegos...
(No lo dejo terminar, ya sé por dónde viene éste y lo atajo con toda
la energía acumulada durante la espera):
¡Mire, no se moleste en explicarme! Ni comience ningún trámite. Yo,
lamentablemente, ni combatí en el Moncada, ni en Cienfuegos. Pero una
cosa sí quiero aclararle...
(Trata de interrumpirme, como excusándose, aunque muy torpemente):
Usted es el que no debe molestarse Jorge, yo solamente quería...
(Pero ya yo no lo dejo seguir. Este empachao pretende ignorarnos a los
que nos batimos en las aceras y el asfalto, sin tener una lomita
protectora. Ahora resulta, que los únicos que combatieron fueron ellos
y la pila de descarados que están allá afuera contándose mentiras. Con
ellos no me va a confundir, ¡no señor! Así que, le replico violento):
¡Déjeme aclararle! ¡Y que le quede bien claro, Compañero Mayor! Yo
sí que enfrenté hijos de puta, sí me batí con uniformados vistiendo yo
de civil. Y lo hice al pegao, como estamos usted y yo ahora, y no
desde una montaña a doscientos metros y con mirilla telescópica.
Ahora, si a usted le parece que eso son cosas de colaborador, ¡allá
usted!
¡Usted no puede hablarme así!...
El insulto contenido en mis palabras le ha llegado hondo. Tan hondo
como a mí sus intolerables suspicacias. Se levanta brusco de su
asiento. Pero, yo también me he levantado, por delgado, mucho más
ágil:
¡USTED ES EL QUE NO PUEDE EQUIVOCARSE ASÍ CONMIGO!
Rápido, recojo mis papeles que estaban sobre la mesa, y con ellos
hechos un amasijo en la mano, que se me crispa colérica, lo miro
rabioso, desafiante le doy la espalda y abandono el local. Bufando,
atravieso el portal lleno de "combatientes" aspirantes a la medalla,
me parecen la réplica falsificada de aquellos ancianos que vi, cuando
niño, en el Centro de Veteranos...
Mientras me alejo del, en otro tiempo exclusivo, Reparto Mulgoba, me
voy convencido que, por esta vez y en el asunto de las medallas, no
puedo complacer a Ana María. Estoy seguro que ella comprenderá.
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy siempre, bastión de rebelde cubanía.
Julio 31 de 2014
*Para redactar este episodio, tomé un fragmento, fielmente
autobiográfico, de mi novela "EL TIEMPO QUE NOS TOCÓ VIVIR", Editorial
Plaza & Janés, Barcelona, 1998. En esa obra el protagonismo lo asume
Joaquín Ortega, el personaje que creé para contar mi vida y cuyas
iniciales hice coincidir con las mías. Ana María aparece como Sofía.
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
Por Jorge C. Oliva Espinosa
1984. Otro choque entre "La Sierra y El llano".
Siempre que ha sido posible, he tratado de complacer a mi mujer,
dándole la razón y comportándome como ella espera. Sin embargo, en
este asunto de tramitar mi Medalla de la Clandestinidad, muy a mi
pesar, no pudo ser así. Forzándome, había reunido toda la
documentación exigida y acudido a la Casa del Combatiente de mi
Municipio. Viejos recuerdos y nuevos prejuicios se habían acumulado en
mi mente contra estas distinciones, con las que la Revolución
distinguía a los que por ella pelearon. Los recuerdos se remontaban a
mi infancia, cuando abuela me llevaba al Centro de Veteranos a cobrar
su pensión y una fila de viejitos, meciéndose en sillones idénticos,
se embutían unos a otros, magnificando sus hazañas libertadoras; los
prejuicios nacían de la extraña cantidad de combatientes clandestinos
que, por municipios, según el Periódico Granma, habían obtenido la
condecoración. Que si en la Habana Vieja, quinientos; que si en Playa
trescientos; que si fueron cuatrocientos los que, en el Cerro la
recibieron. Y señores, uno se preguntaba, ¿de dónde salieron tantos
combatientes? ¿Cómo fue posible que Batista durara siete años con
tanta gente peleando en su contra? La oreja peluda del oportunismo,
como una respuesta a tanto reclamante, se me hizo evidente cuando, en
secreto a voces, se decía que los honrados con la presea recibirían, a
la hora del retiro cercano, un sustancioso aumento en sus pensiones de
jubilados. Y aquí estoy, por complacer a Ana María, en espera de la
entrevista que, tras larga cola, me hará un oficial de nuestro
ejército, nombrado como Jefe Municipal de la Casa del Combatiente,
entidad responsabilizada con dichos trámites.
Primero ha sido, en la antesala, torturarme los oídos con tanta
historia de increíbles hazañas contadas por sus protagonistas. Aquí
todos fueron aguerridos luchadores, ajusticiaron esbirros y pusieron
bombas. Bombas... ni contando con las cien de la noche famosa,
organizada por el inolvidable Sergio, me cuadra la cifra aquí
reclamada como obra propia. La Habana hubiera sabido de un tiroteo
continuo de siete años de duración, de ser ciertos los tiros que,
todos estos dicen haber tirado. Con gran esfuerzo, me he mantenido
callado ante tanto palique de alarde en la espera. Así que, cuando
llega mi turno y me hacen pasar a una oficina pequeña y sin ventanas,
voy súper tenso y bien molesto.
Un mayor en traje de campaña me da cordial bienvenida y me convida a
tomar asiento frente al buró que ocupa. Es un hombre más o menos de mi
edad, fornido, más ancho que alto, con ese tinte en la piel y esas
facciones típicas del serrano oriental: medio indio, medio mulato, de
ojos achinados y pelo negrísimo. Recibe mi documentación, le echa un
vistazo y a modo de preámbulo, comienza:
Así que, Oliva Espinosa, Jorge... ¡mmmmmm! Y dice haber peleado... a
ver... desde el mismo 1952 hasta el 59, que se licenció.... Mire,
compañero Jorge, ¿está bien? Usted no ignora que, para recibir la
correspondiente medalla de COMBATIENTE, (ha remarcado
significativamente la palabra) es necesario haber combatido de verdad.
Porque hay que establecer la diferencia entre el verdadero combatiente
y el colaborador; muy meritorio por cierto, pero que en definitiva,
hizo sólo eso: colaborar de alguna forma. Para ellos existe otra
medalla. Porque combatir es haber participado en combates, como en el
monte. Aunque yo sé que en las ciudades, y eso es histórico, también
los hubo, pero muy contados... por ejemplo, el Moncada, lo de
Cienfuegos...
(No lo dejo terminar, ya sé por dónde viene éste y lo atajo con toda
la energía acumulada durante la espera):
¡Mire, no se moleste en explicarme! Ni comience ningún trámite. Yo,
lamentablemente, ni combatí en el Moncada, ni en Cienfuegos. Pero una
cosa sí quiero aclararle...
(Trata de interrumpirme, como excusándose, aunque muy torpemente):
Usted es el que no debe molestarse Jorge, yo solamente quería...
(Pero ya yo no lo dejo seguir. Este empachao pretende ignorarnos a los
que nos batimos en las aceras y el asfalto, sin tener una lomita
protectora. Ahora resulta, que los únicos que combatieron fueron ellos
y la pila de descarados que están allá afuera contándose mentiras. Con
ellos no me va a confundir, ¡no señor! Así que, le replico violento):
¡Déjeme aclararle! ¡Y que le quede bien claro, Compañero Mayor! Yo
sí que enfrenté hijos de puta, sí me batí con uniformados vistiendo yo
de civil. Y lo hice al pegao, como estamos usted y yo ahora, y no
desde una montaña a doscientos metros y con mirilla telescópica.
Ahora, si a usted le parece que eso son cosas de colaborador, ¡allá
usted!
¡Usted no puede hablarme así!...
El insulto contenido en mis palabras le ha llegado hondo. Tan hondo
como a mí sus intolerables suspicacias. Se levanta brusco de su
asiento. Pero, yo también me he levantado, por delgado, mucho más
ágil:
¡USTED ES EL QUE NO PUEDE EQUIVOCARSE ASÍ CONMIGO!
Rápido, recojo mis papeles que estaban sobre la mesa, y con ellos
hechos un amasijo en la mano, que se me crispa colérica, lo miro
rabioso, desafiante le doy la espalda y abandono el local. Bufando,
atravieso el portal lleno de "combatientes" aspirantes a la medalla,
me parecen la réplica falsificada de aquellos ancianos que vi, cuando
niño, en el Centro de Veteranos...
Mientras me alejo del, en otro tiempo exclusivo, Reparto Mulgoba, me
voy convencido que, por esta vez y en el asunto de las medallas, no
puedo complacer a Ana María. Estoy seguro que ella comprenderá.
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy siempre, bastión de rebelde cubanía.
Julio 31 de 2014
*Para redactar este episodio, tomé un fragmento, fielmente
autobiográfico, de mi novela "EL TIEMPO QUE NOS TOCÓ VIVIR", Editorial
Plaza & Janés, Barcelona, 1998. En esa obra el protagonismo lo asume
Joaquín Ortega, el personaje que creé para contar mi vida y cuyas
iniciales hice coincidir con las mías. Ana María aparece como Sofía.
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
martes, 29 de julio de 2014
MI NOMBRE DEFINITIVO
-- MI NOMBRE DEFINITIVO
Por Jorge C. Oliva Espinosa
Hasta que cumplí ocho años, no consté como nacido en esta tierra
bendita; no aparecía en el Registro Civil, ni tuve un nombre, un
nombre que pudiera reclamar como propio, que me identificara para
siempre. Sencillamente, no tenía nombre porque, de acuerdo a la ley,
yo no existía. Crecí oyendo cómo mi abuela, mi madre y mis tías me
llamaban por un cariñoso apelativo: "El Titi".
Mi madre había tenido la osadía de parirme siendo soltera en la Habana
de 1936, enfrentando todos los prejuicios de una sociedad hipócrita,
discriminadora de la mujer y asumió la tarea de criarme sin tener a su
lado "un hombre que la representara". Cuando le pregunté cómo debía
firmar, me respondió: Jorge Espinosa, Espinosa como yo, como tu
abuelo, el que nos dejó este apellido mambí. Fue así que en la escuela
de primeros grados, me llamaran "Espinosita", y a mis espaldas me
endilgaran un mote más agresivo que las espinas de mi apellido: "el de
las peleas, el que se faja todos los días". Entre tanto, mis tías
solteras habían hecho la promesa de bautizarme como Antonio, el santo
casamentero, y se empeñaban en decirme "Jorge Antonio". No fue hasta
1944, ya cumplidos mis ocho años, cuando el hombre que me engendró
decidió "reconocerme" como hijo suyo, desde entonces conté con una
inscripción de nacimiento, expedida por el secretario de un juzgado,
en que se hacía constar que yo había nacido en La Habana, el 2 de
noviembre de 1936 y que consignaba las generales de mis padres, uno de
estado civil casado, la otra soltera. Era la forma humillante que el
Estado cubano usaba para marcar a los nacidos fuera del matrimonio.
Aquel documento decía que yo me llamaba Jorge Carlos Oliva Espinosa
(el Carlos me lo añadieron por un tío de posición holgada que, a pesar
del homenaje, nunca nos ayudó). Sin embargo, atravesado como siempre,
mis exámenes de ingreso al Instituto de La Habana, comencé a firmarlos
como Rafael Oliva; Rafael, como mi abuelo, el que peleó por liberarnos
y de cuyo nombre, yo que ansiaba la libertad, me apropié; con ese
nombre participé y obtuve premio en un concurso literario convocado en
ocasión del Centenario de Martí. Como Rafael me conocieron en la
Universidad y en mis primeras actividades subversivas, al término de
la segunda enseñanza; aún conservo dos carnés del Instituto de la
Habana, del mismo curso y con igual fotografía: uno expedido a Jorge
C. Oliva, el otro a Rafael Oliva. Por otros nombres y apodos me
llamarían, cuando me vi precisado a recorrer la geografía cubana: en
varios lugares del interior me llamaron "El habanero" y en la Capital,
mis compañeros se referían a mí como "El Flaco". La madre de mi
primer hijo, nacido a fines de 1958, cuando me nombra, todavía dice
"Rafael" y los viejos comunistas, recién apoderados de las ORI, me
llamaron con displicencia "Olivita", perdonándome con el diminutivo
mis ignorancias y deficiencias ideológicas. En mi desempeño como
Profesor universitario, los "factores" con quienes choqué, se referían
a mí como "El Conflictivo". Sobre los años 80, el inolvidable "Papito"
Serguera me bautizó como Jorgecé (Jorge C.), los argumentos para
hacerlo son tema de otro artículo; cuando escribí la novela
autobiográfica "EL TIEMPO QUE NOS TOCÓ VIVIR", me adjudique el nombre
de Joaquín Ortega; por último, solamente dos personas me llaman
Oliverio: mi amigo, el Profesor de Hidráulica, José Bienvenido
Martínez y mi yerno, a quien considero un hijo más. Sin embargo, la
única vez que ingresé al vivac de "El Príncipe", lo hice con mi nombre
verdadero, el asentado en los registros legales: Jorge Oliva; así lo
consigna en su libro "CLANDESTINOS EN PRISIÓN"*, Manuel (Manolito)
Graña Eiriz, en las páginas 482 y 550; aunque, a menos que se trate de
otro Jorge Oliva, trastoca de mes la fecha de mi reclusión.
Desde Regla, ayer, "La Sierra Chiquita";
Ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía. Julio 30 de 2014
*Admirable obra de recopilación histórica, publicada por la Editorial
Ciencias Sociales, La Habana, 2008
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
Por Jorge C. Oliva Espinosa
Hasta que cumplí ocho años, no consté como nacido en esta tierra
bendita; no aparecía en el Registro Civil, ni tuve un nombre, un
nombre que pudiera reclamar como propio, que me identificara para
siempre. Sencillamente, no tenía nombre porque, de acuerdo a la ley,
yo no existía. Crecí oyendo cómo mi abuela, mi madre y mis tías me
llamaban por un cariñoso apelativo: "El Titi".
Mi madre había tenido la osadía de parirme siendo soltera en la Habana
de 1936, enfrentando todos los prejuicios de una sociedad hipócrita,
discriminadora de la mujer y asumió la tarea de criarme sin tener a su
lado "un hombre que la representara". Cuando le pregunté cómo debía
firmar, me respondió: Jorge Espinosa, Espinosa como yo, como tu
abuelo, el que nos dejó este apellido mambí. Fue así que en la escuela
de primeros grados, me llamaran "Espinosita", y a mis espaldas me
endilgaran un mote más agresivo que las espinas de mi apellido: "el de
las peleas, el que se faja todos los días". Entre tanto, mis tías
solteras habían hecho la promesa de bautizarme como Antonio, el santo
casamentero, y se empeñaban en decirme "Jorge Antonio". No fue hasta
1944, ya cumplidos mis ocho años, cuando el hombre que me engendró
decidió "reconocerme" como hijo suyo, desde entonces conté con una
inscripción de nacimiento, expedida por el secretario de un juzgado,
en que se hacía constar que yo había nacido en La Habana, el 2 de
noviembre de 1936 y que consignaba las generales de mis padres, uno de
estado civil casado, la otra soltera. Era la forma humillante que el
Estado cubano usaba para marcar a los nacidos fuera del matrimonio.
Aquel documento decía que yo me llamaba Jorge Carlos Oliva Espinosa
(el Carlos me lo añadieron por un tío de posición holgada que, a pesar
del homenaje, nunca nos ayudó). Sin embargo, atravesado como siempre,
mis exámenes de ingreso al Instituto de La Habana, comencé a firmarlos
como Rafael Oliva; Rafael, como mi abuelo, el que peleó por liberarnos
y de cuyo nombre, yo que ansiaba la libertad, me apropié; con ese
nombre participé y obtuve premio en un concurso literario convocado en
ocasión del Centenario de Martí. Como Rafael me conocieron en la
Universidad y en mis primeras actividades subversivas, al término de
la segunda enseñanza; aún conservo dos carnés del Instituto de la
Habana, del mismo curso y con igual fotografía: uno expedido a Jorge
C. Oliva, el otro a Rafael Oliva. Por otros nombres y apodos me
llamarían, cuando me vi precisado a recorrer la geografía cubana: en
varios lugares del interior me llamaron "El habanero" y en la Capital,
mis compañeros se referían a mí como "El Flaco". La madre de mi
primer hijo, nacido a fines de 1958, cuando me nombra, todavía dice
"Rafael" y los viejos comunistas, recién apoderados de las ORI, me
llamaron con displicencia "Olivita", perdonándome con el diminutivo
mis ignorancias y deficiencias ideológicas. En mi desempeño como
Profesor universitario, los "factores" con quienes choqué, se referían
a mí como "El Conflictivo". Sobre los años 80, el inolvidable "Papito"
Serguera me bautizó como Jorgecé (Jorge C.), los argumentos para
hacerlo son tema de otro artículo; cuando escribí la novela
autobiográfica "EL TIEMPO QUE NOS TOCÓ VIVIR", me adjudique el nombre
de Joaquín Ortega; por último, solamente dos personas me llaman
Oliverio: mi amigo, el Profesor de Hidráulica, José Bienvenido
Martínez y mi yerno, a quien considero un hijo más. Sin embargo, la
única vez que ingresé al vivac de "El Príncipe", lo hice con mi nombre
verdadero, el asentado en los registros legales: Jorge Oliva; así lo
consigna en su libro "CLANDESTINOS EN PRISIÓN"*, Manuel (Manolito)
Graña Eiriz, en las páginas 482 y 550; aunque, a menos que se trate de
otro Jorge Oliva, trastoca de mes la fecha de mi reclusión.
Desde Regla, ayer, "La Sierra Chiquita";
Ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía. Julio 30 de 2014
*Admirable obra de recopilación histórica, publicada por la Editorial
Ciencias Sociales, La Habana, 2008
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
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