jueves, 11 de septiembre de 2014

Fwd: GIRÓN Y UNA OPERACIÓN PREVENTIVA

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From: Jorge C Oliva Espinosa <jorgecoliva@gmail.com>
Date: Wed, 10 Sep 2014 19:06:40 -0500
Subject: GIRÓN Y UNA OPERACIÓN PREVENTIVA
To:

--GIRÓN Y UNA OPERACIÓN PREVENTIVA
Por Jorge C. Oliva Espinosa

Casi concluía la primera quincena de abril, mes de primavera, propicio
para el amor, pero para nosotros cargado de tensión. Teníamos la
certidumbre de que la invasión esperada se produciría cualquier día.
Dormíamos sobre las armas, esperando de un momento a otro el brutal
zarpazo. Barcos de guerra norteamericanos merodeaban nuestras aguas, y
la prensa internacional reportaba la existencia de campos de
entrenamiento en Guatemala, donde miles de hombres se preparaban para
"venir a liberarnos". La certeza fue completa cuando el día 15 fueron
bombardeados nuestros aeropuertos. Era la preparación, el
"ablandamiento" previo, el preludio del ataque. En el entierro de las
víctimas, al día siguiente, Fidel hizo pública la ideología que nos
animaba y dispuso que todas las unidades se pusieran en pie de guerra
para esperar el inminente ataque.
Yo me disponía a volver a mi batallón, pero me fueron a buscar mis
compañeros del Municipio. Venían con un oficial del Ejército a quien
no conocía y me traían una nueva misión que debía realizar con éste.
Una vez en las oficinas del Comisionado Municipal, el oficial se me
presentó como miembro del G2 y me impuso de la operación que debíamos
llevar a cabo con la cooperación de los Comités de Vigilancia de las
cuadras, de forma ¡¡INMEDIATA!! Se trataba de garantizar la
retaguardia. Mientras nuestras tropas combatían al enemigo, debíamos
evitar la acción de una quinta columna detrás de nuestras líneas. Para
ello era preciso "neutralizar" a todos los elementos "potencialmente
peligrosos". Es decir, a aquellos ciudadanos que estimáramos capaces
de brindarle apoyo al enemigo. Él traía una lista de connotados
desafectos y contrarrevolucionarios confesos, residentes en nuestra
localidad. Nosotros, en coordinación con los Comités de Vigilancia,
debíamos completar esas listas y proceder al arresto preventivo de
estos elementos. ¡Menuda tareíta! Comenzamos a visitar los Comités y
en cada uno, nuestros listados se incrementaban. Mi conocimiento de la
población me hizo notar de inmediato un detalle curioso: en aquellas
listas nunca faltaba el marido de la mejor hembra de la cuadra,
tampoco el bodeguero de la esquina, aunque fuera miliciano. A este
último siempre lo incluía. -¡Oh casualidad!- el cliente que más le
debía y al primero, o bien el querido de la mujer o el aspirante a
serlo... Así que, aplicando la justicia salomónica, yo por mi cuenta
incluí siempre en el listado a los denunciantes de estos casos. Cuando
llegó la hora de "la recogida" nos agenciamos algunos camiones y
recorrimos el pueblo montando en ellos a los elegidos que eran
conducidos, sin maltrato alguno, a los puntos de concentración
preestablecidos, como El Quinto Distrito, El Estadio del Cerro, La
Cabaña o la Ciudad Deportiva. Pronto estos lugares se abarrotaron de
detenidos y hubo que organizar además de su vigilancia, el cuidado a
sus elementales necesidades, alimentación, higiene, servicios
médicos, etc. En el transcurso de esta operación, se dieron casos que
hoy mueven a risa y asombro. Reseñaré tan sólo dos de ellos, de los
muchos que presenciamos.
Habíamos instalado nuestro puesto de mando en la antigua estación de
policía de Santa María del Rosario. De allí entrábamos y salíamos en
vertiginosas carreras en busca de nuevos detenidos o de algún
transporte para conducirlos. Estando allí, vimos con sorpresa a una
columna de hombres que, marcando el paso, se acercaban por el borde de
la carretera a nuestro cuartel. La fila se perdía a lo largo del
trayecto visible y parecía una unidad militar, aunque desarmada, que
concurría a reforzar algún punto de nuestras defensas. Cuando se
fueron acercando, pudimos oír las voces de mando "uno, dos, uno", que
daba nuestro inefable compañero "Ráfaga". Pero no. No eran
milicianos. Eran detenidos que él solito conducía en número que
sobrepasaba la centena. Aquel "Ráfaga" inolvidable, que la madrugada
de enero había tomado él solo la estación de policía donde ahora nos
hallábamos, más de dos años después protagonizaba otro insólito hecho.
En esta oportunidad y llevado por su iniciativa inigualable, se había
personado, ametralladora en mano, en la entrada de Antillana de Acero,
a la hora de un cambio de turno y había "seleccionado" tanto del
personal que salía como del que entraba, a aquellos que componían su
lista personal. Eran los detenidos que nos traía como un presente
griego. Nosotros no teníamos en ese momento en qué trasladar a
semejante tropa, ni siquiera dónde albergarla provisionalmente. Nos
fue necesario requisar algunos camiones, incluso los que transitaban
en aquellos momentos por la carretera Central.
El otro caso me ocurrió a mí. Conducíamos en un viaje a los más
revoltosos y recalcitrantes elementos. De muchos de ellos se
sospechaba que pertenecían a grupos contrarrevolucionarios,
organizados para la acción. Los llevábamos al Quinto Distrito, donde
serían interrogados. Dando muestras de rebeldía y creyendo cerca su
victoria, iban gritando sobre la cama del camión "¡Abajo el Comunismo,
abajo Fidel!". Nosotros no podíamos obligarlos a callar y nos era
indiferente lo que pudieran gritar desde su impotente condición de
"neutralizados." Al llegar a un semáforo, la luz roja nos detuvo
momentáneamente y cuando se produjo el cambio y ya nos disponíamos a
proseguir, un ciudadano corrió tras nuestro vehículo, pidiendo
desesperadamente que lo montáramos. El miliciano que vigilaba a los
detenidos y que viajaba con ellos en la cama del camión, nos golpeó
la cabina para que detuviéramos la marcha. Así lo hicimos y nuestro
compañero ayudó a subir al entusiasta espontáneo que, confundido por
los gritos, sólo se enteró de su condición de prisionero cuando,
dispuesto a sumarse a la "rebelión", preguntó: "¿Hacia dónde vamos?"
De esta gran operación preventiva, de la cual nunca se habla, se ha
escrito muy poco y publicado menos. En su puesta en práctica se
cometieron muchos errores y se detuvo a muchos inofensivos ciudadanos;
algunos, guardaron resentimientos por la injusticia de que habían sido
objeto y se convirtieron en verdaderos enemigos. Fue un costo
lamentable, pero la premura que demandaba la operación lo hizo
inevitable. No obstante, se logró mantener nuestra retaguardia limpia
de acciones enemigas, nuestras fuerzas pudieron dedicarse sin otras
preocupaciones, a la liquidación de los invasores y estos no contaron
con ayuda interna alguna. Una vez derrotada la fuerza mercenaria, los
detenidos fueron puestos en libertad; ninguno recibió maltrato físico,
ni tratamiento vejaminoso.

Desde Regla, como siempre, septiembre 11 de 2014




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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.

Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com



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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
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Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
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martes, 9 de septiembre de 2014

UN TRASLADO DE ARMAS

--UN TRASLADO DE ARMAS
Por Jorge C. Oliva Espinosa

1953
En la novela (1) conté este episodio de forma muy simplificada, al
narrarlo fui en extremo escueto. En realidad el mismo estuvo rodeado
de detalles que omití por estimarlos inverosímiles y demasiado
novelescos. Entonces no sabía que la vida es la más fantástica de las
novelas. El suceso ocurrió verdaderamente así:
Juan y yo hemos hecho una travesura: les birlamos unas armas a quienes
no iban a utilizarlas (2), pero ahora no sabemos qué hacer con nuestro
botín. Estamos sentados sobre un muro del Prado, los pies colgantes,
de cara a una de sus calles laterales. Por la misma discurre el
tráfico, mientras nos devanamos los sesos en busca de una solución a
nuestro problema. Tenemos que sacar los "hierros" que tenemos en casa
de Juan y debemos hacerlo inmediatamente. Herminia descubrió nuestro
"arsenal" y la escandalera que formó ha enterado a todo el vecindario.
Además, el padre de mi amigo, le exigió tajantemente que las
"desapareciera" de allí, sin importarle los riesgos que ello
implicaba. Esto ha herido mucho a Juan, que comprueba que sus viejos
están aterrorizados y que no les interesa otra cosa que su
tranquilidad. Podemos llevarlas para la Clínica del Estudiante del
Hospital Universitario Calixto García, allí estarán seguras. Pero el
asunto es cómo trasladarlas hasta allá. Las trajimos gracias al auto
de Oscar, que ahora está roto y no contamos con otro transporte; en
guagua o a pie no podemos llevarlas...
De pronto, Juan grita un nombre para mí desconocido y un auto se
detiene junto a la acera. Mi amigo corre hacia el vehículo y yo le
sigo para atrapar el siguiente diálogo:
-¿Para dónde vas, mi socio?...
- Para el Vedado, Juanito. ¿Por qué?...
- ¡Coño! Es que me hace falta llevar una ropa sucia ahí, para El
Calixto a ver si allá me la lavan. ¿Podrías hacerme ese favor?...
-¡Cómo no, viejo! ¿Dónde está esa ropa?
- La tengo ahí, en casa. Parquéate en la próxima bocacalle. Ahí mismo,
al doblar vivo yo.
Y dirigiéndose a mí, que estoy estupefacto, Juan dice:
-¡Vamos, Flaco!
Casi corriendo, nos dirigimos al hogar de mi inseparable compañero,
mientras el desconocido, obediente a su petición, va a estacionarse en
el lugar indicado. Yo por el camino, alarmado, no me canso de poner
objeciones. La sorpresiva solución encontrada no me parece confiable,
pero me apresto a seguirle. En un dos por tres, envolvimos con papel
de periódicos nuestro armamento y amarramos los bultos con un viejo
alambre eléctrico. Las pistolas fueron a dar a nuestras cinturas,
ocultadas por las faldas de las camisas sacadas por fuera del
pantalón, como no es moda usarlas. Estamos agitados por la premura y
así bajamos y salimos en busca del vehículo providencial que nos
aguarda al doblar de nuestra calle. Apenas doblamos la esquina, lo que
veo me deja petrificado de horror. El hombre ha estacionado después de
una guarapera existente a medianía de cuadra y exactamente tras él hay
un auto patrullero de la policía, cuyos tripulantes beben guarapo en
la estrecha acera, frente a la puerta del establecimiento. Por ahí
tenemos que pasar y no sé si las piernas me resistirán. Pero Juan no
se inmuta. Continúa como si nada su camino; pasa por delante de los
uniformados esbirros, y aún le oigo decirles educadamente:
- Con permiso...
Su temerario ejemplo me infunde valor y llego al vehículo, Juan abre
la puerta trasera y tira sobre el asiento su paquete que al caer hace
un ruido metálico, delator de su contenido. Yo entro con mi bulto,
mientras él ocupa el asiento al lado del chofer pasmado, que comprueba
que aquello no es precisamente ropa sucia. Todavía mi amigo tiene
ánimos de sonreírle cuando, sin dejarlo reaccionar, le ordena:
- Anda, arranca, ya podemos irnos...
El auto se pone en marcha y yo, temblando, quisiera empequeñecer hasta
desaparecer engullido por el asiento trasero.

Desde Regla, como siempre, septiembre 10 de 2014
(1) "El Tiempo que nos tocó vivir", Editorial Plaza & Janés, Barcelona 1998.
(2) Pertenecían a la Triple A y eran una parte insignificante del
alijo que nos habían puesto a custodiar.

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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.

Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
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jorgecoliva@gmail.com

lunes, 8 de septiembre de 2014

-AQUEL 9 DE ABRIL

--AQUEL 9 DE ABRIL
Por Jorge C. Oliva Espinosa

Hoy retomo los relatos de episodios vividos y que recogí en "EL TIEMPO
QUE NOS TOCÓ VIVIR", mi primera novela testimonial. Lo hago
recordando una fecha que considero aciaga, pues además de signada por
el fracaso, tuvo el altísimo costo de dejar casi descabezado nuestro
movimiento en poblados y ciudades.
Son como las once de la mañana y las sirenas de todas las fábricas del
Cotorro anuncian que ha comenzado la huelga general revolucionaria.
Acorde a los planes, previamente trazados, y sin contar con el
armamento que esperábamos, un grupo de nosotros parte a situarse a la
altura del Reparto Paraíso, en la entrada del pueblo. Es la posición
más comprometida y Guido, nuestro jefe, la asume. Van con él, Manuel
Blanco, Pulmón y Pillería, al que Guido quiere tener siempre cerca.
Manolo, Guillermo y yo, después de sacar a los timoratos y rezagados
de la obra de Antillana, partimos hacia las Cuatro Esquinas. En el
trayecto nos encontramos con El Ráfaga que viene a buscarnos. Ya la
FACUTE y la Cervecería están paradas, nos informa. Manolo parte hacia
la Clínica Modelo donde se ha instalado el puesto médico y nosotros
tres, debemos interrumpir el tráfico frente a la iglesia, a unos cien
metros del cuartel. Guillermo y yo vamos completamente desarmados,
sólo El Ráfaga tiene un 38. Dice algo de esperar un camión de armas,
que vendrá de la Habana y que, en medio del aturdimiento general, no
le entendemos.
El trayecto desde la obra hasta la Central, es un hervidero de
jornaleros que corren hacia sus casas, después de abandonar el
trabajo. Los más decididos y comprometidos gritan consignas, pero la
mayoría huye, como despavorida, al contemplar por primera vez a los
miembros del 26 en plena calle. A todos nos identifican, más que los
brazaletes rojinegros, ahora expuestos en nuestros brazos y las pocas
armas que algunos empuñan, nuestra actitud y proceder, temerariamente,
resueltos. ¡Estamos actuando al descubierto! Se escuchan algunos
disparos no muy cercanos. Marchamos a contracorriente dentro de un
verdadero río humano. Cuando al fin, alcanzamos los portales de "La
Reguladora", la balacera arrecia y su origen se hace evidente. Es a la
entrada, por El Paraíso o El Vedado del Cotorro. Guillermo para un
auto, saca al estupefacto chofer del asiento, atraviesa el carro en la
calle y se guarda las llaves, que aquel no se atreve ni a reclamar.
Por un momento, me hace gracia la expresión de perplejidad con que el
tipo lo mira.
_ ¡Piérdete, hermano, piérdete!
Le recomienda paternalmente el cachazudo Guillermo, a quien la
operación apenas le ha tomado segundos. El aludido no se hace de
rogar. El Ráfaga empuña su arma y sin dejar de mirar para el cuartel,
se baja de la acera y avanza hacia la calle. Se oyen también tiros en
dirección contraria, hacia el Reparto Lotería. Un camión pipa, que
viene de allá, evitando el automóvil atravesado, por poco lo arrolla.
El asustado chofer, apenas consigue detenerse frente al Ráfaga, que le
apunta, sorprendido, a la cabina. Ya son dos vehículos, los que
taponean este tramo de la Central, en el mismísimo centro del
Cotorro. ¡Y si esa pipa fuera de gasolina y no de agua!...
Le digo a Guillermo de la conveniencia de que vaya él a buscar algunos
cocteles, de los que tenemos en su cuarto. Con ellos, por lo menos,
podríamos hacer algo. Incendiar nuestra improvisada barricada, no sé.
Y aquí, estamos inermes. Pero mi amigo se niega:
_Que va, Flaco. A ti yo no te dejo solo en esta esquina ni a matao. Si
quieres ve tú a buscarlos.
No puedo menos que reciprocarlo, negándome yo también a ir. De esta
forma, quedamos los tres con una sola arma, bajo una tensión terrible
y un tiempo que parece que no pasa.
¡Esto así no funciona! Ahorita aparecerán los guardias y obligarán a
abrir los cerrados establecimientos. Y nosotros, que se suponía
diéramos apoyo armado a la huelga, estamos aquí, completamente
indefensos. Esperando un camión de armas que dice El Ráfaga que
viene. Nuestra tensión aumenta. De pronto divisamos a Manolo, que
viene por medio de la calle, pistola en mano y nos grita algo que no
entendemos y que tiene que repetirnos cuando llega a nuestro lado,
desfallecido y jadeante:
_ ¡A perderse todos! ¡Esto se jodió! A la Clínica acaban de llevar a
Efraín herido de gravedad... Se le fue un tiro, a la salida de su
casa. A Guido y los otros, los agarraron y los han metido al cuartel,
todos golpeados. Los que los vieron fueron allá a contármelo... Al
pobre Efraín ahora lo están operando, sin muchas esperanzas de
salvarlo. ¡Tenemos que salir echando de aquí, rápido!...
Apenas dos horas después, el ingeniero nos saca en su jeep, por el
callejón de Charco Jito, rumbo a la calle 100 en construcción, para
dejarnos bien lejos, donde le indiquemos. Ahora, somos la Comisión de
Estudios, que se aleja indiferente del Cotorro convulso, al parecer
ajenos y serenos, como si en realidad, igual que nuestro salvador, no
tuviéramos nada que ver con lo que allá pasa.

Desde Regla, como siempre, septiembre 9 de 2014

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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
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domingo, 7 de septiembre de 2014

EL DERECHO A CRITICAR

-- EL DERECHO A CRITICAR
Por Jorge C. Oliva Espinosa

"Criticar es ejercer el criterio," ya lo dijo El Maestro y yo estoy
convencido que la crítica es un derecho que todos debemos practicar,
sin exclusiones ni condicionantes de tiempo y lugar. ¡Ese es mi
criterio! Sin embargo, existen convenciones que limitan dicho
ejercicio. Es el caso de los diplomáticos acreditados en un país. Está
establecido que "NO DEBEN" emitir declaraciones sobre la política
interna del Estado que los acoge y mucho menos intervenir en sus
asuntos o criticar al gobierno ante el cual representan al suyo. Esa
es una norma diplomática que todo funcionario decente que trabaje en
el ramo debe cumplir. No asumir este precepto entraña un
comportamiento nada diplomático, que puede dañar las relaciones entre
dos Estados.
El Vaticano es un Estado con el cual, el Estado cubano mantiene
relaciones. Al embajador del Vaticano radicado en La Habana, se le
llama "Nuncio Apostólico" y como todo diplomático debe ceñir su
actuación al cumplimiento de las normas que rigen el mundo de la
Diplomacia; además, SE SUPONE que debe trabajar por el mejoramiento
continuado de las relaciones con el Estado en que está acreditado.
Pero, al parecer, este Nuncio, nombrado Bruno Musaró, no se siente
obligado a comportarse como diplomático; quizás piensa, medievalmente,
que "su Estado" está por encima de todos los demás, que es un Estado
Divino, regido por un "Ser Supremo" y por lo tanto, no tiene que
respetar los acuerdos que rigen entre otros, inferiores y terrenales.
El excelentísimo Señor Musaró, durante las vacaciones que disfruta en
su natal Italia, ha hecho unas declaraciones que respaldan mis
anteriores aseveraciones. Las hizo a un diario local, llamado "Lecce
News24" y que inmediatamente fueron reproducidas por "El Nuevo Herald"
con comentarios de la periodista Nora Gámez Torres. Las palabras de
Musaró fueron divulgadas también por Radio Vaticano en su website en
polaco, aunque no en las versiones en español o inglés. El MCL,
(Movimiento Cristiano de Liberación, un grupúsculo político que se
ampara en la religión) saludó rápidamente los comentarios de este
peculiar diplomático. Desde La Habana, Luis Alberto Mariño, activista
de ese movimiento, dijo a "Martí Noticias" (de Miami) que esas
palabras daban "mucha esperanza a los que estamos dentro y fuera de
Cuba y creemos que otra Cuba puede ser posible". Por su carácter
injerencista y por las entidades que las reflejan, podemos aquilatar
las declaraciones del Nuncio. Para que vean lo poco diplomático de las
mismas, les reproduzco algunos fragmentos, que las sintetizan:
"Le estoy agradecido al Papa por haberme invitado [¿enviado?] a esta
isla y espero partir luego de que el régimen socialista haya
desaparecido definitivamente",[...] "solo la libertad podrá traer
esperanza para el pueblo cubano" [que vive en la] "pobreza absoluta y
degradación humana y civil." [Para los cubanos], "la única esperanza
de una vida mejor es escapar de la isla". [El pueblo cubano es]
"víctima de una dictadura socialista que lo mantiene subyugado por 56
años", [...] "en Cuba un médico gana 25 euros por mes y para vivir con
dignidad algunos profesionales van a trabajar de noche como
camareros". "En Cuba todo está controlado por el Estado, hasta la
leche y la carne. Comer ternero es un lujo y quien mata uno para
comerlo es arrestado y llevado a la cárcel. Aún medio siglo después,
se habla de Revolución, se la alaba, mientras la gente no tiene
trabajo y no sabe cómo hacer para alimentar a sus propios hijos".
No voy a detenerme en la justeza o parcialidad de sus afirmaciones, no
las calificaré, ni voy a cuestionarle al prelado tales opiniones; pero
el hacerlas públicas, no se corresponde con la conducta que demanda el
ejercicio de su cargo, aun cuando esté de vacaciones. Es suficiente
motivo para declararlo non grato o, por lo menos, solicitar al
Vaticano que lo sustituya. Veamos qué hace nuestro Estado Laico y
respetuoso del Derecho, del internacional y de las convenciones
diplomáticas.

Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía.
Septiembre 8 de 2014


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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
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miércoles, 3 de septiembre de 2014

PARÁBOLA DE LA NOVIA FANTASMA

--PARÁBOLA DE LA NOVIA FANTASMA
Por Jorge C. Oliva Espinosa

Éramos muy jóvenes los dos, cuando me enamoré de ella y decidí
compartir con ella mi destino. Nos entendíamos a la perfección, mi
novia encarnaba mis ideales, siempre consultaba conmigo los pasos que
daba y nuestra comunicación era total. Ni siquiera al principio, fue
una buena administradora pero yo aceptaba sus decisiones, porque era
tan soñadora que me contagiaba sus delirios... Así el tiempo pasó y los
dos fuimos envejeciendo. ¡Claro que cambiamos al paso de los años! Sin
embargo, yo la seguía queriendo; ella, en cambio, dejó de participarme
sus pensamientos, ya no intercambiábamos como antes, casi no me
hablaba y cuando lo hacía, era en un tono imperativo, autoritario,
mortificante; dejó de interesarse por mis problemas y fijó su atención
en otros asuntos que me eran ajenos. Parecía no importarle nuestro
futuro, se mostraba egoísta, mezquina y sus torpezas terminaron por
arruinar nuestra economía y nuestras vidas. Para auxiliarla en la
administración, trajo a un grupo de empleados que decían secundarla en
todo y los dotó de poder. Engreídos, estos subalternos suyos
comenzaron a implantar medidas que parecían dirigidas a aumentar mi
malestar y nuestro distanciamiento. Cuando le reproché sus desatinos,
me miró con soberbia, me hizo blanco de suspicacias y comenzó a
desconfiar de mí. Sus caprichos y arbitrariedades, hicieron que muchos
de mis amigos abandonaran nuestra casa y otros dejaran de visitarnos.
Con tristeza, comprobé que su comportamiento nos alejaba cada vez más;
no obstante, ya no podía abandonarla porque yo la seguía queriendo
como fue antes, como ya no era. No puedo olvidar nuestro pasado en
común, nuestro noviazgo, donde ambos nos creamos mutuamente. Ahora,
amarrado a un recuerdo, sigo amando a mi novia fantasma.

Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía.
Septiembre 4 de 2014
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.

Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com

martes, 2 de septiembre de 2014

LEY DE PROTECCIÓN AL CONSUMIDOR

-- LEY DE PROTECCIÓN AL CONSUMIDOR
Por Sempronio, el de Regla

Eso de una Ley de protección al consumidor, me parece muy bien. Pero,
primero habría que convertirnos en consumidores y dejar de ser meros
receptores de lo distribuido. También sería necesario construir una
verdadera red de comercio, tanto minorista como mayorista, donde la
satisfacción del cliente fuera el objetivo primero. Si se hiciera así,
desaparecerían el maltrato y los mal llamados desvíos. Por otra parte,
al dotar a los trabajadores por cuenta propia del abastecimiento
necesario para su actividad, se reducirían grandemente los robos y la
corrupción, se abaratarían los costos y con ellos los precios.
Esa soñada Ley tendría que fijar un límite de ganancia, límite al que
todos estarían sujetos, el Estado y los productores independientes.
Mientras las tiendas estatales mantengan sobreprecios de más del 200
por ciento, mi barbero me seguirá cobrando veinte pesos por un pelado
y el carretillero diez pesos por un aguacate. Ellos necesitan cobrarme
así, para poder luego comprar en aquellas tiendas donde se practica la
usura más despiadada y el robo al descaro toma el nombre de "multas."
Todo esto es evidente; sin embargo, a ninguno de nuestros más de
seiscientos legisladores se la ha ocurrido proponer semejante Ley. Y
eso que nuestra Constitución les da esa prerrogativa. Me pudieran
replicar que eso provocaría un desabastecimiento general, porque el
pobrecito Estado no tiene dinero para comprar más mercancías, debido
al cruel bloqueo; pero yo los contradigo y digo que el aumento de las
ventas compensaría con creces la disminución de los ingresos al
reducir los precios. Como yo, Sempronio el de Regla, no creo ser más
inteligente que el más memo de nuestros Diputados, llego a la triste
conclusión que nuestros legisladores no legislan o algo no marcha como
debía en nuestra forma de gobierno.

Desde Regla,
Tierra bendita de Yemayá, cuna bravía de los abacuá.
Septiembre 3 de 2014

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lunes, 1 de septiembre de 2014

ACTUALIZACIONES

-- ACTUALIZACIONES
Por Sempronio, el de Regla

¡Ahora comprendo! Si las nuevas medidas puestas en vigor, son "la
actualización" de las regulaciones aduanales, -como informó ayer Radio
Reloj- entonces se me hace clara la esencia y sentido de otra
"actualización": la del modelo económico. Esa apenas ha comenzado,
"sin prisa, pero sin pausa," y ya me la estoy sintiendo; así que
cuando acaben de implementarla... ¡Ya usted sabe! Como dijo el filósofo
Tadeo Morrocoyo: "¡Apaga y vámonos!"
Miro a mi alrededor y todo está lleno de actualizaciones, pero la que
hace más falta, la del modelo político, brilla por su ausencia. Para
consolarnos de tal carencia, hagamos un recuento: Panchón, maceta
sexagenario, se "actualiza" con Viagra para satisfacer sus desfasados
deseos titi maníacos; mientras Chucha, su esposa, piensa actualizarse
a fuerza de cirugía plástica y liposucción. Aquí, en Regla, se
"actualizan" muchas viviendas que antes eran de madera, gracias "al
invento" de sus propietarios; algunos son "cuentapropistas", otros
"luchan la calle" a su modo. Los dueños de almendrones han
"actualizado" sus viejos cacharros y les están sacando lascas a sus
actualizaciones.
De otra actualización se encarga el periodista Nicanor León Cotayo; él
nos mantiene "actualizados" sobre las calamidades que se sufren en
Miami, ahora entiendo por qué tantos cubanos se empecinan en pirarse
pa´ llá. Los que se van, ya están "actualizados" con las calamidades
de aquí y las de allá, anunciadas por Nicanor, les parecerán siempre
pequeñas. ¡Nicanooor!...
Pero qué va, "yo me quedo", como dice Pablo Milanés en su canción.
Tengo una morbosa curiosidad por saber cómo termina toda esta
actualizadera.

Desde Regla,
Tierra bendita de Yemayá, cuna bravía de los abacuá.
Septiembre 2 de 2014

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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.

Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com