martes, 12 de agosto de 2014

-FELIX PECHUGA

--FELIX PECHUGA*
Por Jorge C. Oliva Espinosa

En la antigua Escuela de Ingeniería Mecánica tuvimos un administrador
estrella. Era capaz de resolver los más variados problemas de
abastecimiento; no importaba que los artículos necesitados estuvieran
desaparecidos del mercado, Félix los conseguía. Usaba para su
eficiente gestión de métodos muy particulares, a veces al margen de la
legalidad. Nos asombraba constantemente con sus éxitos, muchos no
aprobaban la manera en que los obtenía, pero todos reíamos de sus
hazañas abastecedoras. Su actividad le había ganado entre nosotros el
cariñoso sobrenombre de "Félix Pechuga", porque todo lo resolvía a
"puro pecho."
Aquel joven era un torbellino, desbordaba hilaridad y energía. Siempre
le veíamos sonriente, sudoroso, apurado en sus continuos trajines. Sin
ser militar en activo, no se quitaba el uniforme verde olivo, portando
como única arma una agenda ajada por el uso. Así lo veíamos trabajando
en el almacén o salir como un bólido, al timón del único vehículo que
entonces tenía nuestra Escuela: un desvencijado jeep del mismo color
que su vestimenta. Traje completo de militar, incluida gorra y altas
botas, además del artefacto ruinoso que manejaba, completaban la
impresión de estar frente a un miembro de nuestras fuerzas armadas, al
que le habían encomendado labores muy especiales. Esa apariencia, la
explotaba Félix a las mil maravillas, con una imaginación febril.
Tenía madera de actor y la ponía en función de habilitarnos de todo lo
que escaseaba y nos era necesario.
Cuando en las demás Escuelas de la entonces Facultad de Tecnología
faltaban insumos en sus laboratorios, o los profesores no tenían
bolígrafos, en la Escuela de Mecánica nunca carecíamos de ellos. Todo
gracias a la labor incansable de Félix. Parecía un mago o un generoso
dispensador aquel torbellino hecho Administrador. Pero sus artes no
tenían nada de mágico misterio. Él lograba abastecernos de lo
impensable a base de fanfarronadas. Esa era su arma y la usaba con
suma eficacia. Fui testigo de unas cuantas de sus balandronadas.
Cierta vez necesitábamos cristalería para el nuevo laboratorio
químico. Félix tomó el teléfono y marcó un número. Cuando
respondieron, me quedé pasmado con la parrafada que soltó. La guardo
en la memoria: "Mira, te hablan de aquí, de la oficina de Celia...
Planes Especiales... ¿Qué Celia va a ser, compañero?" Luego pidió,
exigió más bien: "Ponme ahí con el que más manda"; a los pocos
segundos continuó fanfarrón: "Fíjate, voy a mandar para allá a mi
chofer con una facturita ahí... Va a nombre de una Escuela de la
Universidad, no importa, ya te estoy diciendo para donde de verdad es...
Ya tú sabes. Si tienes cualquier duda, nos tiras para acá. Si, Planes
Especiales, de Celia... Eso sí, ese material tiene que estar hoy aquí.
"Y sin dar tiempo a reaccionar al que le oía del otro lado de la
línea, colgó. Acto seguido, tomó su gorra del clavo donde la colgaba y
salió hecho una exhalación en su jeep. Antes que transcurriera una
hora estaba de regreso. El trasto andante que conducía venía con los
muelles vencidos por el peso. En su interior se apilaban las cajas
conteniendo los Erlenmeyer, los beakers, retortas y tubos de ensayo
que tanto necesitábamos. Félix había hecho una de las suyas. En otra
ocasión vi como intimidaba al Director de la fábrica Plínex y le
exigía que le entregara a su chofer (que poco después iba a encarnar
él mismo), las mangueras plásticas que requerían para sus experimentos
los compañeros de la cátedra de Hidráulica. Porque nuestro
Administrador estrella no se limitaba a "conseguir" para nosotros, los
mecánicos. También lo hacía en colaboraciones solidarias con las otras
Escuelas de Ingeniería.
Pero un día, Félix desapareció de la CUJAE. Nadie sabía para dónde se
había trasladado. Pasaron los años, yo me fui para la Escuela de
Industrial y más tarde todas las Escuelas se convirtieron en
Facultades y la CUJAE comenzó a llamarse Instituto Superior
Politécnico. De CUJAE trocó su nombre en ISPJAE de tan difícil
pronunciación, que hasta Fidel criticó tal denominación. Recuerdo que
terminaba ya otro curso más. El calor era tan agobiante como las
tareas que nos esperaban siempre al finalizar cada período docente y
escaseaba la energía eléctrica y la cerveza. Ambas tan necesarias para
refrescar los ambientes. Al pasar por un bar del Vedado, con
anterioridad refrigerado y entonces con sus puertas abiertas por el
ahorro de electricidad, vi que había "un tiro de cerveza". Ávido del
espumoso líquido, me acerqué al mostrador y entonces lo vi. Enfundado
en vistoso y elegante traje, de cuello y corbata, hecho un dandi,
estaba... ¡Félix! A mi exclamación de alegría y asombro, me reconvino
en voz baja, como en un murmullo: "Shsss, socio, no seas tan efusivo,
baja la voz.... Ahora estoy en el servicio exterior y no me conviene que
me anuncies aquí, tomando cerveza..." Tomé la mía, divertido y al
despedirnos fraternalmente, me fui pensando que aquel personaje seguía
siendo el mismo que conocí y que usaba ahora conmigo una fanfarronada
más de las que era adicto. ¡Este Félix no cambia! ¡Vaya Usted a saber
en qué anda para ir en facha de funcionario!, me dije.
Pasaron no sé si unos meses o algo más que un año y vi su foto en los
periódicos. Aparecía de bruces sobre el timón de un auto, la cara
ensangrentada pero todavía reconocible. En New York había sido
asesinado el Diplomático cubano Félix García, víctima de los mafiosos
terroristas que ampara el Imperio. Solo entonces, presa del dolor que
produce perder a un compañero, comprendí que el inolvidable "Félix
Pechuga" no me había mentido.

*Esta crónica fue publicada en octubre 30 de 2012





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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.

Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com

domingo, 10 de agosto de 2014

UN CAPITALISTA ASTUTO

--UN CAPITALISTA ASTUTO
Jorge C. Oliva Espinosa

Tuve oportunidad de conocerlo cuando, en mi obligado peregrinar por
toda la isla, a mediados de 1957 llegué al poblado de El Cotorro y
comencé a trabajar como listero en las obras de la Antillana de Acero.
Entonces él era el Presidente y principal accionista de la "Antillian
Steel Cómpany", subsidiaria de un gran consorcio metalúrgico
norteamericano; aquella sociedad anónima agrupaba a los principales
ferreteros del país y llevaba a cabo la inversión en lo que sería la
mayor fábrica de cabillas de Cuba. Era un hombre muy hábil, su
comportamiento era peculiar y obtuvo del mismo un magnífico resultado,
como verán en este fragmento de mis memorias.
Conduciendo un flamante "Buick, modelo Sabre" del último año, llegaba
muy temprano cada mañana. Parqueaba su carro dentro de la vieja
fabriquita "Cabillas Cubanas", de la que aparecía como dueño, allí
cambiaba su inmaculado dril cien o su fina guayabera de hilo por una
deteriorada camisita de sport y tripulando un "jeep" desvencijado se
dirigía a inspeccionar las obras, distantes unos dos kilómetros. Al
llegar, sus paradas eran continuas. Se detenía para saludar a cada
obrero, inquiría sobre sus problemas y hasta le daba consejos a
algunos; a todos conocía por su nombre y por sus nombres les trataba,
pues tenía una memoria de archivo, se mostraba afable, cordial y
cercano. A este le preguntaba si la mujer ya había parido, al otro si
se había aliviado del dolor de muelas y a un tercero sobre el estado
de salud de su anciana madre. A todos escuchaba y atendía sonriente
cualquier petición que le hacían. Tenía establecida una especie de
"casa de préstamos" de la cual, sin intereses, podía beneficiarse
cualquiera de "sus trabajadores" que le pidiera un anticipo. Atendía
con solicitud la petición, sacaba entonces de su bolsillo una de sus
finas tarjetas de presentación y escribía en ella una nota a su Jefe
de Personal, ordenando le diera "al amigo fulano" un anticipo sobre
sus jornales, a descontarle en tales y tales términos. Como resultado
de esta técnica y debido a los muchos problemas de sus beneficiados,
gran cantidad de trabajadores le debía favores y dinero de sus futuros
salarios. Con esta labor demagógica, con su fachada de buena gente,
lograba que todos se sintieran agradecidos y fueran sus fieles
admiradores. Cuando le era necesario despedir a un trabajador, él
jamás aparecía como el responsable; la función de ejecutor se la
dejaba a su Jefe de Personal y allá iba, suplicante, el despedido a
contarle su desamparo al dueño "amigo". Entonces, aquel empresario
bicho, consolaba al desdichado y le explicaba que él no podía quitarle
la fuerza moral a su empleado, pero que sí podía recomendarlo para que
consiguiera otro trabajo; acto seguido le extendía una de sus
tarjeticas, dirigidas a "quien pueda interesar", donde escribía que el
despedido era un magnífico trabajador. Era todo él una mezcla de
Tartufo y Maquiavelo. Cuando terminaba su recorrido por toda la obra,
volvía a donde había dejado su automóvil y allí cambiaba otra vez de
aspecto y personalidad. En la obra se pagaba semanalmente los viernes.
Y ese día, nuestro capitalista inteligente sabía que sus empleados de
oficina, una vez concluida la jornada, iban a jugarse unas cervezas al
"Bar de la Gallega", situado en la carretera Central rumbo a La
Habana. Allí se aparecía él, como por casualidad, ya con su atuendo de
persona acaudalada; se arrimaba al otro extremo de la barra y pedía
una cajetilla de cigarros americanos. Al marcharse, dejaba paga una
ronda a los jugadores de cubilete.
Con este proceder ganó adeptos en la masa y cuando fue intervenida su
empresa por el gobierno revolucionario, los trabajadores reaccionaron
contra la intervención. No entendían "cómo podían hacerle eso al
pobrecito, si era tan bueno y además era un cubano." No fue fácil
convencer a la masa confundida, ni sencilla la labor encomendada al
Interventor. Me consta que ambas fueron arduas tareas.
Varias décadas después y tras múltiples ampliaciones, "Antillana de
Acero" era una enorme empresa estatal llamada "José Martí", aunque
todos seguían nombrándola con su primitivo nombre. Me contaban algunos
trabajadores que habían tenido a "un compañero Director" al que
apodaron "El Fantasma" (1), pues ninguno de ellos pudo jamás verlo de
cerca ni hablar con él. El dirigente llegaba en su automóvil,
descendía del mismo y entraba a su oficina. Cuando salía de la misma,
con igual celeridad, era para abordar el vehículo y marcharse.
Entonces recordé el actuar de aquel empresario capitalista y pensé
cuánto bien hubiera hecho "nuestro" funcionario si se hubiera
comportado como un legítimo representante del poder de los
trabajadores y hubiera sido con ellos, tan cercano como falsamente se
mostraba el antiguo dueño, sin dudas, UN CAPITALISTA ASTUTO.
1) Posteriormente, me informaron que el apodado "Fantasma" no era otro
que Roberto Veiga, quien antes fuera Secretario General de la CTC.
Esto último no he podido confirmarlo con otras fuentes.

Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía.
Agosto 11 de 2014

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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.

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miércoles, 6 de agosto de 2014

EL CONSEJO CONSULTIVO Y LOS ESTATUTOS

--EL CONSEJO CONSULTIVO Y LOS ESTATUTOS
Por Jorge C. Oliva Espinosa

Cuando escribí "DIGNA CONMEMORACIÓN DE UN CENTENARIO", relaté que
Gastón Baquero (1), por entonces miembro del Consejo Consultivo, había
sido actor pasivo en un hecho ocurrido el 28 de enero de 1953. Después
de leer aquel artículo, un compañero me dice no saber qué fue el
"Consejo Consultivo"; como, de seguro, muchos jóvenes también
desconocen este engendro, vale la pena recordarlo;
El CONSEJO CONSULTIVO fue un órgano espurio creado por Batista a raíz
del último golpe de estado que perpetró en su vida de malhechor
nocturno y golpista reincidente: el de la madrugada del 10 de marzo de
1952.
Las primeras acciones del dictador fueron disolver el Poder
Legislativo, (el Capitolio fue rodeado por soldados que impidieron el
acceso a los legisladores), deponer al Presidente y demás miembros del
Ejecutivo, ministros, gobernadores provinciales, alcaldes, etc. y
abrogarse esas funciones respaldado por los tanques de Columbia. José
Luis Padrón, en su libro (2) afirma que una vez dentro del campamento
militar, Batista dio otro golpe contra los ejecutores iniciales de la
asonada. No era la primera vez, en el 33 se lo hizo a los sargentos y
clases que lideraban el movimiento del 4 de septiembre (3), ahora le
tocaba el turno a García Tuñón y otros. Inmediatamente, procedió a
nombrar nuevos jefes en los institutos armados y nuevos ministros y
funcionarios que sustituyeron a los del día anterior. Es decir:
comenzó a repartir la República entre sus conmilitones. Para darle un
maquillaje de "civilidad" a su régimen castrense, nombró a un grupo de
civiles, todos acólitos suyos, como "Consejeros Consultivos"; esta
distinguida caterva constituyó el CONSEJO CONSULTIVO con facultades
tanto legislativas como ejecutivas. Es decir, este Consejo sustituía
tanto a la Cámara de Representantes, como al Senado, además de servir
de cuerpo asesor al Ejecutivo que era Batista. El primer acuerdo que
tomó el flamante órgano fue nombrar a Batista como Primer Ministro,
Jefe de Gobierno y del Estado. Una jugada de "toma y daca", tú me
nombras y luego yo te nombro, fue la trágica comedia que escenificaron
para escarnio a los derechos constitucionales y a la ciudadanía. Una
vez investido de poderes, el Consejo Consultivo elaboró LOS ESTATUTOS
CONSTITUCIONALES, un engendro anti-jurídico que entró en vigor
inmediatamente y que suplantó a la Constitución vigente, la promulgada
en 1940 por Delegados elegidos a una Asamblea Constituyente, pero bajo
el mandato tras bambalinas de Fulgencio. Bajo los preceptos de aquella
Constitución, el bastardo de Banes fue electo aquel año presidente
constitucional, mediante sufragio universal y directo, para dárselas
entonces de ejemplo de demócrata. Con los Estatutos de 1952, intentó
vestir "de jure" a su régimen "de facto". Taimado, como siempre se
cuidaba de "guardar la forma".
Una vez promulgados y aprobados por él, el dictador obligó a todos los
funcionarios, incluidos los miembros del Poder Judicial a Jurar dichos
Estatutos y acatarle obediencia como Ley Suprema y Ley de Leyes. El
que así no lo hiciera, quedaba automáticamente destituido. Para hacer
más risible la engañifa, uno de los artículos del mamotreto rezaba:
Los demás artículos de la Constitución (de 1940) quedan vigentes, en
tanto no se opongan a lo aquí dispuesto.
Nuestra Constitución había sido asesinada y nosotros, los estudiantes,
le rendimos postrer tributo en unas exequias que organizó la FEU.
Durante varias jornadas, la velamos en el Aula Magna, en andas
llevamos su ataúd y lo depositamos en la Fragua Martiana; así, no
enterramos nuestra Constitución, nos dispusimos a resucitarla con la
acción revolucionaria bajo la guía del Apóstol.

Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía.
Agosto 7 de 2014
(1) Banes 1914-Madrid 1997, importante periodista, escritor y poeta
del siglo XX, fue Jefe de Redacción del reaccionario "Diario de la
Marina", integró el Consejo Consultivo que redactó los "Estatutos
Constitucionales" promulgados en sustitución de la Constitución.
Calificó al movimiento insurreccional como "locura de terroristas y
ambiciosos prestos a ensangrentar la Patria" y fue vocero
propagandista de la dictadura batistiana. En 1959 partió al exilio y
desde allá siguió publicando artículos que atacaban al gobierno
revolucionario.
(2) "Batista, el Golpe": Padrón, José Luis y Luis Adrián Betancourt,
Ediciones Unión, 2013.
(3) "Junta de los Ocho", organizada por el sargento mayor Pablo
Rodríguez e integrada, entre otros por Eleuterio Pedraza y Mario
Alfonso Hernández; Batista era solo un miembro más.


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martes, 5 de agosto de 2014

EL CORONEL NO TIENE QUIEN LO AVALE

--EL CORONEL NO TIENE QUIEN LO AVALE
Por Jorge C. Oliva Espinosa

El título de esta anécdota puede parodiar una obra del gran Gabo.
Trata también de un coronel que espera recibir un reconocimiento al
llegar a la edad del retiro. García Márquez nombró al suyo Buendía.
Fiel a piadosa norma, excuso identificar con algún apellido al Coronel
del relato mío.

198?
Marcial porte, vistoso el uniforme lleno de insignias y medallas, en
las charreteras dos estrellas doradas indican su rango: Teniente
Coronel de nuestras Fuerzas Armadas. Su visita me sorprende y el
motivo de ella me deja perplejo: viene a pedirme un aval para
solicitar su medalla como combatiente de la clandestinidad.
Yo lo había conocido en los 50, cuando él estudiaba en el Colegio
Édison y yo visitaba ese centro de segunda enseñanza, donde había
hecho contactos para labores de propaganda del M 26 7. Creo que fue
Bodes, el presidente de la Asociación de Alumnos de aquel centro,
quien me lo presentó. No tuvimos más contactos y mucho tiempo después
supe que era primo hermano de un compañero que compartió conmigo años
de trabajo en la Universidad; por este primo suyo supe que había hecho
carrera militar y ahora lo tenía frente a mí, ya no era el jovencito
de aquel lejano entonces, era todo un señor oficial.
Le mostré mi asombro ante su petición, yo no había tramitado mi
medalla y lo más que podía testimoniar es que él había ayudado a
distribuir bonos de a peso, pues no sabía de otras actividades suyas.
Muy falto de avales debía estar aquel "Coronel", para acudir a mí. Fui
franco pero me mantuve cordial, fiel a la tradición árabe que ordena
no ofender a nadie bajo tu tienda. Y entonces se lanzó al precipicio
de lo inadmisible:
_Mira tú sabes cómo son las cosas... Ya, por lo años de servicio, puedo
optar por el retiro, y esa medalla me garantiza un aumento sustancial
en la pensión... Además, mi condición de Oficial y militante del
Partido... Claro que la compra de un bono no es mérito suficiente pero,
en confianza, tú me puedes ayudar poniendo que colaboré en otras
cosas... ¡Tú sabes cómo funciona eso!...
Ante tal desparpajo, no lo dejé continuar, la cólera me enmudecía, el
atrevimiento de aquel sujeto era desconcertante; pero logré levantarme
de mi asiento, en silencio fui hasta la puerta y abriéndola lo convidé
con un gesto a marcharse. La expresión de mi rostro debió
interpretarla como lo que era: una seria advertencia, una clara señal
de peligro. Lo vi partir, con la premura de un perro que huye ante la
amenaza de ser apaleado.
Ignoro si con otro de su calaña logró el ansiado aval, pero años
después supe que, ya retirado, había trasladado su domicilio
definitivo a Madrid, donde murió ya convertido en ciudadano español.

Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía.
Agosto 6 de 2014
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lunes, 4 de agosto de 2014

JULITO, LA HERMANDAD

--JULITO, LA HERMANDAD
Por Jorge C. Oliva Espinosa

"Si tengo un hermano...hermano de suerte... hermano de vida, de historia y
de muerte..."
Silvio Rodríguez

Es cierto que los cubanos pecamos de exagerados; en lo efusivo, cuando
un amigo se hace entrañable nos apresuramos a llamarle "hermano". Sin
embargo, y queriendo ser objetivo, aclaro que, en mi criterio, la
hermandad es el sentimiento que hace a los hombres amarse y
comportarse unos con otros como verdaderos hermanos, estadio que no
siempre alcanza la amistad. En los años que tengo, he visto varios
ejemplos de verdadera hermandad, pero el más cercano y grande de todos
sigue siendo Julio Pagés Baltar, para nosotros "Julito". Me precio de
haber conservado amigos desde épocas ya remotas, los que solo la
muerte me hizo perder. Amigos del barrio, de infancia y juventud, me
acompañaron durante un largo trecho. De todos ellos, Julito fue sin
dudas el más antiguo: con apenas seis años éramos compañeros de juegos
y habitábamos la misma casa de vecindad, enclavada en la Calle
Consulado No. 108; su familia vivía en los bajos y la mía en la
azotea; entre recuerdos amarillados por el tiempo, guardo una foto en
que aparecemos en ese lugar, vestidos él de indio, yo de cowboy, somos
dos pilluelos que no han mudado sus primeros dientes. En aquel barrio
fuimos creciendo y cuando me mudé para el número 20 de la misma calle,
continuamos nuestra vieja amistad y concurrimos al mismo colegio de
barrio. Con Julito, Juan y otros amigos fuimos a la Universidad aquel
trágico 10 de marzo de 1952, nos animaba igual propósito; allí
comenzamos a participar en el enfrentamiento estudiantil contra la
dictadura.
La primera prueba de hermandad nos la brindó Julito un 27 de noviembre
de aquel año funesto. Participábamos en la manifestación que recorría
la calle San Lázaro en recordación de los estudiantes fusilados en
1871; Juan era el único de nosotros que era estudiante universitario,
los demás esperábamos seguirle, pero ya estábamos vinculados a la
Universidad en nuestros trajines subversivos. Al llegar al monumento a
los ocho estudiantes de medicina, Juan se encaramó en un muro y
comenzó a arengar a los manifestantes. Los esbirros de azul
irrumpieron y se formó el desbande. Uno de aquellos sicarios tomó a
Juan por un brazo y lo bajó violentamente del pedestal para conducirlo
hasta una perseguidora cercana, yo me lancé contra el guardia y el
resultado fue que fuimos dos los introducidos en el carro patrullero.
Una vez dentro y con los golpes de rigor, el auto partió con nosotros.
Pero para asombro de todos, Julito emprendió veloz carrera
siguiéndonos; una de las veces en que, por poco alcanza al vehículo,
logró golpear su maletero con los puños. Ante su incomprensible
proceder, el chofer detuvo la marcha. Fue entonces que tuvimos la
oportunidad de escuchar la voz jadeante de nuestro amigo que exigía:
¡Llévenme a mí también! Por supuesto que lo complacieron y fuimos tres
los conducidos en aquel carro hasta la Tercera Estación de Policía.
Todo el tiempo que duró la lucha, Julito lo vivió inmerso en ella y en
las acciones que participamos juntos se preocupaba por mí y por mi
seguridad más que por la suya. En 1958 tuvo que exiliarse, fue de los
primeros cubanos repatriados en regresar cuando triunfamos y volvimos
a encontrarnos para celebrar la victoria. Después, nuestros caminos
tomaron rumbos diversos y en el año 80, Julito siguió a su único hijo
en el éxodo del Mariel. El muchacho había penetrado en la Embajada del
Perú y al no poderlo persuadir para que saliera, mi amigo ya viudo y
sin otro asidero familiar, decidió correr su suerte. Todo me lo
explicaba en una misiva en que justificaba su decisión; en ella me
hacía patente que no esperaba aprobación, pero sí comprensión de mi
parte; eso era para él muy importante. Al poco tiempo comencé a
recibir tarjetas postales provenientes de los Estados Unidos, donde,
en breves notas, me informaba detalles de su vida y dentro de los
sobres, pegadas con cinta adhesiva, con frecuencia venían cuchillas de
afeitar. Así pasaron los años que se agruparon en décadas y un día,
sorpresivamente, recibí trescientos dólares, venían acompañados de una
carta estremecedora. En ella, Julito me comunicaba que había cobrado
una indemnización por su demanda contra el médico que, por equivocar
el diagnóstico, lo había condenado a morir. Al no recibir el
tratamiento adecuado, su cáncer de próstata ya no tenía solución y
solo esperaba que las metástasis, ya aparecidas, apresuraran el fin.
Con el dinero recibido había hecho con su hijo un crucero a las
Bermudas, con el objetivo de guardar un grato recuerdo en medio de lo
inevitable. Con igual propósito me enviaba el dinero: "de algo le
serviría a su hermano de siempre, la burrada de aquel médico". Esa fue
la última vez, de muchas, que Julito me demostraba, contundentemente,
lo que él entendía por hermandad.
Desde Regla, como siempre, agosto 5 de 2014

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domingo, 3 de agosto de 2014

DIGNA CONMEMORACIÓN DE UN CENTENARIO*

--DIGNA CONMEMORACIÓN DE UN CENTENARIO*
Por Jorge C. Oliva Espinosa

Ese 28 de enero se cumplían cien años del nacimiento de Martí. Y lo
conmemorábamos bajo una dictadura. En la Universidad, la noche
anterior participamos en la "Marcha de las Antorchas", grandiosa
manifestación del estudiantado que hizo el trayecto desde la
Escalinata a la Fragua Martiana, llevando cada participante una
simbólica antorcha para "iluminar la tenebrosa noche que vivíamos" En
nuestra escuela del barrio, la Academia Valmaña, se organizaron varios
actos de celebración. Entre ellos un concurso literario en el cual
participé como ex alumno con una biografía del apóstol donde, aunque
de forma velada, hacía alusión al sátrapa que nos oprimía y la
necesidad de derrocarlo. Era la única manera en que podíamos
expresarnos y ser admitidos en el certamen. Para mi sorpresa resulté
premiado, quizás por el mensaje nada disimulado que envolvía mi
composición.
Otro acto se celebraría en la noche. En la antigua escuela se
inauguraría un rincón martiano, que esta vez no tenía nada de rincón,
como el de La Salle, -donde Martí estaba arrinconado, con su busto
sobre una urna hermética que encerraba sus obras, haciéndolas
inaccesibles- aquí ocupaba todo el lateral de un espacioso patio
central. Como invitado principal de la Dirección del plantel, haría
uso de la palabra un afamado hombre de letras: el periodista y
escritor Gastón Baquero. Pero resultaba que el encumbrado personaje
figuraba entre los que habían redactado los Estatutos
Constitucionales, engendro grotesco con que Batista había sustituido
la Constitución de la República. Baquero pertenecía al grupo infame,
el Consejo Consultivo, espuria invención del tirano con la cual usurpó
las facultades ejecutivas y legislativas de los poderes legítimos del
Estado. En la boca de semejante sujeto, el nombre sagrado de Martí era
equivalente a un insulto a su memoria. Una afrenta de tal naturaleza
no podíamos permitirla los que nos considerábamos sinceramente
martianos. Juan y yo estábamos decididos a impedirlo. Y con esa
resolución fuimos bien temprano al acto.
Cuando llegó el "prestigioso" invitado seguido de su guardaespaldas,
nos adelantamos para constituirle un peculiar comité de recepción. En
efecto, en la misma acera, tan pronto se bajó del charolado auto, se
encontró con dos jóvenes que no disimulaban bajo los sacos de sport,
amenazadores abultamientos. Sin embargo, ni el tono ni el gesto con
que nos dirigimos a él, implicaba hostilidad alguna. Nos comportamos
dentro de la corrección más exigente, incluso con cortesía y
amabilidad:
__Buenas noches, Doctor
__Buenas...
__Doctor, su intervención en este acto es incompatible con el
pensamiento martiano. Y venimos a pedirle que se marche......
Sorprendido, el hombre se debatía entre la irritación y el asombro.
Aun así, trató de mantenerse sereno ante nuestro desenfado e ignorar
el insólito atropello del que le hacíamos objeto
__Yo he sido invitado aquí por las dueñas de este Colegio. Ustedes no
tienen autoridad para impedir mi participación. ¿Con qué cuentan
Ustedes para hacerlo?...
Pero nuestro atrevimiento era mayor y nuestra decisión también. A la
vez que desabrochábamos nuestros sacos, le respondimos:
__Somos muchos y contamos con los medios necesarios... Será mejor que
no lo dude...
Esta vez entendió el explícito mensaje y dando muestras de prudencia,
giró sobre sus pasos y volvió a entrar en el vehículo que partió
obediente a su orden. Aún tuvo tiempo por la ventanilla de lanzarnos
su amenaza:
__Ustedes pagarán por este abuso...
Juan y yo, sonrientes, lo vimos partir encolerizado. Solamente
entonces, extrajimos de nuestras cinturas las gruesas libretas
enrolladas que, a falta de armas reales, habíamos usado en nuestra
bravuconada.
Seis meses después, otros cubanos, jóvenes como nosotros,
conmemorarían de forma más digna todavía el centenario del Apóstol:
siguiendo sus prédicas asaltarían El Moncada.

*Esta memoria pertenece a "Relatos para Isabelita", un grupo de
anécdotas, dedicadas a Isabel López, sobre las actividades subversivas
que compartí con su padre, hermano mío de bala y de sangre, Juan
Leonardo López Álvarez, el primer exiliado menor de edad durante la
dictadura batistiana.

Desde Regla, como siempre, agosto 4 de 2014

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Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
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viernes, 1 de agosto de 2014

-¡NO PUEDES ENTRAR!

--¡NO PUEDES ENTRAR!
Por Sempronio, el de Regla

Con perdón de Engels, el ambia de Marx, yo sitúo el origen de la
propiedad privada en el momento en que a uno se le ocurrió decir "Esto
es mío" y los demás se lo creyeron. Algo similar ha pasado cuando un
funcionario cualquiera, empachado de burocratismo, dispone que "AQUÍ
NO PUEDES ENTRAR". Este caballero está actuando como si fuera suya la
propiedad cuyo acceso pretende restringir. Ya una vez ocurrió con los
hoteles, donde nunca supimos quién dio la orden, pero todos la
acatamos de forma ovejuna. Hasta que no fue retirado el engendro
discriminatorio (que desapareció sin hacer ruido), no pudimos poner un
pie en el lobby de ningún hotel; ninguna voz se alzó para protestar,
ni la Asamblea Nacional se dio por enterada de aquella violación de la
Constitución que, como funcionarios investidos del más alto poder,
están obligados a cumplir y hacer cumplir.
Ahora el caso se repite en el aeropuerto capitalino, llamado José
Martí, en honor a un gigante que rindió culto a la dignidad plena del
hombre, que inmoló su vida entera por hacernos un pueblo de hombres
libres. La diferencia de ahora es que sabemos quién dispuso esa medida
tendiente a limitar los derechos ciudadanos de acceder a lugares de
servicio público. Fueron sus graciosas majestades, señores y dueños
del aeropuerto, ahora bajo la coraza de una Corporación sustituta de
lo que fuera "Cubana de Aviación". Esta vez hubo una diferencia, una
excepción digna de imitar por todos: Juan Carlos Tabío no acató la
prohibición y nadie pudo sacarlo a él ni a su esposa de las
instalaciones aeroportuarias. ¿Y si todos hiciéramos lo mismo que Juan
Carlos? ¿Si en lugar de permanecer inertes a la intemperie, bajo el
sol implacable, sin otro lugar dónde orinar que no sea el mismísimo
parqueo, si en vez de dejarnos tratar como a rebaño, irrumpimos como
pueblo soberano en la instalación que nos pertenece a todos?... ¿Qué
pasaría? Que conste, no estoy llamando a la violencia ni a la
insurrección, porque podemos tomar posesión de forma pacífica de lo
que nos pertenece y entrar en los lugares públicos de forma
civilizada. Lo más de que pueden acusarme es de incitar a la
desobediencia y a la resistencia pasiva. ¿Pero, desobediencia a quién
o a qué? ¿A una medida absurda, dictada por la arbitrariedad de quien
se cree dueño de lo que es propiedad de todos?
Todavía me recomen por dentro dos preguntas más: ¿Se han enterado
nuestros Legisladores de esta tropelía violatoria de la Carta Magna?
¿Alguien se ha dirigido ya a la Comisión de Asuntos Constituciones de
nuestra Asamblea Nacional del Poder Popular, para comunicarle el
atropello?
Si nadie lo ha hecho, yo Sempronio, el de Regla, voy a preparar mi
cartica y llevarla a la Sede del máximo órgano del Estado. Nuestra
Constitución, la actual, la que rige AHORA y que todos estamos
obligados a cumplir y respetar, dice bien clarito que tenemos derecho
a dirigirnos a cualquier instancia de gobierno y a recibir la
respuesta adecuada. ¡Vamos a ver qué me dicen!

Desde Regla,
Tierra bendita de Yemayá, cuna bravía de los abacuá
Agosto 1º de 2014

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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.

Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com