LOS ANARQUISTAS
Por Jorge C. Oliva Espinosa
Los anarquistas han acumulado desde siempre una mala fama. La cosa
comenzó cuando Marx hizo expulsar a Bakunin de la Internacional y
excomulgó a sus seguidores; hasta ese momento, Bakunin era un
comunista más. Desde entonces, el adjetivo anarquista sirvió para
designar al enemigo de todo poder; alguien pernicioso, a quien se
debía temer. Proudhon, en 1840, fue el primero en llamarse anarquista
en un sentido positivo. Más tarde Kropotkin y Malatesta, dentro del
anarquismo, desarrollaron el "Comunismo Libertario" en oposición al
centralismo estatista defendido por la corriente marxista.
Evidentemente, Marx tenía a los anarquistas como peligrosos
contendientes, a los que debía combatir. En ese contexto, respondió
airado con su "Miseria de la Filosofía" (1845), a la obra de Proudhon
titulada "Filosofía de la Miseria" (1844). Los anarquistas propugnaban
la abolición del Estado, en ese punto coincidían con los comunistas;
pero no aceptaban la dictadura del proletariado como etapa de tránsito
para alcanzar una sociedad sin clases. Ellos tenían un proyecto más
expedito, a más corto plazo. Como abogaban por la desaparición de todo
poder, se entendió que Anarquía era sinónimo de desorden y caos. "¿Se
imaginan un país sin gobernantes? En ausencia de una autoridad,
reinaría el desorden y el caos; sería la debacle, la catástrofe; la
vida se volvería imposible en una sociedad donde cada cual hiciese su
voluntad. Sobrevendría, en resumen, la anarquía." Este pensamiento se
acuñó como verdad aceptada por todos y anarquía fue equivalente a
desorden.
Si el hombre aprendiera a vivir sin necesitar de alguien que lo
gobernara, a los que ejercen el gobierno les esperaría el desempleo.
Por ello, los gobernantes coinciden con los marxistas en su condena al
anarquismo. Así, los anarquistas han tenido en su contra a los
poseedores y a los desposeídos; a los que detentan el poder y a los
que luchan por alcanzarlo. Esta alianza de enemigos tan opuestos, fue
suficiente para sepultar al anarquismo bajo una capa de descrédito. En
eso llegó Stalin y por su ambición de conservar el poder, metió en el
mismo saco a leninistas, trotskistas, anarquistas y a todos los que se
le opusieran. En la guerra civil española, los anarquistas cargaron
con la culpa de la derrota. En cada lugar, como se oponían al Estado y
el Estado era la representación de la patria, los marcaron como
antipatriotas. Pero en este mundo revuelto, ha llegado la hora de
hacerle justicia a la anarquía y a los anarquistas.
Para empezar, Bakunin suponía que el individuo alcanzaría el necesario
desarrollo de su conciencia social, para no necesitar de gobierno.
Cada uno sabría lo que debía y lo que no debía hacer dentro de una
sociedad regida por la equidad y la justicia; dentro de esa sociedad
idílica todo sería armonía. En esto, se le pudiera señalar un exceso
de idealismo, si no creyéramos en la capacidad de superación del
hombre. Quizás con Bakunin y su doctrina, haya que hacer lo que Marx
hizo con Hegel y su dialéctica idealista: voltearlo, porque está de
cabeza y ponerlo al derecho. Así debería entenderse que Anarquía no es
la ausencia de gobierno, sino un sistema donde todos sean gobernantes;
donde el conglomerado social no delega las funciones de gobierno en un
grupo especializado, sino que otorga a cada ciudadano el derecho a
gobernar. Es decir, un sistema donde todos seamos gobernantes y, como
tales, participemos en las decisiones de gobierno. Si es así, quisiera
ser el primer cubano en declararse anarquista.
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía.
Agosto 13 de 2013
--
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
lunes, 12 de agosto de 2013
sábado, 10 de agosto de 2013
UN LIBRO DE NEWTON BRIONES
UN LIBRO DE NEWTON BRIONES
Por Jorge C. Oliva Espinosa
Gracias a la gentileza de su autor, Newton Briones Montoto, acabo de
leer un libro que, como Cuba, es pequeño en extensión pero grande en
su contenido. Ochenta y ocho páginas de texto bastan para descubrir,
ante los ojos asombrados del lector, procederes tortuosos contra
actitudes de rectitud y fidelidad inquebrantable a principios. Se
trata de "Una hija reivindica a su padre (Entrevista a Rita Vilar)",
testimonio conmovedor de un hombre que se aferró a sus ideales sin
importarle el precio que tuvo que pagar por mantenerlos. Un
revolucionario que enfrentó con su honestidad a toda la bajeza
concebible.
Sorprendentemente, Rita Vilar, para reivindicar a su padre, no se
ocupa de condenar a los que pretendieron destruirlo. No hace falta, la
vida misma de César Vilar es su mejor defensa y Rita, sabiéndolo,
acude a ella. Tampoco es necesario acusar a sus victimarios, la
Historia ha sido su fiscal severo. No obstante, al relatar las
vicisitudes que arrostró con valentía aquel luchador inclaudicable,
nos revela la perfidia y el ensañamiento de que hicieron gala los
tempranos representantes del estalinismo en Cuba.
Rita Vilar y su padre César fueron víctimas de los que entendían la
disciplina partidista como la aceptación de un credo absoluto y
dogmático, que les impedía analizar los problemas nacionales; los que
eran incapaces de valorar las situaciones y hechos más inmediatos del
acontecer cubano. Ellos habían renunciado a pensar y se limitaban a
repetir el criterio de una cúpula, llámese esta Comité Central o
Kremlin. Cualquiera que se apartara de lo dictado por esa élite del
poder totalitario, era excomulgado, declarado enemigo y decretada su
destrucción por cualquier medio. Stalin llevó el crimen político a sus
formas más brutales y a la vez refinadas. No se limitó a dar muerte a
seres vivientes, primero los destruía en vida, enlodaba su memoria y
extendía la condena a sus familiares. Sus seguidores del patio
imitaban el ejemplo del ídolo. En el caso de César Vilar, en 1953, se
encontraron con un verdadero revolucionario que no estaba dispuesto a
declamar su mea culpa a cambio del perdón. Él no suscribió el voto de
condena al asalto del Moncada, por el contrario, comprendió la
significación de aquel hecho. La furia de los enemigos del pensar
independiente, lo alcanzó, al igual que a su esposa y a sus hijos, no
importaba que uno de ellos hubiera caído heroicamente, combatiendo en
el Ejército Soviético durante la Segunda Guerra Mundial. A Rita, como
a su padre, la expulsaron del Partido, pero con ella fueron más lejos
y persistieron en el acoso al pasar de los años: no le permitieron
ejercer la docencia, la despidieron de su trabajo en una editora y por
último "la depuraron" de las filas del estudiantado, cuando cursaba el
segundo año de Ingeniería Civil. Fiel hija de su padre, esta mujer
ejemplar no se dejó aplastar y se refugió en el trabajo agrícola como
único medio de subsistencia. Y todo esto sucedió en tiempos tan
recientes como 1965; cuando, disfrutando del poder conquistado por las
armas que ellos se negaron a empuñar, los viejos camaradas perseguían
con igual saña a sus antiguos enemigos y a otros de nueva acuñación.
Pero, ¡oh vida, cuántas lecciones nos das! Cada día aprendemos y
descubrimos una nueva verdad. En el libro de Newton, encontré que
quien demandó con más furia la depuración de Rita Vilar, fue el
Director de un Instituto Politécnico Militar a quien tuve la desgracia
de conocer. Fue el mismo sujeto, que más tarde nombraron Decano de la
Facultad de Tecnología de nuestra Universidad. Allí lo sufrimos y allí
quedó al descubierto su calidad de farsante e impostor. Sobre este
maleante, escribí el año pasado una crónica titulada "Malanga" (1),
apodo que se ganó en la CUJAE.
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía.
Agosto 12 de 2013, a 80 años del derrocamiento de Machado.
(1) Ver la crónica "Malanga", colgada en mi blog el 31de octubre de 2012
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
Por Jorge C. Oliva Espinosa
Gracias a la gentileza de su autor, Newton Briones Montoto, acabo de
leer un libro que, como Cuba, es pequeño en extensión pero grande en
su contenido. Ochenta y ocho páginas de texto bastan para descubrir,
ante los ojos asombrados del lector, procederes tortuosos contra
actitudes de rectitud y fidelidad inquebrantable a principios. Se
trata de "Una hija reivindica a su padre (Entrevista a Rita Vilar)",
testimonio conmovedor de un hombre que se aferró a sus ideales sin
importarle el precio que tuvo que pagar por mantenerlos. Un
revolucionario que enfrentó con su honestidad a toda la bajeza
concebible.
Sorprendentemente, Rita Vilar, para reivindicar a su padre, no se
ocupa de condenar a los que pretendieron destruirlo. No hace falta, la
vida misma de César Vilar es su mejor defensa y Rita, sabiéndolo,
acude a ella. Tampoco es necesario acusar a sus victimarios, la
Historia ha sido su fiscal severo. No obstante, al relatar las
vicisitudes que arrostró con valentía aquel luchador inclaudicable,
nos revela la perfidia y el ensañamiento de que hicieron gala los
tempranos representantes del estalinismo en Cuba.
Rita Vilar y su padre César fueron víctimas de los que entendían la
disciplina partidista como la aceptación de un credo absoluto y
dogmático, que les impedía analizar los problemas nacionales; los que
eran incapaces de valorar las situaciones y hechos más inmediatos del
acontecer cubano. Ellos habían renunciado a pensar y se limitaban a
repetir el criterio de una cúpula, llámese esta Comité Central o
Kremlin. Cualquiera que se apartara de lo dictado por esa élite del
poder totalitario, era excomulgado, declarado enemigo y decretada su
destrucción por cualquier medio. Stalin llevó el crimen político a sus
formas más brutales y a la vez refinadas. No se limitó a dar muerte a
seres vivientes, primero los destruía en vida, enlodaba su memoria y
extendía la condena a sus familiares. Sus seguidores del patio
imitaban el ejemplo del ídolo. En el caso de César Vilar, en 1953, se
encontraron con un verdadero revolucionario que no estaba dispuesto a
declamar su mea culpa a cambio del perdón. Él no suscribió el voto de
condena al asalto del Moncada, por el contrario, comprendió la
significación de aquel hecho. La furia de los enemigos del pensar
independiente, lo alcanzó, al igual que a su esposa y a sus hijos, no
importaba que uno de ellos hubiera caído heroicamente, combatiendo en
el Ejército Soviético durante la Segunda Guerra Mundial. A Rita, como
a su padre, la expulsaron del Partido, pero con ella fueron más lejos
y persistieron en el acoso al pasar de los años: no le permitieron
ejercer la docencia, la despidieron de su trabajo en una editora y por
último "la depuraron" de las filas del estudiantado, cuando cursaba el
segundo año de Ingeniería Civil. Fiel hija de su padre, esta mujer
ejemplar no se dejó aplastar y se refugió en el trabajo agrícola como
único medio de subsistencia. Y todo esto sucedió en tiempos tan
recientes como 1965; cuando, disfrutando del poder conquistado por las
armas que ellos se negaron a empuñar, los viejos camaradas perseguían
con igual saña a sus antiguos enemigos y a otros de nueva acuñación.
Pero, ¡oh vida, cuántas lecciones nos das! Cada día aprendemos y
descubrimos una nueva verdad. En el libro de Newton, encontré que
quien demandó con más furia la depuración de Rita Vilar, fue el
Director de un Instituto Politécnico Militar a quien tuve la desgracia
de conocer. Fue el mismo sujeto, que más tarde nombraron Decano de la
Facultad de Tecnología de nuestra Universidad. Allí lo sufrimos y allí
quedó al descubierto su calidad de farsante e impostor. Sobre este
maleante, escribí el año pasado una crónica titulada "Malanga" (1),
apodo que se ganó en la CUJAE.
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía.
Agosto 12 de 2013, a 80 años del derrocamiento de Machado.
(1) Ver la crónica "Malanga", colgada en mi blog el 31de octubre de 2012
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
jueves, 8 de agosto de 2013
ENVIO POR FERIADOS
ENVIO POR FERIADOS
Por Jorge C. Oliva Espinosa
Estimados consumidores:
La entrega del producto adicional (micro cuentos) planificada para los
días feriados, se vio afectada por falta de transporte. Este centro
distribuidor no contó con el tiempo de conexión necesario y por ello
no pudimos hacerles llegar la cuota asignada. Gracias a la solidaridad
de nuestros amigos, el servicio quedó restablecido. En compensación va
un nanocuento adicional. En este caso, están recibiendo el extra por
el retraso. Algo así como "el pollo por pescado".
MONÓLOGO DE SÍSIFO
¡Son unos verdaderos estúpidos! ¡Mira que creer que yo cargo una
enorme roca, una y otra vez, para después, en la cumbre, dejarla
despeñar y comenzar a subirla de nuevo!... Ellos no sa¬ben, no pueden
saberlo, que cada vez es una piedra distinta y que arrojo las más
pequeñas, para así acumular en la cima las piedras mayores de todo el
Hélade. ¡Deja que sigan creyéndose, que éste es mi tormento! Cuando
comiencen a construir el Acrópolis ese y todos los templos que dicen
que van a hacer, y las piedras suban de precio, ya voy a ver yo, de
dónde van a sacar piedras grandes. ¡Todas, TODAS VAN A SER MÍAS! ¡¡DEL
GRAN SÍSIFO, EL MAYOR POSEEDOR DE PIEDRAS GRANDES DEL PELOPONESO!!
ANTECEDENTE
"...Y después que estuvo lloviendo cuarenta días con sus noches,
al fin, dejó de hacerlo. Noé todavía esperó que las aguas bajasen y el
Arca se mecía sobre aquel mar inmenso muy cerca del Ararat. El sabio
varón después de algunos días, queriendo saber si ya había tierra
donde afirmar los pies, despachó al cuervo, que no volvió..."
Lo había seleccionado para la misión teniendo en cuenta una serie de
factores: era fuerte, su color negro le permitiría burlar un eventual
peligro y, sobre todo, siempre andaba detrás del hombre, y hasta había
aprendido a imitar la voz humana. Argumen¬tos que le valieron para ser
elegido en detrimento de otras aves, que también aspiraban al viaje.
De esta forma, al no regresar de la encomienda, el Cuervo fue el
primer emigrado que, enviado al exterior, decidió permanecer allá en
calidad de exiliado. Noé nunca lo supo (porque en aquel entonces no
había medios de difusión masiva), pero el negro pajarraco no se cansó
de hablar negruras sobre su miserable vida de encierro en el Arca y la
falta de libertad y de otras cosillas elementales necesarias para
vivir, olvidándose por supuesto, ingratamente, de que aquel hombre y
aquella nave, le habían salvado la vida, conservándole para la
posteridad como especie.
LA FUGA
Se sintió preso. La realidad, como enorme jaula, le cercaba. Pero su
vocación de fugitivo pudo más. Tejió una escala con sus sueños y
escapó.
Desde Regla de mis amores,
Agosto 8 de 2013
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
Por Jorge C. Oliva Espinosa
Estimados consumidores:
La entrega del producto adicional (micro cuentos) planificada para los
días feriados, se vio afectada por falta de transporte. Este centro
distribuidor no contó con el tiempo de conexión necesario y por ello
no pudimos hacerles llegar la cuota asignada. Gracias a la solidaridad
de nuestros amigos, el servicio quedó restablecido. En compensación va
un nanocuento adicional. En este caso, están recibiendo el extra por
el retraso. Algo así como "el pollo por pescado".
MONÓLOGO DE SÍSIFO
¡Son unos verdaderos estúpidos! ¡Mira que creer que yo cargo una
enorme roca, una y otra vez, para después, en la cumbre, dejarla
despeñar y comenzar a subirla de nuevo!... Ellos no sa¬ben, no pueden
saberlo, que cada vez es una piedra distinta y que arrojo las más
pequeñas, para así acumular en la cima las piedras mayores de todo el
Hélade. ¡Deja que sigan creyéndose, que éste es mi tormento! Cuando
comiencen a construir el Acrópolis ese y todos los templos que dicen
que van a hacer, y las piedras suban de precio, ya voy a ver yo, de
dónde van a sacar piedras grandes. ¡Todas, TODAS VAN A SER MÍAS! ¡¡DEL
GRAN SÍSIFO, EL MAYOR POSEEDOR DE PIEDRAS GRANDES DEL PELOPONESO!!
ANTECEDENTE
"...Y después que estuvo lloviendo cuarenta días con sus noches,
al fin, dejó de hacerlo. Noé todavía esperó que las aguas bajasen y el
Arca se mecía sobre aquel mar inmenso muy cerca del Ararat. El sabio
varón después de algunos días, queriendo saber si ya había tierra
donde afirmar los pies, despachó al cuervo, que no volvió..."
Lo había seleccionado para la misión teniendo en cuenta una serie de
factores: era fuerte, su color negro le permitiría burlar un eventual
peligro y, sobre todo, siempre andaba detrás del hombre, y hasta había
aprendido a imitar la voz humana. Argumen¬tos que le valieron para ser
elegido en detrimento de otras aves, que también aspiraban al viaje.
De esta forma, al no regresar de la encomienda, el Cuervo fue el
primer emigrado que, enviado al exterior, decidió permanecer allá en
calidad de exiliado. Noé nunca lo supo (porque en aquel entonces no
había medios de difusión masiva), pero el negro pajarraco no se cansó
de hablar negruras sobre su miserable vida de encierro en el Arca y la
falta de libertad y de otras cosillas elementales necesarias para
vivir, olvidándose por supuesto, ingratamente, de que aquel hombre y
aquella nave, le habían salvado la vida, conservándole para la
posteridad como especie.
LA FUGA
Se sintió preso. La realidad, como enorme jaula, le cercaba. Pero su
vocación de fugitivo pudo más. Tejió una escala con sus sueños y
escapó.
Desde Regla de mis amores,
Agosto 8 de 2013
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miércoles, 7 de agosto de 2013
OLVIDAR
OLVIDAR
Por Jorge C. Oliva Espinosa
El olvido puede convertirse en un factor peligroso. Es muy lindo
olvidar agravios, pero la memoria debe ser entonces selectiva. Si
generalizáramos, caeríamos en la ingratitud, al también olvidar el
bien que otros nos han hecho. Parafraseando a Hamlet podemos decir:
"Olvidar o no olvidar, he ahí el dilema". Olvidar, por ejemplo, los
errores cometidos, nos abre la posibilidad de volver a caer en ellos.
Por eso, hoy voy a divagar sobre el recordar y el olvidar.
En uno de sus primeros escritos, publicado después del triunfo, Che
calificaba de "Pecado de la Revolución" (1), el no "haberle dicho
ladrón al ladrón" y olvidar, en nombre de "una unidad que no estaba
totalmente comprendida", que era imposible unir a revolucionarios con
politiqueros y corrompidos del pasado. Un poco después, se me pidió
olvidar "otros pecadillos", en nombre de esa unidad y obedecí, porque
la indisciplina era uno de mis mayores defectos y sentía el deber de
enmendarme. Me obligaron así a repetir aquel pecado original y esto
nos costó muy caro a muchos de nosotros, los revoltosos, los díscolos,
los indisciplinados. No tardaron los bañados en las aguas de un Jordán
de olvidos, en mostrarnos su verdadera identidad. Empoderados, como se
dice ahora, la emprendieron con furia contra los que se habían
despojado de la memoria y los recibían con brazos abiertos. Con un
proceder sectario, excluyente, nos hicieron recordar de nuevo y
percatarnos de que aquella unidad era imposible, porque ellos la
hacían tan imposible como unir el aceite y el vinagre. Al devolvernos
la memoria, nos hicieron un favor. Lo agradecí y me prometí no volver
a caer en ese pecado de olvido, en "el pecado original", como lo
nombró el siempre presente Che. La memoria sería útil, nos ayudaría a
no repetir errores. Algunos de aquellos inquisidores están hoy en
Miami. Ahora, a los que aún permanecen aquí, les es fácil llamarme
"resentido", "lastrado por el rencor", etc. Ellos siguen haciendo
daño, yo continúo la marcha de mi Revolución en su transformación
permanente; lucha inacabable por lograr la mayor aproximación a la
utopía inalcanzable. En ese camino, la memoria nos ayuda. La
experiencia nos enseñó lo peligroso que es olvidar.
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía.
Agosto 7 de 2013
(1) Guevara, Ernesto Che; "Un Pecado de la Revolución", en "Escritos y
Discursos", en nueve tomos; La Habana, 1972, Ediciones Políticas,
Editorial de Ciencias Sociales. Tomo 2, páginas 288-289
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
Por Jorge C. Oliva Espinosa
El olvido puede convertirse en un factor peligroso. Es muy lindo
olvidar agravios, pero la memoria debe ser entonces selectiva. Si
generalizáramos, caeríamos en la ingratitud, al también olvidar el
bien que otros nos han hecho. Parafraseando a Hamlet podemos decir:
"Olvidar o no olvidar, he ahí el dilema". Olvidar, por ejemplo, los
errores cometidos, nos abre la posibilidad de volver a caer en ellos.
Por eso, hoy voy a divagar sobre el recordar y el olvidar.
En uno de sus primeros escritos, publicado después del triunfo, Che
calificaba de "Pecado de la Revolución" (1), el no "haberle dicho
ladrón al ladrón" y olvidar, en nombre de "una unidad que no estaba
totalmente comprendida", que era imposible unir a revolucionarios con
politiqueros y corrompidos del pasado. Un poco después, se me pidió
olvidar "otros pecadillos", en nombre de esa unidad y obedecí, porque
la indisciplina era uno de mis mayores defectos y sentía el deber de
enmendarme. Me obligaron así a repetir aquel pecado original y esto
nos costó muy caro a muchos de nosotros, los revoltosos, los díscolos,
los indisciplinados. No tardaron los bañados en las aguas de un Jordán
de olvidos, en mostrarnos su verdadera identidad. Empoderados, como se
dice ahora, la emprendieron con furia contra los que se habían
despojado de la memoria y los recibían con brazos abiertos. Con un
proceder sectario, excluyente, nos hicieron recordar de nuevo y
percatarnos de que aquella unidad era imposible, porque ellos la
hacían tan imposible como unir el aceite y el vinagre. Al devolvernos
la memoria, nos hicieron un favor. Lo agradecí y me prometí no volver
a caer en ese pecado de olvido, en "el pecado original", como lo
nombró el siempre presente Che. La memoria sería útil, nos ayudaría a
no repetir errores. Algunos de aquellos inquisidores están hoy en
Miami. Ahora, a los que aún permanecen aquí, les es fácil llamarme
"resentido", "lastrado por el rencor", etc. Ellos siguen haciendo
daño, yo continúo la marcha de mi Revolución en su transformación
permanente; lucha inacabable por lograr la mayor aproximación a la
utopía inalcanzable. En ese camino, la memoria nos ayuda. La
experiencia nos enseñó lo peligroso que es olvidar.
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía.
Agosto 7 de 2013
(1) Guevara, Ernesto Che; "Un Pecado de la Revolución", en "Escritos y
Discursos", en nueve tomos; La Habana, 1972, Ediciones Políticas,
Editorial de Ciencias Sociales. Tomo 2, páginas 288-289
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debo.
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http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
martes, 6 de agosto de 2013
UN CAPITALISTA ASTUTO
UN CAPITALISTA ASTUTO
Jorge C. Oliva Espinosa
Tuve oportunidad de conocerlo cuando, en mi obligado peregrinar por
toda la isla, a mediados de 1957 llegué al poblado de El Cotorro y
comencé a trabajar en las obras de la Antillana de Acero. Entonces él
era el Presidente y principal accionista de la "Antillian Steel
Cómpany", subsidiaria de un gran consorcio metalúrgico
norteamericano; aquella sociedad anónima agrupaba a los principales
ferreteros del país y llevaba a cabo la inversión en la que sería la
mayor fábrica de cabillas de Cuba. Era un hombre muy hábil, su
comportamiento era peculiar y obtuvo del mismo un magnífico resultado,
como verán en este fragmento de mis memorias.
Conduciendo un flamante "Buick, modelo Sabre" del último año, llegaba
muy temprano cada mañana. Parqueaba su carro dentro de la vieja
fabriquita "Cabillas Cubanas", de la que aparecía como dueño, allí
cambiaba su inmaculado dril cien o su fina guayabera de hilo por una
deteriorada camisita y tripulando un "jeep" desvencijado se dirigía a
inspeccionar las obras, distantes unos dos kilómetros. Al llegar, sus
paradas eran continuas. Se detenía para saludar a cada obrero,
inquiría sobre sus problemas y hasta le daba consejos a algunos; a
todos conocía por su nombre y por sus nombres les trataba, pues tenía
una memoria de archivo, se mostraba afable, cordial y cercano. A este
le preguntaba si la mujer ya había parido, al otro si se había
aliviado del dolor de muelas y a un tercero sobre el estado de salud
de su anciana madre. A todos escuchaba y atendía sonriente cualquier
petición que le hacían. Tenía establecida una especie de "casa de
préstamos" de la cual, sin intereses, podía beneficiarse cualquiera de
"sus trabajadores" que le pidiera un anticipo. Atendía con solicitud
la petición, sacaba entonces de su bolsillo una de sus finas tarjetas
de presentación y escribía en ella una nota a su Jefe de Personal,
ordenando le diera "al amigo fulano" un anticipo sobre sus jornales, a
descontarle en tales y tales términos. Como resultado de esta técnica
y debido a los bajos ingresos de sus beneficiados, una gran cantidad
de trabajadores le debían favores y dinero de sus futuros salarios.
Con esta labor demagógica, con su fachada de buena gente, lograba que
todos se sintieran agradecidos y fueran sus fieles admiradores. Cuando
le era necesario despedir a un trabajador, él jamás aparecía como el
responsable; la función de ejecutor se la dejaba a su Jefe de Personal
y allá iba, suplicante, el despedido a contarle su desamparo al dueño
"amigo". Entonces, aquel empresario bicho, consolaba al desdichado y
le explicaba que él no podía quitarle la fuerza moral a su empleado,
pero que sí podía recomendarlo para que consiguiera otro trabajo; acto
seguido le extendía una de sus tarjeticas, dirigidas a "quien pueda
interesar", donde escribía que el despedido era un magnífico
trabajador. Era todo él una mezcla de Tartufo y Maquiavelo. Cuando
terminaba su recorrido por toda la obra, volvía a donde había dejado
su automóvil y allí cambiaba otra vez de aspecto y personalidad. En la
obra se pagaba semanalmente los viernes. Y ese día, nuestro
capitalista inteligente sabía que sus empleados de oficina, una vez
concluida la jornada, iban a jugarse unas cervezas al "Bar de la
Gallega". Allí se aparecía él, como por casualidad, ya con su atuendo
de persona acaudalada; se arrimaba al otro extremo de la barra y pedía
una cajetilla de cigarros americanos. Al marcharse, dejaba paga una
ronda a los jugadores de cubilete.
Con este proceder ganó adeptos en la masa y cuando fue intervenida su
empresa por el gobierno revolucionario, los trabajadores reaccionaron
contra la intervención. No entendían "cómo podían hacerle eso al
pobrecito, si era tan bueno y además era un cubano." No fue fácil
convencer a la masa confundida, ni sencilla la labor encomendada al
Interventor. Me consta que ambas fueron arduas tareas.
Varias décadas después y tras múltiples ampliaciones, "Antillana de
Acero" era una enorme empresa estatal llamada "José Martí", aunque
todos seguían nombrándola con su primitivo nombre. Me contaban algunos
trabajadores que habían tenido a "un compañero Director" al que
nombraron "El Fantasma", pues nadie pudo jamás verlo de cerca ni
hablar con él. El dirigente llegaba en su automóvil, descendía del
mismo y entraba a su oficina. Cuando salía de la misma, con igual
celeridad, era para abordar el vehículo y marcharse. Entonces recordé
el actuar de aquel empresario capitalista y pensé cuánto bien hubiera
hecho "nuestro" funcionario si se hubiera comportado como un legítimo
representante del poder de los productores y hubiera sido con ellos,
tan cercano como falsamente se mostraba el antiguo dueño.
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía
Agosto 6 de 2013
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
Jorge C. Oliva Espinosa
Tuve oportunidad de conocerlo cuando, en mi obligado peregrinar por
toda la isla, a mediados de 1957 llegué al poblado de El Cotorro y
comencé a trabajar en las obras de la Antillana de Acero. Entonces él
era el Presidente y principal accionista de la "Antillian Steel
Cómpany", subsidiaria de un gran consorcio metalúrgico
norteamericano; aquella sociedad anónima agrupaba a los principales
ferreteros del país y llevaba a cabo la inversión en la que sería la
mayor fábrica de cabillas de Cuba. Era un hombre muy hábil, su
comportamiento era peculiar y obtuvo del mismo un magnífico resultado,
como verán en este fragmento de mis memorias.
Conduciendo un flamante "Buick, modelo Sabre" del último año, llegaba
muy temprano cada mañana. Parqueaba su carro dentro de la vieja
fabriquita "Cabillas Cubanas", de la que aparecía como dueño, allí
cambiaba su inmaculado dril cien o su fina guayabera de hilo por una
deteriorada camisita y tripulando un "jeep" desvencijado se dirigía a
inspeccionar las obras, distantes unos dos kilómetros. Al llegar, sus
paradas eran continuas. Se detenía para saludar a cada obrero,
inquiría sobre sus problemas y hasta le daba consejos a algunos; a
todos conocía por su nombre y por sus nombres les trataba, pues tenía
una memoria de archivo, se mostraba afable, cordial y cercano. A este
le preguntaba si la mujer ya había parido, al otro si se había
aliviado del dolor de muelas y a un tercero sobre el estado de salud
de su anciana madre. A todos escuchaba y atendía sonriente cualquier
petición que le hacían. Tenía establecida una especie de "casa de
préstamos" de la cual, sin intereses, podía beneficiarse cualquiera de
"sus trabajadores" que le pidiera un anticipo. Atendía con solicitud
la petición, sacaba entonces de su bolsillo una de sus finas tarjetas
de presentación y escribía en ella una nota a su Jefe de Personal,
ordenando le diera "al amigo fulano" un anticipo sobre sus jornales, a
descontarle en tales y tales términos. Como resultado de esta técnica
y debido a los bajos ingresos de sus beneficiados, una gran cantidad
de trabajadores le debían favores y dinero de sus futuros salarios.
Con esta labor demagógica, con su fachada de buena gente, lograba que
todos se sintieran agradecidos y fueran sus fieles admiradores. Cuando
le era necesario despedir a un trabajador, él jamás aparecía como el
responsable; la función de ejecutor se la dejaba a su Jefe de Personal
y allá iba, suplicante, el despedido a contarle su desamparo al dueño
"amigo". Entonces, aquel empresario bicho, consolaba al desdichado y
le explicaba que él no podía quitarle la fuerza moral a su empleado,
pero que sí podía recomendarlo para que consiguiera otro trabajo; acto
seguido le extendía una de sus tarjeticas, dirigidas a "quien pueda
interesar", donde escribía que el despedido era un magnífico
trabajador. Era todo él una mezcla de Tartufo y Maquiavelo. Cuando
terminaba su recorrido por toda la obra, volvía a donde había dejado
su automóvil y allí cambiaba otra vez de aspecto y personalidad. En la
obra se pagaba semanalmente los viernes. Y ese día, nuestro
capitalista inteligente sabía que sus empleados de oficina, una vez
concluida la jornada, iban a jugarse unas cervezas al "Bar de la
Gallega". Allí se aparecía él, como por casualidad, ya con su atuendo
de persona acaudalada; se arrimaba al otro extremo de la barra y pedía
una cajetilla de cigarros americanos. Al marcharse, dejaba paga una
ronda a los jugadores de cubilete.
Con este proceder ganó adeptos en la masa y cuando fue intervenida su
empresa por el gobierno revolucionario, los trabajadores reaccionaron
contra la intervención. No entendían "cómo podían hacerle eso al
pobrecito, si era tan bueno y además era un cubano." No fue fácil
convencer a la masa confundida, ni sencilla la labor encomendada al
Interventor. Me consta que ambas fueron arduas tareas.
Varias décadas después y tras múltiples ampliaciones, "Antillana de
Acero" era una enorme empresa estatal llamada "José Martí", aunque
todos seguían nombrándola con su primitivo nombre. Me contaban algunos
trabajadores que habían tenido a "un compañero Director" al que
nombraron "El Fantasma", pues nadie pudo jamás verlo de cerca ni
hablar con él. El dirigente llegaba en su automóvil, descendía del
mismo y entraba a su oficina. Cuando salía de la misma, con igual
celeridad, era para abordar el vehículo y marcharse. Entonces recordé
el actuar de aquel empresario capitalista y pensé cuánto bien hubiera
hecho "nuestro" funcionario si se hubiera comportado como un legítimo
representante del poder de los productores y hubiera sido con ellos,
tan cercano como falsamente se mostraba el antiguo dueño.
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía
Agosto 6 de 2013
--
________________________________________________________________
De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
lunes, 5 de agosto de 2013
TRES HEROES
TRES HÉROES
Por Jorge C. Oliva Espinosa
"Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en
sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza
terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es
robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de
hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son
sagrados. Estos tres hombres son sagrados:" Así escribía Martí en su
artículo "Tres Héroes". El gigante maestro se refería a Bolívar,
Hidalgo y San Martín. Yo tomo el título de aquel trabajo de "La Edad
de Oro" para hablar de tres modestos héroes cubanos; los tres pelearon
por nuestro decoro en la última gesta, la culminada en victoria un
glorioso amanecer de enero; solo uno de ellos pudo contemplar aquella
alborada, los tres vinieron en el Granma y el que sobrevivió acaba de
fallecer. Ellos son: Carlos Israel Cabrera (Cabrerita), Antonio (Ñico)
López y Calixto Morales. En distintos momentos y circunstancias, la
vida me dio la suerte de tratarlos y compartir con ellos luchas,
afanes y sueños comunes. Hoy los evoco con la misma reverencia con que
Martí calificó de sagrados a tres héroes de nuestra Gran Patria
Americana. Por martianos y porque lucharon por rescatar la libertad
que nos había robado un tirano, estos tres cubanos son también hombres
sagrados.
"Cabrerita"
A raíz de la muerte de Chibás y ante al golpe del 10 de marzo, las
huestes de su Partido se dividieron. Prevalecieron dos tendencias
encontradas: una aceptaba la convocatoria a elecciones, librada por
los usurpadores para 1954 y representaba a la fracción electoralista,
la otra a la abstencionista. Debido a ello, en el barrio de La Punta,
existían dos Liceos Ortodoxos, el de la calle Prado y el de la calle
Consulado. Este último a dos puertas del número 20, casa que habité
desde niño hasta que ya adolescente la abandoné. Fue en ese Liceo de
la ortodoxia donde una noche conocí a Carlos Israel Cabrera
(Cabrerita). Con él compartí ideas, análisis de la situación política
que se vivía, poemas y batidos en la "caficola" del doblar, por
Refugios, al lado de donde vivía Gerardo Abreu. Cabrerita tenía
domicilio en lo que hoy es Centro Habana, de allá lo trajo a nuestro
barrio, su amigo más cercano, Miguel Pedraza. Éramos un grupo de
jovencitos que nos asomábamos a la vida, con una gran carga de
idealismo y que habíamos comenzado a leer a Martí. Fue Cabrerita quien
me habló del otro Liceo, el de Prado y me dijo que allí se reunía
gente más dispuesta a la acción insurreccional, opción en que ya
habíamos probado decepciones y fracasos. Contactos y acercamientos a
distintos personajes, todos visitantes de aquellos locales, nos
hicieron abandonar nuestra visión maniquea. Tanto un Liceo como el
otro, era frecuentado por hombres valiosos, por farsantes, por
politiqueros y por alardosos que llamábamos "postalitas". Así
conocimos a un Marcos Bravo y a un Ñico López. A mediados de 1954 tuve
que mudarme de barrio y de provincia para conservar la salud, no fui
el único que se vio obligado a ello y el grupo se dispersó. Gerardo,
ya "Fontán", se sumergió en la clandestinidad, Mayito Gil se fue a
vivir con su novia, Juanito López se exilió en México y Cabrerita fue
a parar a Matanzas como maestro de una escuela primaria. En 1959,
volví a ver su rostro, ya por siempre juvenil, con aquella sonrisa
medio socarrona del que sorteó la pobreza, desafió el peligro y burló
la muerte. Me contemplaba desde las páginas de un álbum con las fotos
de los 82 expedicionarios del Granma. Había caído el 5 de diciembre de
1956, en el combate de Alegría de Pío.
Antonio (Ñico) López
Algunos se referían a él como "Ñico Siete Pisos", por lo alto que era.
Nosotros no, nuestro grupo lo escuchaba fascinado y lo tuvimos como
nuestro mentor y árbitro cuya justeza acatábamos. No era estudiante,
nos dijeron que era carnicero por allá por la Plaza de Marianao, pero
de Martí sabía más que todos los que por entonces nos la dábamos de
estudiosos martianos. Dirigió muchas veces nuestras tertulias en
Prado, de donde emigrábamos hasta el Parque de los Enamorados, para
continuarlas allí con apetencias de noctámbulos. En esas veladas
esclarecedoras, Ñico era la luz que nos guiaba. El 26 de julio de 1953
dirigió el asalto al cuartel de Bayamo, pudo escapar del cerco
asesino, sin ser fichado y con modestia sin par nos relató la causa
del fracaso. Más tarde emigró, volvió a bordo del Granma, sobrevivió a
la dispersión de Alegría de Pío y el día 8 de diciembre fue asesinado
en Boca del Toro.
Calixto Morales
Fue a fines de 1959 o principios del 60. La gran fábrica de cabillas
"Antillian Steel Co.", (Antillana de Acero) había sido intervenida por
el Gobierno Revolucionario. Como interventor fue nombrado el Capitán
del Ejército Rebelde Calixto Morales. Entonces lo conocí y tuve
oportunidad de trabajar como uno de sus colaboradores en aquella
tarea. La "Antillana", como ya se conocía, centro de trabajo para más
de quinientos hombres, era junto a la textilera "FACUTE" y la
cervecería "Modelo" una de las mayores fábricas de El Cotorro. El
movimiento sindical había sufrido la perniciosa labor de zapa de una
patronal astuta y de una dirección prejuiciada y claudicante. La lucha
de clases encendía los ánimos en un ambiente laboral ya caldeado por
las altas temperaturas del acero fundido y se hacía, a ratos,
violenta. Los que constituíamos el entonces llamado "Núcleo
Revolucionario" nos aprestamos a combatir y ganar para la revolución a
una masa confundida por la demagogia y el oportunismo. Así, cerramos
filas junto al interventor y apoyamos la labor que le habían
encomendado. Éramos un reducido grupo y teníamos en contra nuestra a
una gran mayoría de los obreros, a casi todos los empleados de oficina
y a la totalidad de sus dirigentes sindicales. Para hacer más difícil
la tarea, estaba el Presidente y principal accionista de la entidad
intervenida y su "personal de confianza", dedicados a una continua
labor quintacolumnista que iba desde la propagación de rumores hasta
el abierto acto de sabotaje. Eran tiempos de dedicación total y muchos
de nosotros vivíamos y dormíamos dentro de la fábrica. No hacíamos
otra cosa que seguir el ejemplo del Interventor que, en el despacho
del Presidente de aquella empresa privada, armó la cuna de su hijo y
situó allí su hogar.
Aquel oficial rebelde había sido maestro en su natal Camagüey y fue
otra vez maestro para muchos de nosotros. Fue uno de los 82
tripulantes del Granma, con una hernia discal integró la columna
invasora del Che y terminó la guerra en Las Villas, provincia de la
que fue Primer Jefe Militar. Su figura, con tintes legendarios,
imponía: barbas serranas, uniforme de campaña -por lo general viejo y
sudado-, pistola al cinto, dos granadas colgantes de su camisa y la
boina guerrillera donde brillaban las insignias de Capitán. Su voz, de
timbre ronco, trasmitía emoción y convencimiento, fe y entusiasmo.
Muchas veces se encendía su verbo con ropajes poéticos y Martí se
hacía presente en sus citas y respaldos. Lo oí esclarecer a los
trabajadores con el mensaje revolucionario de la verdad, rescatar a
los confundidos y desenmascarar a los enemigos encubiertos. Un día
presencié cómo protagonizaba una extraña escena: hablaba con alguien
por teléfono, su participación en el diálogo se limitaba a asentir y a
cortas afirmaciones donde repetía "Sí, comandante... Sí,
comandante... Sí, comandante...". Lo único que variaba era el tono,
cada vez más compungido. Al final lo convirtió en sollozo y contemplé
una lágrima bajar por sus curtidas mejillas. Luego supe que hablaba
con el Che y que éste lo reprendía. El episodio ilustra la dureza con
que el jefe guerrillero sabía llegar a lo más profundo y sensible de
sus hombres. Calixto Morales era un hombre del Che. Hace unos días se
publicó la noticia de su fallecimiento, ya octogenario pero siempre
combatiente, héroe nuestro, y por martiano, como Cabrerita y como
Ñico, hombre sagrado. En ellos, "va un pueblo entero, va la dignidad
humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados:"
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía
Agosto 4 de 2013
--
________________________________________________________________
De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
Por Jorge C. Oliva Espinosa
"Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en
sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza
terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es
robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de
hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son
sagrados. Estos tres hombres son sagrados:" Así escribía Martí en su
artículo "Tres Héroes". El gigante maestro se refería a Bolívar,
Hidalgo y San Martín. Yo tomo el título de aquel trabajo de "La Edad
de Oro" para hablar de tres modestos héroes cubanos; los tres pelearon
por nuestro decoro en la última gesta, la culminada en victoria un
glorioso amanecer de enero; solo uno de ellos pudo contemplar aquella
alborada, los tres vinieron en el Granma y el que sobrevivió acaba de
fallecer. Ellos son: Carlos Israel Cabrera (Cabrerita), Antonio (Ñico)
López y Calixto Morales. En distintos momentos y circunstancias, la
vida me dio la suerte de tratarlos y compartir con ellos luchas,
afanes y sueños comunes. Hoy los evoco con la misma reverencia con que
Martí calificó de sagrados a tres héroes de nuestra Gran Patria
Americana. Por martianos y porque lucharon por rescatar la libertad
que nos había robado un tirano, estos tres cubanos son también hombres
sagrados.
"Cabrerita"
A raíz de la muerte de Chibás y ante al golpe del 10 de marzo, las
huestes de su Partido se dividieron. Prevalecieron dos tendencias
encontradas: una aceptaba la convocatoria a elecciones, librada por
los usurpadores para 1954 y representaba a la fracción electoralista,
la otra a la abstencionista. Debido a ello, en el barrio de La Punta,
existían dos Liceos Ortodoxos, el de la calle Prado y el de la calle
Consulado. Este último a dos puertas del número 20, casa que habité
desde niño hasta que ya adolescente la abandoné. Fue en ese Liceo de
la ortodoxia donde una noche conocí a Carlos Israel Cabrera
(Cabrerita). Con él compartí ideas, análisis de la situación política
que se vivía, poemas y batidos en la "caficola" del doblar, por
Refugios, al lado de donde vivía Gerardo Abreu. Cabrerita tenía
domicilio en lo que hoy es Centro Habana, de allá lo trajo a nuestro
barrio, su amigo más cercano, Miguel Pedraza. Éramos un grupo de
jovencitos que nos asomábamos a la vida, con una gran carga de
idealismo y que habíamos comenzado a leer a Martí. Fue Cabrerita quien
me habló del otro Liceo, el de Prado y me dijo que allí se reunía
gente más dispuesta a la acción insurreccional, opción en que ya
habíamos probado decepciones y fracasos. Contactos y acercamientos a
distintos personajes, todos visitantes de aquellos locales, nos
hicieron abandonar nuestra visión maniquea. Tanto un Liceo como el
otro, era frecuentado por hombres valiosos, por farsantes, por
politiqueros y por alardosos que llamábamos "postalitas". Así
conocimos a un Marcos Bravo y a un Ñico López. A mediados de 1954 tuve
que mudarme de barrio y de provincia para conservar la salud, no fui
el único que se vio obligado a ello y el grupo se dispersó. Gerardo,
ya "Fontán", se sumergió en la clandestinidad, Mayito Gil se fue a
vivir con su novia, Juanito López se exilió en México y Cabrerita fue
a parar a Matanzas como maestro de una escuela primaria. En 1959,
volví a ver su rostro, ya por siempre juvenil, con aquella sonrisa
medio socarrona del que sorteó la pobreza, desafió el peligro y burló
la muerte. Me contemplaba desde las páginas de un álbum con las fotos
de los 82 expedicionarios del Granma. Había caído el 5 de diciembre de
1956, en el combate de Alegría de Pío.
Antonio (Ñico) López
Algunos se referían a él como "Ñico Siete Pisos", por lo alto que era.
Nosotros no, nuestro grupo lo escuchaba fascinado y lo tuvimos como
nuestro mentor y árbitro cuya justeza acatábamos. No era estudiante,
nos dijeron que era carnicero por allá por la Plaza de Marianao, pero
de Martí sabía más que todos los que por entonces nos la dábamos de
estudiosos martianos. Dirigió muchas veces nuestras tertulias en
Prado, de donde emigrábamos hasta el Parque de los Enamorados, para
continuarlas allí con apetencias de noctámbulos. En esas veladas
esclarecedoras, Ñico era la luz que nos guiaba. El 26 de julio de 1953
dirigió el asalto al cuartel de Bayamo, pudo escapar del cerco
asesino, sin ser fichado y con modestia sin par nos relató la causa
del fracaso. Más tarde emigró, volvió a bordo del Granma, sobrevivió a
la dispersión de Alegría de Pío y el día 8 de diciembre fue asesinado
en Boca del Toro.
Calixto Morales
Fue a fines de 1959 o principios del 60. La gran fábrica de cabillas
"Antillian Steel Co.", (Antillana de Acero) había sido intervenida por
el Gobierno Revolucionario. Como interventor fue nombrado el Capitán
del Ejército Rebelde Calixto Morales. Entonces lo conocí y tuve
oportunidad de trabajar como uno de sus colaboradores en aquella
tarea. La "Antillana", como ya se conocía, centro de trabajo para más
de quinientos hombres, era junto a la textilera "FACUTE" y la
cervecería "Modelo" una de las mayores fábricas de El Cotorro. El
movimiento sindical había sufrido la perniciosa labor de zapa de una
patronal astuta y de una dirección prejuiciada y claudicante. La lucha
de clases encendía los ánimos en un ambiente laboral ya caldeado por
las altas temperaturas del acero fundido y se hacía, a ratos,
violenta. Los que constituíamos el entonces llamado "Núcleo
Revolucionario" nos aprestamos a combatir y ganar para la revolución a
una masa confundida por la demagogia y el oportunismo. Así, cerramos
filas junto al interventor y apoyamos la labor que le habían
encomendado. Éramos un reducido grupo y teníamos en contra nuestra a
una gran mayoría de los obreros, a casi todos los empleados de oficina
y a la totalidad de sus dirigentes sindicales. Para hacer más difícil
la tarea, estaba el Presidente y principal accionista de la entidad
intervenida y su "personal de confianza", dedicados a una continua
labor quintacolumnista que iba desde la propagación de rumores hasta
el abierto acto de sabotaje. Eran tiempos de dedicación total y muchos
de nosotros vivíamos y dormíamos dentro de la fábrica. No hacíamos
otra cosa que seguir el ejemplo del Interventor que, en el despacho
del Presidente de aquella empresa privada, armó la cuna de su hijo y
situó allí su hogar.
Aquel oficial rebelde había sido maestro en su natal Camagüey y fue
otra vez maestro para muchos de nosotros. Fue uno de los 82
tripulantes del Granma, con una hernia discal integró la columna
invasora del Che y terminó la guerra en Las Villas, provincia de la
que fue Primer Jefe Militar. Su figura, con tintes legendarios,
imponía: barbas serranas, uniforme de campaña -por lo general viejo y
sudado-, pistola al cinto, dos granadas colgantes de su camisa y la
boina guerrillera donde brillaban las insignias de Capitán. Su voz, de
timbre ronco, trasmitía emoción y convencimiento, fe y entusiasmo.
Muchas veces se encendía su verbo con ropajes poéticos y Martí se
hacía presente en sus citas y respaldos. Lo oí esclarecer a los
trabajadores con el mensaje revolucionario de la verdad, rescatar a
los confundidos y desenmascarar a los enemigos encubiertos. Un día
presencié cómo protagonizaba una extraña escena: hablaba con alguien
por teléfono, su participación en el diálogo se limitaba a asentir y a
cortas afirmaciones donde repetía "Sí, comandante... Sí,
comandante... Sí, comandante...". Lo único que variaba era el tono,
cada vez más compungido. Al final lo convirtió en sollozo y contemplé
una lágrima bajar por sus curtidas mejillas. Luego supe que hablaba
con el Che y que éste lo reprendía. El episodio ilustra la dureza con
que el jefe guerrillero sabía llegar a lo más profundo y sensible de
sus hombres. Calixto Morales era un hombre del Che. Hace unos días se
publicó la noticia de su fallecimiento, ya octogenario pero siempre
combatiente, héroe nuestro, y por martiano, como Cabrerita y como
Ñico, hombre sagrado. En ellos, "va un pueblo entero, va la dignidad
humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados:"
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía
Agosto 4 de 2013
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
sábado, 3 de agosto de 2013
LOS MAL LLAMADOS
LOS MAL LLAMADOS
Por Jorge C. Oliva Espinosa
Fui criado y educado en la religión Católica, pero los mal llamados
católicos y sus ensotanados hicieron que me apartara de esa fe y en el
ejercicio del pensamiento propio me hice materialista. Demasiado
temprano, sorprendieron al niño que fui y destruyeron mi inocencia,
cuando un confesor me preguntó si "había hecho cositas con niñas"; lo
hizo cuando yo creía que lo único que se podía hacer con las niñas era
jugar a las casitas. Luego me preguntó si lo había hecho con otros
varones y le respondí que con ellos jugaba a los trompos y me fajaba.
Una década después, otro confesor llamó a la policía para entregarme
cuando, bajo el secreto de confesión, le revelé que creía haber matado
a un esbirro de Batista. Me salvé de puro milagro, pero no se salvó mi
confianza en aquellos mal llamados seguidores de Jesús. Ellos me
hicieron alejarme de la iglesia y de la religión.
Por esos años, años idos de mi juventud, supe de quienes se titulaban
comunistas y se oponían a la lucha armada que llevábamos a cabo.
Aducían que al tirano lo derrocaría una huelga general y no nuestra
acción, a la que calificaban de terrorista, aventurera y putchista. Yo
por entonces pintaba letreros subversivos con el número 26 y ellos los
tachaban con sus consignas. Me interesé en conocer quiénes eran estos
y supe que pertenecían a la J. S., siglas que significaban "Juventud
Socialista", la juventud de un Partido mal llamado "Socialista
Popular". Investigué sobre el tal partido y conocí su historia. Eran
los mismos que habían expulsado a Mella de sus filas, los que llamaron
a deponer la huelga que derrocaría a Machado, los que boicotearon al
gobierno de los cien días, los que "no entendieron" el
antimperialismo de Guiteras y cerraron filas con su asesino, los
mismos que pactaron con Batista en el 40 y en el 44, los que adoraron
a Browder y siguieron sus consignas. Cuando supe todo esto, me volví
anticomunista. Y la culpa la tuvieron los mal llamados comunistas.
Por suerte para mí, conocí a otros que no militaban en aquel partido,
pero que eran más comunistas que los que se autoproclamaban como
tales. Ellos me explicaron que los que así se titulaban eran, en
realidad, estalinistas, ciegos servidores de Stalin. A diferencia de
aquellos, estos peleaban a nuestro lado, merecían oírlos con respeto y
con respeto los escuché. Algunos me dieron a leer a Trotsky, otros a
Bakunin, y sin decidirme por ninguno, aprendí a pensar y a convertir
mis entusiasmos idealistas en convicciones. Pero nuestra lucha culminó
en triunfo, derrocamos al tirano y embriagados por la victoria, se
convidó a participar del poder a aquellos que se habían opuesto a
conquistarlo con las armas. En nombre de la unidad necesaria, me
exigieron olvidar. Entonces fui testigo de hechos insólitos: aquellos
convidados a compartir el gobierno por el cual no habían luchado, una
vez acomodados en las sillas de mando, se tornaron jueces inapelables
de nuestras "limitaciones ideológicas" y nos hicieron víctimas de su
sectarismo. Celosos guardianes de la nueva fe, crearon sus tribunales
del Santo Oficio, celebraron juicios de excomunión y llevaron a la
hoguera a más de un hereje. Nuestros inquisidores eran los mismos, los
mal llamados comunistas de antaño.
Pasó el tiempo "y pasó un águila sobre el mar" y hoy contemplamos con
indignación que unos mal llamados "revolucionarios" se yerguen en
defensores a ultranza de nuestro gobierno. No les importan las pifias
en que caiga éste, no reaccionan ante los errores que se cometen, a
todo dicen que sí, todo lo exaltan y son los apologistas "más
apasionados" del sistema que hemos ayudado a crear. Reaccionan con
furia ante cualquier crítica y ven enemigos en cualquiera que piense
con cabeza propia. Robóticos repetidores de consignas, son los que
ahora se vuelven contra nosotros como terribles acusadores, se
declaran dueños absolutos de la "verdad" y nos tildan de "nostálgicos
del pasado", "renegados", "disidentes" y otras lindezas por el estilo.
¡Cuánto daño han hecho siempre los "mal llamados"! ¡Vivir para ver!...
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía.
Agosto 2 de 2013
--
________________________________________________________________
De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
Por Jorge C. Oliva Espinosa
Fui criado y educado en la religión Católica, pero los mal llamados
católicos y sus ensotanados hicieron que me apartara de esa fe y en el
ejercicio del pensamiento propio me hice materialista. Demasiado
temprano, sorprendieron al niño que fui y destruyeron mi inocencia,
cuando un confesor me preguntó si "había hecho cositas con niñas"; lo
hizo cuando yo creía que lo único que se podía hacer con las niñas era
jugar a las casitas. Luego me preguntó si lo había hecho con otros
varones y le respondí que con ellos jugaba a los trompos y me fajaba.
Una década después, otro confesor llamó a la policía para entregarme
cuando, bajo el secreto de confesión, le revelé que creía haber matado
a un esbirro de Batista. Me salvé de puro milagro, pero no se salvó mi
confianza en aquellos mal llamados seguidores de Jesús. Ellos me
hicieron alejarme de la iglesia y de la religión.
Por esos años, años idos de mi juventud, supe de quienes se titulaban
comunistas y se oponían a la lucha armada que llevábamos a cabo.
Aducían que al tirano lo derrocaría una huelga general y no nuestra
acción, a la que calificaban de terrorista, aventurera y putchista. Yo
por entonces pintaba letreros subversivos con el número 26 y ellos los
tachaban con sus consignas. Me interesé en conocer quiénes eran estos
y supe que pertenecían a la J. S., siglas que significaban "Juventud
Socialista", la juventud de un Partido mal llamado "Socialista
Popular". Investigué sobre el tal partido y conocí su historia. Eran
los mismos que habían expulsado a Mella de sus filas, los que llamaron
a deponer la huelga que derrocaría a Machado, los que boicotearon al
gobierno de los cien días, los que "no entendieron" el
antimperialismo de Guiteras y cerraron filas con su asesino, los
mismos que pactaron con Batista en el 40 y en el 44, los que adoraron
a Browder y siguieron sus consignas. Cuando supe todo esto, me volví
anticomunista. Y la culpa la tuvieron los mal llamados comunistas.
Por suerte para mí, conocí a otros que no militaban en aquel partido,
pero que eran más comunistas que los que se autoproclamaban como
tales. Ellos me explicaron que los que así se titulaban eran, en
realidad, estalinistas, ciegos servidores de Stalin. A diferencia de
aquellos, estos peleaban a nuestro lado, merecían oírlos con respeto y
con respeto los escuché. Algunos me dieron a leer a Trotsky, otros a
Bakunin, y sin decidirme por ninguno, aprendí a pensar y a convertir
mis entusiasmos idealistas en convicciones. Pero nuestra lucha culminó
en triunfo, derrocamos al tirano y embriagados por la victoria, se
convidó a participar del poder a aquellos que se habían opuesto a
conquistarlo con las armas. En nombre de la unidad necesaria, me
exigieron olvidar. Entonces fui testigo de hechos insólitos: aquellos
convidados a compartir el gobierno por el cual no habían luchado, una
vez acomodados en las sillas de mando, se tornaron jueces inapelables
de nuestras "limitaciones ideológicas" y nos hicieron víctimas de su
sectarismo. Celosos guardianes de la nueva fe, crearon sus tribunales
del Santo Oficio, celebraron juicios de excomunión y llevaron a la
hoguera a más de un hereje. Nuestros inquisidores eran los mismos, los
mal llamados comunistas de antaño.
Pasó el tiempo "y pasó un águila sobre el mar" y hoy contemplamos con
indignación que unos mal llamados "revolucionarios" se yerguen en
defensores a ultranza de nuestro gobierno. No les importan las pifias
en que caiga éste, no reaccionan ante los errores que se cometen, a
todo dicen que sí, todo lo exaltan y son los apologistas "más
apasionados" del sistema que hemos ayudado a crear. Reaccionan con
furia ante cualquier crítica y ven enemigos en cualquiera que piense
con cabeza propia. Robóticos repetidores de consignas, son los que
ahora se vuelven contra nosotros como terribles acusadores, se
declaran dueños absolutos de la "verdad" y nos tildan de "nostálgicos
del pasado", "renegados", "disidentes" y otras lindezas por el estilo.
¡Cuánto daño han hecho siempre los "mal llamados"! ¡Vivir para ver!...
Desde Regla,
Ayer, "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía.
Agosto 2 de 2013
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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.
Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com
jorgecoliva@gmail.com
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