jueves, 11 de abril de 2013

RECORDATORIO A ROBERTO ZURBANO

RECORDATORIO A ROBERTO ZURBANO
Por Jorge C. Oliva Espinosa

No te conozco y no tengo tu dirección de correo electrónico, vía que
utilizo para comunicar a amigos y enemigos mis pareceres. Quiero
dirigirme a ti de cubano a cubano, con la fraternidad que todos nos
debemos, por eso me atrevo a tutearte. Espero que algún periodista,
entre los destinatarios de mis crónicas, te haga llegar la presente.
Favor que ruego y agradezco.
Volvemos a vivir otro abril y se niega a ser pasado un nombre
glorioso: Girón. Lugarcito antes olvidado y hoy para siempre clavado
con sangre en la memoria. Recuerdo aquella primavera de peligros, de
polarización tajante, en espera de la inminente agresión. El primer
comunicado del Gobierno Revolucionario, no especificaba la composición
del contingente invasor que había hollado el suelo sagrado de la
Patria. En un primer momento, pensé que eran los marines yanquis y me
dispuse a enfrentarlos. Igual pensaron muchos, tanto los que se
llamaban revolucionarios, como otros que no habían comprendido y,
víctimas de los prejuicios, se oponían al proyecto socialista acabado
de proclamar. Fui testigo de aptitudes patrióticas, entre quienes no
se ocultaban para mostrarnos sus desacuerdos, pero que en aquella hora
difícil, reclamaban un fusil por el solo hecho de ser cubanos. Entre
los mercenarios, renegados de su patria, venía un negro. Fidel, ante
las cámaras de televisión, le increpó: "¿Qué tú haces aquí?" Nada, que
siempre hay un despistado. Eso fue en el año 61, después pasaron
muchas cosas y llegó el 80 y se abrió El Mariel. Volví a ver,
posiciones semejantes en los reclusos que rechazaban la libertad a
cambio de abandonar el país. Eran cubanos, por encima de su pasado
delincuencial. Preferían continuar en presidio, antes que
desarraigarse: "¡Soy un delincuente, pero antes que eso soy CUBANO!"
Separados por décadas de acontecimientos trascendentales, estos
distintos personajes concitaron mi reconocimiento y respeto. Por
encima de las concepciones ideológicas y del desenvolvimiento social,
estaba la condición de CUBANOS que nos unía. Podíamos concebir de
distinta manera el país que queríamos, podíamos andar la vida de
distinta manera pero, por encima de nuestras diferencias, nuestro
origen nos identificaba como uno y lo mismo. Es que nuestra
nacionalidad, única y mestiza, no admite diferenciaciones. Aquí no son
válidos los términos "Afrodescendiente", ni "Afrocubanos". Porque,
como dice el dicho, "De San Antonio a Maisí, el que no tiene de congo,
tiene de carabalí". ¿Dónde está el cubano que puede blasonar de ser
blanco puro o negro puro? Nuestra identidad mestiza nació en el
barracón, donde el colono español, preso de lujuria, se iba a
refocilar con la negra esclava, despreciando a la señora blanca que
dejaba dormida en su rica cama. Ese fue nuestro origen. Y del mismo,
debemos estar orgullosos. Somos hijos del amor desenfrenado, de la
lujuria y así somos, sin respetar límites, como nos definió el
dominicano sublime que luchó por nosotros más que ningún cubano: "O no
llegamos o nos pasamos".
Por todo lo anterior, me entristece conocer que un cubano que, por
añadidura, tiene la piel negra, hable con la voz y el lenguaje del
enemigo. Lo reprendería igual si tuviera blanca la piel y los ojos
azules. ¿Qué haces ahí, dando combustible a las diatribas del
adversario? Con esas ideas, que enuncian como tuyas, con júbilo te
acogerían en la Fundación Cubano Americana, nunca en nuestra "Casa de
las Américas", que es casa de una América mestiza, ni en nuestra
UNEAC, donde los escritores y artistas son, ante todo, CUBANOS. Mira,
allá, donde publicaron tus deplorables declaraciones, tienen un
presidente negro. Negro, como el que aspiras surja después de Fidel y
Raúl, a quienes achacas todo lo detestable del racismo. Por favor,
mira allí, donde un presidente con pasas no puede evitar la
discriminación contra los que tienen la piel oscura. Por favor, estás
a tiempo. No te dejes embriagar por aquellos que magnifican y
amplifican tus desdichadas palabras. Rectifica y aclara lo que divulga
el enemigo como dicho por ti. No te unas a la campaña difamatoria
contra tu patria. No te alíes con los que sueñan aplastarnos. Eso, sin
importarnos el color que tenga tu piel, no te lo perdonaríamos
nunca...

Desde Regla,
Ayer "La Sierra Chiquita", ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía.
Abril 11 de 2013


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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.

Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com.es
jorgecoliva@gmail.com

miércoles, 10 de abril de 2013

PENSAR, DECIR Y HACER

PENSAR, DECIR Y HACER
Por Jorge C. Oliva Espinosa

En ocasión de ser entrevistado por "The New York Times", cierto
funcionario de nuestro sector cultural, emitió ideas sorprendentes en
alguien que ostente semejantes cargos. Inmediatamente, en España,
voceros enemigos, se hicieron eco de lo expuesto por el cubano. Es
posible que sus palabras fueran tergiversadas, sacadas de contexto y
manipuladas. No puedo asegurarlo, a pesar de que el interesado no se
ha preocupado por aclarar lo publicado. Pero lo cierto es, que sus
declaraciones provocaron respuestas muy variadas, que iban desde la
académica, serena y bien argumentada, hasta el insulto airado que no
apruebo. Sin embargo, todas unánimes en cuanto a condena y rechazo.
Ayer, recibí una crónica que aboga por el derecho a pensar y
expresarse del atacado. En ella se critica que le hayan caído en
pandilla. El autor invoca el deber que todos tenemos de respetar las
opiniones ajenas. Cosa inobjetable por cuanto es norma de convivencia
civilizada. Pero he aquí que a veces, la opinión se convierte en
acción, la palabra en acto. Esto me ha compelido al siguiente
análisis:
Cada individuo de nuestra especie, está dotado de una cabeza y de una
boca. Ambas le pertenecen por completo y la práctica que ejecute con
ellas es asunto de cada cual. A pesar de que no haga el mejor uso de
estas partes de su persona, el pensar y el decir es un derecho que
debe respetarse a todos. Aunque con frecuencia no atinen a conectar la
boca con el cerebro y no digan lo que piensan o no piensen lo que
dicen. Aun así, cuando el mensaje que traen las palabras sea
deplorable, debemos respetar el derecho que tiene el infeliz a emitir
lo que lleva adentro. Respeto y compasión merece, no insultos ni
denuestos. Lo máximo que podría reprochársele, es no cumplir con el
deber de utilizar con eficiencia sus atributos de homo sapiens.
Pero una cosa es pensar y decir, y otra cosa bien distinta es hacer. Y
si bien pensar y decir es derecho irrestricto en una sociedad como la
que pretendemos, la libertad de hacer está condicionada por la misma
sociedad en aras de la convivencia y de su estabilidad como
organización. Ni el más febril sueño anarquista propugnaría que, en
nombre de una supuesta libertad individual, cada uno hiciera lo que le
viniera en ganas, sin preocuparse de que sus hechos perjudicaran o no
al vecino, a la comunidad toda o pusieran en peligro la existencia
del grupo.
No obstante las claras diferencias entre pensar, decir y hacer, cuando
nuestras palabras sirven de eco a las diatribas de un enemigo probado
o las respaldan y corroboran, estamos convirtiéndolas en acción. Y
esto es mucho más reprobable que no pensar y hablar con el cerebro. Es
una contribución, consciente o no, a la labor de quien proclama su
intención de desunirnos para destruirnos mejor. Ya no es pensar y
emitir libremente un pensamiento, cae en el tercer verbo que
analizamos: Es HACER, hacer igual labor enemiga. Entonces, la
sociedad, además de reprobarla, tiene el derecho legítimo a
reprimirla. Es su derecho irrenunciable a la defensa.
Por otro lado, las declaraciones del funcionario han provocado entre
nuestros intelectuales la clásica polémica de que si son galgos o son
podencos, en un tema sobre el que todos estamos de acuerdo: el
problema racial. En una Cuba, donde el que no tiene de congo, tiene de
carabalí, no es ocioso recordar las palabras del Maestro cuando dijo
que "cubano es más que negro, más que blanco, más que mulato". Y lo
más importante: la entrevista tan diligentemente divulgada, contribuye
con un objetivo enemigo: DESUNIRNOS.

Desde Regla,
Ayer "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía
Abril 10 de 2013


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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.

Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com.es
jorgecoliva@gmail.com

martes, 9 de abril de 2013

PAISAJES DE REGLA

PAISAJES DE REGLA
Por Jorge C. Oliva Espinosa

Es tan variado el paisaje reglano, que si vuelves la mirada de un
punto a otro, verás siempre algo diferente. Por ello, porque es
múltiple y diverso lo que hay que ver, te invito a mirar como desde la
platea de un teatro. Vamos, no te desanimes, todos tenemos algo de
dramaturgo. Deja volar tu imaginación, estás cómodo, sentado en una de
las primeras filas. Aún no ha empezado la función, pero la obra
promete, porque puede que se escenifique tu vida, la mía o la de
todos. Observa con detenimiento, sólo se vive una vez y no tendrás
otra oportunidad. Analiza uno a uno cada componente:

EL ESCENARIO
Pegado a la orilla, el escenario está acurrucado, entre tramoyas, al
fondo de la bahía donde, adentrándose en ella como península, divide
las aguas en dos ensenadas que le rodean. La escenografía, paisajes de
puerto: Grandes grúas alzan al cielo sus cuellos de jirafas, barcos en
atraque, embreados pilotes hincados en el agua, bitas, hierros
carcomidos por un anclar para siempre y cordajes por amarrar en el más
allá. Algarabía de marinos en asueto, amargor de braceros sin trabajo,
salitre que impregna el ambiente, recodo último de la bahía, rincón de
creencias y cubanía. Eso es Regla. Pero es más: es pueblo de campo y
es Capital, refugio provinciano y parte de una única habanidad. Estás
en La Habana y no estás. Aquí madera y tejas, allí el mampuesto
colonial, de telón de fondo: la gran ciudad. El municipio más pequeño
y el de más alta densidad., el único que tiene una virgen en
propiedad. Virgen que es doble, porque es María y es Yemayá. Aquí, al
final de mi tiempo, vine a recalar; a sumirme en este encanto,
atracado a mis recuerdos, como un barco más.

DECORADOS

Las casas
Estilos y materiales incompatibles, en estados de conservación al
parecer anacrónicos, forman un abigarrado popurrí en la arquitectura
reglana. Subsisten arcaicas casas de madera, casi ruinas, pintadas de
ese color que sólo da el tiempo. De ellas, algunas se inclinan
mientras otras se mantienen enhiestas, pero todas resistiendo el peso
de los años, negadas a desaparecer. Son testimonios de los
asentamientos más remotos, viviendas de pescadores, braceros y
estibadores, gente curtida de sol y salitre, nervudos, de recia
urdimbre, como sus casas. Esas casas parecen barcas varadas en tierra,
añorantes de travesías, protagonistas de naufragios. Ellas
contemporizan con las primeras mamposterías republicanas, ancianas
también, pero no tanto como los gruesos muros del mampuesto colonial,
que han mutado con el tiempo sus techumbres, como se cambia de
sombrero, se desecha el ya raído y se le sustituye por el nuevo.
Levantados por los abuelos de los abuelos, siguen soportando los más
disímiles techados. ¡Ah, los techos! Vista desde la altura, Regla es
un muestrario de cubiertas, se intercalan las tejas y el zinc, la
placa de hormigón y el cartón embreado. Serpenteando entre ellos,
descubiertos al cielo, los pasillos. Muy estrechos algunos,
laberínticos a veces, refugio de penurias siempre.
Modernas edificaciones alternan con estas antigüedades, testigos de
relativas y variadas bonanzas, del progreso de sus moradores mediante
el trabajo y el sacrificio, o por las ganancias no siempre claras de
dudosos negocios… Pero todas pequeñas, ajustadas al limitado espacio.
Espacio urbano que tuvo que reacomodarse para albergar cada vez más
reglanos. Porque la población fue creciendo y creciendo y el mar
estaba por el frente, por los costados y atrás las empinadas lomas
como un cercado. Más personas y más casas, para convivir se hacinaron.
Cuando el centro estuvo colmado, casuchas precarias en las abruptas
laderas colgaron. Y las lomas se fueron poblando con pasmosos
equilibrios de mago. Regla tiene zonas donde las casas, en oleadas,
asaltaron las colinas por sus vertientes más escarpadas, enracimándose
unas sobre las otras, hasta alcanzar a las que llegaron primero y se
hicieron dueñas de las cumbres. Forman entonces hileras a distintos
niveles, que se comunican por estrechos y zigzagueantes trillos
labrados en la roca. Nada tienen que envidiar a los famosos Cerros de
Caracas, ni a las favelas cariocas. El acceso allí es imposible por
medios motorizados, es obligado subir caminando.
Arriba y en lo llano, en el litoral bajo o en el terreno escarpado, el
área fue poca y los reducidos interiores propiciaron una vecindad
promiscua, familiar, de poblano. Las paredes medianeras, indiscretas,
con ventanas que rompen todo reglamento urbano, son vasos comunicantes
de intimidades, dejando escapar por sus vanos, un abanico de sonidos:
suspiros y estornudos, gritos y espasmos. Una cotidianeidad que se
repite sin cansancio.
Las fachadas muestran, en cambio, todo un universo policromado, prueba
fehaciente del gusto por el color vario del reglano. Aquí han logrado
la imposible compatibilidad del rojo y el amaranto, del azul y el
verde y hasta del rosa con el color naranjo. Así, esta cuadra remeda
la paleta de Matisse, aquella la de Van Gogh y aún otra recuerda la
gama y sensualidad de un Tiziano. En la calle Maceo, casi esquina a la
de Agramonte, hay una edificación de pocas e indefinidas plantas, tan
surrealista, que pudiera ser un monumento a Salvador Dalí. Allí, de lo
alto y al descubierto, visibles desde la calle, las absurdas
escaleras, no se sabe si suben o bajan, porque para acceder al nivel
inmediato superior, es necesario subir primero al más alto y bajar
luego para no llegar a ninguna parte, sólo allí…

Las calles
Gradual pero empecinadamente, las calles de Regla parecen buscar la
verticalidad; con sus continuos ascensos y descensos plantean un
desafío a las piernas no entrenadas. El pueblo tiene dos arterias
principales que, como espinas dorsales, lo recorren longitudinalmente:
La Calle Martí y la Calle Maceo. La primera recibe a los visitantes y
los hace bajar hacia el emboque, donde está el santuario de la virgen
tutelar y las lanchas que van y vienen, cruzando la bahía, como
lanzaderas de una trama de La Habana Vieja. Por Martí, bajando del
Camposanto, se entra al pueblo. Pero si se llega por vía marítima,
entonces por ella se subirá para recorrer Regla. Origen y destino en
parábola de calle, sube desde el mar para morir frente al cementerio.
Martí es la única con aceras de granito. Este lujo, en medio de tanta
pobreza, provocó una enérgica protesta popular. Otras obras, más
necesarias, eran reclamo general. Pero lo presupuestado para el
público transitar, engordaba la bolsa de un alcalde sin moral. El
escándalo fue mayúsculo y del parque para allá, el granito quedó sin
pulimentar. Desde entonces, rebeldes, los poblanos caminan por la
calle, sin las aceras pisar. Martí, que es calle comercial, pasa
frente al parque llamado Guaicanamar, al fondo del cual, parece
esconderse, ocultando sus fraudes, del gobierno la sede municipal. En
ese edificio, en tiempos de la tiranía, radicó la estación de policía,
refugio de asesinos y torturadores, palacio de la villanía. Hoy la
vieja edificación la ocupa el revolucionario Poder Popular.
Maceo es más ancha y menos concurrida. Acompaña a Martí a lo largo de
su recorrido, sirviéndole de flanco inmediato y como aquella, también
comienza o termina en el cementerio. Maceo exhibe las mejores casas;
algunas, orgullosas, se distancian de la acera mediante portales con
muros por barandas. No comparten pared medianera, totalmente
independizadas de sus vecinas. No obstante, tanto en Martí como en
Maceo, a tramos, se hacen presentes esos solares sin patio, que aquí
llaman "Pasillos". Cuarterías interiores, a lo largo de estrechas
galerías.
Como costillas, atraviesan las calles principales otras que completan
el entramado urbano. A veces, al desembocar en alguna de aquellas,
confluyen dos para formar la amplitud de unas cinco esquinas. La más
ancha de todas, la nombrada "24 de Febrero" nace de lo que parece una
plaza; al llegar a Alburquerque se desentiende de la "Calixto García"
para seguir su curso independiente y a unos centenares de metros se
arquea y pierde, bifurcada al pie de la Colina Lenin.
La estrechez de sus hogares obliga a los lugareños a realizar muchas
de sus actividades afuera, en plena calle. Debido a ello, las calles
de Regla no son como las de otros lugares. No solo son vías de
tránsito para ir de un punto a otro, sino también sitio de estar,
espacio social compartido para el disfrute y extensión del hogar. La
calle tiene en este poblado una dimensión especial y sus habitantes
las utilizan con los más variados e impensados propósitos. Como en
ningún otro pueblo o ciudad, aquí, en plena calle podemos ver escenas
de intimidad y personajes insólitos. En algunas cuadras, el cordel y
la caña brava tensan tendederas con ropas recién lavadas. Temprano en
la mañana, Ana pasea sus pavitos de una esquina a la otra de nuestra
cuadra; luego los encerrará en una jaula que tiene en su pequeña sala.
Otro vecino saca a la calle el cerdo que cría en reducido espacio,
para que tome sol. Del cabestro traen a varios caballos para que
pasten en el solar yermo de enfrente, mientras Juan ha amarrado, con
finos cordeles, sus gallos finos en la acera. Sentados en el contén,
dos amigos toman ron y admiran la belleza de Lola que, después de
lavarse la cabeza, en short ha salido afuera a cepillar su cabellera.
Hace ya muchas horas, antes que el sol asomara, ya Chicho sacrificó y
limpió tres puercos en medio de la calle Millar, donde con leña hirvió
el agua necesaria. Tuvo aún tiempo para dejarlo limpio todo, sin
rastro sangriento alguno que revelara aquel matadero en la vía
pública. Aquí todos viven parte de sus vidas en plena calle, han
perdido el miedo escénico porque su intimidad ha corrido, de boca en
boca, por la vecindad, allá, adentro. Y además, porque la calle es de
todos, una propiedad colectiva de todo el pueblo. En aquella esquina,
alrededor de una pipa de cerveza, se ha formado un coro de vecinos.
Algunos vienen con envases y hasta con cubos, para trasladar el rubio
y espumante líquido a sus hogares; otros toman posesión del lugar y lo
convierten en bar al aire libre. Compras en mano, al regreso del
mercado, se detienen a parlotear las reglanas. Sin mirarlas, opulenta
de carnes, contoneándose como nadie, pasa Carmen, la orgullosa mujer
del bodeguero. Mientras, ajeno a lo que no sea su trabajo, cantando
villancicos, contento y activo, se acerca, escobillón en ristre,
Manolo, el trabajador de comunales. Cristiano, fervoroso creyente, va
dispuesto como siempre, a dejar limpia su calle… Pienso que, de la
reciente telenovela, inspiró un pintoresco personaje.

UTILERÍA, LUCES Y OTROS EFECTOS
Este puerto
En mi calle de noche. De noche en mi calle. No es lo mismo, tampoco
suena igual. De ninguna forma alcanzará la melodía que tiene este
pedacito de Regla donde he venido a recalar. Caen las sombras (es un
lugar común), no caen, se alzan sobre las claridades dejadas atrás. En
la acera de enfrente no hay casas, es un terreno baldío que enmarcan
cuatro torres luminarias del cercano atracadero. Está vacío, un barco
que ayer descargaba ha partido… Hace apenas unas horas, soltó sus
amarras y las recias bitas ya lo extrañan. ¡Hay tantas similitudes
entre este puerto y mi alma!...

Religiosidad
Iconos de San Lázaro o imágenes de Santa Bárbara adornan con
frecuencia las fachadas. En muchas ventanas, amarrada con un trapo
rojo, se seca una tuna. En otras, una penca de la llamada "lengua de
vaca". En algunas puertas bajo un pedazo de pan viejo, distintos
impresos exhiben o una lengua atravesada por un cuchillo, o un ojo
abierto y vigilante. Todas son muestras de la religiosidad de sus
habitantes. Parte del folclore de esta villa tan pintoresca e
interesante. No obstante de ser ya algo habitual, parte del paisaje,
la siguiente me llamó especialmente la atención: En una casa a punto
de caerse, con desajustadas tablas podridas por paredes, sus moradores
(quizás la familia más pobre de Regla), han colocado un letrero sobre
la puerta. "DIOS NOS AMA", pregona el rótulo y me es difícil imaginar
cómo sería si los odiara.

Las bodegas
Las bodegas esquineras eran, desde tiempos remotos, el establecimiento
más frecuente en las calles habaneras. Proliferaban en cada barrio
destilando un añejo sabor, quizás heredado de la colonia. Eran una
institución, junto al bodeguero (casi siempre español), inherente a
nuestra identidad y tradición. En la segunda mitad del siglo veinte,
sufrieron la agresión del súper mercado, del grócery norteamericano,
parte de la penetración cultural que sufrimos como neocolonia. Así
irrumpieron aquellos establecimientos con aire acondicionado, de
estanterías ordenadas y carritos niquelados, que trataron de sustituir
al viejo mostrador de caoba, con la pesa, el molinillo de café y el
dependiente del otro lado. Más tarde, con la Revolución y los
abastecimientos empeorando, comenzaron a languidecer nuestras viejas
bodegas, con sus anaqueles vacíos mostrando nuestras miserias. Muchas
sobrevivientes se convirtieron entonces en lúgubres, ruinosos
tugurios, casi siempre mal iluminados, racionalizando locales y
aprovechando espacios. Eran tristes despojos, carcomidos por la
inactividad de un comercio ausente, sustituido por una distribución
igualitaria. Otras se mantuvieron aferradas a sus locales originales.
Por Santos Suárez todavía se pueden ver, también por el Vedado y
Centro Habana, estas reliquias del pasado. Pero en Regla subsistieron
con nueva vida, estos comercios de víveres que aquí llamamos bodegas.
Siguieron donde estaban, en las esquinas, retadoras del tiempo, con
algo de su fisonomía primitiva y así hoy siguen brindando servicios
impensados. Ellas, como todas, distribuyen por la libreta, del
racionamiento la cuota que nos ha igualado. Documento que critican,
escandalizados, enemigos e izquierdistas y que a muchos nos ha
salvado. Pero además, son centros de orientación al pueblo, que conoce
de viva voz del bodeguero y a veces por murales, las nuevas
disposiciones gubernamentales. También, por cubanas, son los lugares
de donde parten chismes y rumores que se difunden en cada barrio. Lo
cierto es, que una vez que ha distribuido las cuotas de los vecinos
que le han asignado, tarea que cumple en unas pocas jornadas, el
bodeguero no tiene mucho que hacer en la mayor parte del mes. Salvo,
claro está, llenar una sarta de papeles que pretenden ser controles y
que demuestran su inutilidad al no controlar nada. Sus largos ratos de
ocio, el bodeguero suele emplearlos de acuerdo a su inclinación y
gusto. En la bodega que me corresponde adquirir los víveres, entra
despiadado el sol de la tarde. Por ello, el bodeguero saca una silla
extensible y la coloca a la sombra, en la acera de enfrente. Allí
permanece sentado, tomando el fresco, intercambiando con los vecinos
noticias y comentarios, como si fuera un veraneante en descanso. Ayer,
pasó frente a él una vecina de la cuadra, madre joven con su bebé en
un carrito y le dijo en un ruego-mandato:
_Sosa, échame un ojo a la puerta que la dejé abierta y tengo que ir a
la farmacia…

Entierros a pie
Otra peculiaridad que tiene esta Regla: Sus entierros son siempre a
pie. La funeraria, la única funeraria del pueblo está a cuatro cuadras
tan solo del cementerio. No es necesario motorizar la caravana. El
cortejo toma la calle, "a paso de entierro" y como es la vía de
salida, el transporte colectivo y cualquier otro, atempera su
velocidad a la de los caminantes. Nadie protesta, porque "así se hace
y así siempre ha sido". Aquí velan al difunto, familiares, dolientes
y vecinos, tanto conocidos como desconocidos. "¡Alguien ha fallecido,
hay velorio!" (Porque no todos los días ocurre) Y, curiosos por ver
quién ha muerto, todos acuden. Así es aquí, en Regla, donde he venido.
Y donde quizás me velen, y vengan todos, amigos y extraños, sin yo
haberlo pedido…

Todos se han visto aunque sea una vez
Me dijo un amigo nuevo, de los que me han salido en esta Regla,
terruño querido, que aquí, todos los habitantes al menos una vez se
han visto. Me lo afirmó como una verdad inapelable. Y yo le creo. ¡Es
tan poco el espacio y es la vida tan grande!…

El nombre de un puente
A pesar de los dos días que llevaba sin comer, no sentía hambre. La
cabeza la tenía embotada y los pensamientos le brotaban como
aplastados por la miseria. En ese estado tomó el camino a Guanabacoa.
Sólo llevaba la soga con que amarraba la chiva, la única propiedad que
le quedaba y que le habían robado esa madrugada. Ahora no tenía nada
que dar a sus hijos… Al llegar al puente sobre el río Tadeo, ya a la
salida de Regla, obró como un autómata: Amarró un extremo de la cuerda
a la baranda y se subió a ella; después hizo un lazo del cabo libre,
se lo ajustó al cuello y saltó al vacío y a las eternas sombras.
Posteriormente, muchos agobiados por sus destinos, le imitaron y
tomaron aquel camino para hacer lo mismo. Sin embargo, él fue el
primero y aún más: dio nombre a aquel puente que, desde entonces, se
llamó "El Puente del Ahorcado".

Lenin y Martí, dos colinas se llaman
Caprichoso por lo irregular, es aquí el terreno. Regla se fundó entre
colinas que le daban abrigo. Ya protegida estaba al fondo de la bahía,
pero más abrigo le hacía falta. El que le resguardara del viento
norte, que con frecuencia la azotaba. Por eso se refugió entre
elevaciones, eso le ayudaba. Aparte de hacerla más resguardada, la
hacía pasar inadvertida, casi olvidada. Pero ella latía con el mundo,
con él sufría y cantaba. Por eso, de sus cimas más altas, Lenin y
Martí las dos colinas se llaman.

Ayer y hoy
Pienso una Regla lejana, cuando engrillados pies arrastraban su
cansancio sobre marineras tablas. Al compás de sus cantos negros,
quizás lamento, quizás esperanzas en pos de ánimo, cargaban las
mercancías destinadas a engrosar las arcas de España. Iban y venían,
repitiendo el corto trecho que separaba del muelle al barco. En un
sentido cargados; en el otro, de todo peso liberados. Aquellas tablas
que unían la embarcación colonial con la tierra esclava, eran el
camino que conducía a un futuro de reclamo, de rebeldía, de lucha por
este hoy…
El crepúsculo llega al puerto. Encimadas sobre el horizonte, algunas
nubes se tiñen de la grana de un amanecer invertido. Frente a mi
puerta, varios caballos, libres de sus arreos, relinchan en el yermo
convertido en pastizal. Los reglanos regresan del trabajo a sus
hogares. Algunos arrastran carritos, muchos transportan bultos y
jabas, figuran una teoría de esforzados cargadores volviendo al
hormiguero; Así, a estas horas, de cansancio que busca reposo, se
animan las calles con liberado júbilo. Algunos hombres se reúnen con
vasos alrededor de una botella de ron. El ambiente se impregna de
aromas de sofrito criollo, donde el ajo, el comino y el ají
condimentarán los frijoles de esta noche. Una suave brisa marina viene
de la bahía y desde lo alto de la loma irrumpen los tambores que
acompañan un canto afrocubano: "Ye re lire, yeyeó, masomba, fambi,
masomba evó…" Es la voz de la sangre, el eco pertinaz e histórico de
aquellos esclavos cargadores, que siglos atrás llenaron con sus cantos
el ayer. Esos cantos que, ya para siempre libres, los siguen
encadenando a la tradición.

Sorpresas en una barbería
Existe en Regla un buen número de barberías. Por la calle principal,
Martí, se encuentran varias. Las hay tan céntricas como la situada
frente al parque, sobre la calle Céspedes. También, a ambos lados de
la ancha 24 de febrero, ocupando sus portales, proliferan
establecimientos de esta clase, y aún en las zonas más periféricas se
puede ver algún que otro sillón, a veces un asiento improvisado,
ocupando una sala, un portal o un garaje en desuso, donde recortan el
cabello. El desempleo y la apertura del trabajo particular, llamado
"por cuenta propia", han hecho proliferar multitud de oficios hace
tiempo perdidos, entre ellos el de barbero. Los nuevos rumbos
económicos por los que transita el país, convirtieron en
independientes a los barberos estatales y muchos que operaban de forma
clandestina, dejaron de ocultarse y ahora lo hacen legalmente. Al
mudarnos para acá, me fue preciso buscar uno y como nunca he sido
exigente con lo referido a mi tocado, me decidí por el más cercano.
Quizás por estar resignado con el aspecto que la naturaleza me dio,
soy de los pocos clientes que, al concluir el Fígaro su labor, no se
miran en el espejo para darla por aprobada o pedir alguna
rectificación. Por todo lo anterior, cualquiera que manejara el peine
y la tijera, sin importar la destreza con que lo hiciera, me venía
bien Y si estaba cerca de mi nueva casa, mejor. A unos centenares de
metros de mi puerta hallé el lugar que reunía las pocas condiciones
que yo exigía. Y hacia allí me dirigí con la intención de mantener mi
pelo dentro de una longitud discreta. Esperaba encontrar lo habitual
en toda barbería: Una peña de habladores, polemizando sobre los más
diversos temas; una tertulia donde se discuten apasionadamente los más
variados temas; un punto de reunión de expertos en todo, lo mismo
fanáticos de la pelota, que profundos conocedores de "lo último"; una
fuente de difusión de noticias, chismes y rumores. Porque a las
barberías concurren no sólo los que requieren los servicios que ésta
brinda. También acuden aquellos que, imperiosamente, necesitan ser
oídos, los sedientos de protagonismo y hambrientos de tribuna. Los
conocedores del más novedoso adelanto científico y del último
escándalo que le armó Chicha a su marido, cuando lo sorprendió de
calzón quitado en casa de "la otra". Yo venía dispuesto a encontrar lo
de siempre. Y sin embargo, en aquel lugar me aguardaban una serie de
sorpresas. La primera fue una peluca de estambres rojos y una roja
nariz de payaso, colgadas al lado del espejo. Al notar que yo miraba
intrigado lo que suponía un adorno estrafalario, me aclaró el
oficiante de la navaja: "Es que yo me contrato para animar fiestas
infantiles. Lo hago sábados y domingos y algunas tardes en que no abro
la barbería… "
Lo miré y me era difícil imaginar que aquel rostro serio y
circunspecto, pudiera encarnar un grotesco y ridículo personaje,
arrancador de carcajadas. "Es que este oficio tiene mucha competencia.
Demasiados barberos para tan pocas cabezas y como payaso gano más.
Aunque hayan pocas fiestas, una me da lo que tres días de pie
pelando". Amplió su argumentación, locuaz como todo barbero. Pero
aquella primera sorpresa no sería la única que yo iba a encontrar y la
segunda no se hizo esperar: Por su continua conversación pude
comprobar que aquel joven era un acucioso investigador de religiones
antiguas y ya desaparecidas. Con dominio me habló de gnósticos,
cátaros y esenios. Sus orígenes y preceptos. No pude menos que quedar
impresionado por sus conocimientos. Animado por el encuentro con
personaje tan culto, pensé que aquel era el mejor lugar para dar a
conocer mis escritos. Mientras esperaban su turno, los clientes
podrían ir leyendo mis estampas costumbristas y mis cuentos. En poco
tiempo mi producción literaria sería conocida y comentada por toda
Regla. Así se lo hice saber a mi nuevo Fígaro, después de revelarle mi
oficio y solicitarle respetuosamente su autorización para dejar allí
varias copias de mis escritos más recientes. Porque, aunque uno
escribe por necesidad y mandato interno, también necesita lectores. No
es lo mismo el por qué y el para qué se escribe. Independientemente
del por qué, todo escritor escribe para ser leído.
Entusiasmado con mi hallazgo, a los pocos días le llevé al
barbero-payaso tres copias de mis nuevos engendros, aquellos que
pintaban a Regla y sus habitantes como mi pueblo de maravillas.
Consciente de estar utilizándolo como agente publicitario y no
queriendo pasar por un inescrupuloso aprovechado, le pedí que
solamente después de haberlos leído y aprobado, procediera a su
divulgación. No tardó en leer las cuartillas que le entregué
respetuoso. Y entonces vino la tercera sorpresa. Haciendo uso de todo
su derecho, se negó de plano a admitirlas en su comercio. Su alegato
para hacerlo fue más que sorprendente: Aquellas estampas podían
ofender a algunos de sus clientes, al verse retratados en algunos
personajes que yo describía en ellas. Confieso que me rebelé, cuando
sentí sobre mí y sobre mi obra, el látigo arbitrario de la censura.
Ese odioso instrumento que utiliza el poderoso para mantener su poder
y que impone a quienes sojuzga por miedo a los efectos que pueda tener
lo censurado sobre otros. Hasta allí me alcanzaba aquel recurso del
temeroso, imponiéndose sobre mi inofensiva obra. Era otra sorpresa más
que me aguardaba en aquella barbería…

Como en Sicilia
Una venezolana que estuvo casada con un amigo reglano, podía
distinguir a simple vista quien era de Regla y quien no lo era. Ella
era de origen siciliano y decía que los reconocía por el parecido que
tenían los de este pueblo con los oriundos de Sicilia. No se refería
al parecido físico, sino al conductual. Para probar el acierto de la
venezolana, valga la siguiente anécdota. Me la contó un amigo y narra
un hecho verídico, vivido por él y a él le dejo la narración:
Es muy raro entre nosotros acudir a la policía para denunciar
cualquier perjuicio o daño ocasionado por un coterráneo. Por lo
general, preferimos cobrar por nuestra propia mano la afrenta. Si
alguien perjudica de alguna manera a otro y no recibe una denuncia del
hecho, sabe que debe prepararse, pues la respuesta del perjudicado no
se hará esperar. Eso le ocurrió a mi primo, quien por defender a su
hermana de un atrevido, le rompió a éste la cabeza. Esa noche su casa
recibió una lluvia de pedradas que rompieron los cristales de varias
ventanas. No valieron los ruegos de las mujeres, advirtiendo de ellas
y de niños la presencia. El bombardeo sólo terminó cuando el hombre de
la casa, subido en la azotea, repelió a los atacantes con una andanada
de tejas. El agresor sabía que la apedreada no quedaría impune y,
temeroso de la respuesta, quiso impresionar a los agredidos paseando
frente a la casa con un machete bajo el brazo. Cuando realizó esta
bravuconada, yo había salido con mi primo y estábamos en el centro del
pueblo Pero las mujeres de la casa, mi tía y mis primas, no se
arredraron y salieron tras el provocador, con la intención de bajarle
los humos. Estando nosotros en la calle 24 de Febrero, vimos entrar a
la panadería al agresor nocturno. Atrás venían mi tía y mis primas,
dispuestas a pasarle la cuenta; y ante la inminente reyerta, para allá
partimos. Yo llevaba en la mano el candado de mi bicicleta. Con esa
arma intervine en la bronca ya formada por la madre de mi primo y sus
hermanas. Con la cabeza rota, por segunda vez, salió el atacado por mi
familia y lesionadas dos de mis primas. Llegó la policía, uno de los
mirones de la reyerta hizo desaparecer el candado de mis manos. Así,
limpio de aquella evidencia culposa, no fui detenido, pero sí mi primo
que, con las mujeres heridas, fue llevado a la casa de socorros y
después a la estación policíaca. En el trayecto, mi tía le aconsejó al
de la cabeza rajada: "Si mi hijo tiene problemas por tu culpa, yo sé
dónde vive tu madre y voy y le doy candela. Así que mejor declaras que
tú venías loma abajo en tu bicicleta y me arrollaste a mí y a mis
hijas, produciéndonos estas lesiones. Tú también te heriste como
resultado del accidente. Yo no te voy a acusar por el atropello. Y así
salimos mejor todos…"
La declaración del sujeto copió las sabias y sicilianas palabras de la
anciana, no hubo denuncia por ninguna de las partes involucradas. Y
todo quedó entre reglanos. ¡Comprueben ustedes si la venezolana, ex
esposa del narrador, tenía o no razón!

Los usos de un garaje
Es frecuente, que los que poseen garaje le den a este espacio variados
usos de acuerdo a sus necesidades. Quienes poseen automóvil, motociclo
o bicicleta los guardan allí y los que no, suelen alquilarlo a otros
que sí tienen vehículos y no cuentan con un lugar dónde guardarlos.
También sé de talleres, cafeterías y otros negocios instalados en
garajes, de algunos convertidos en vivienda y de otros en almacén de
trastos. Pero en Regla vi destinarle al garaje un uso sorprendente:
dormitorio de… un caballo! Durante el día, el dueño del equino lo pone
a pastar en un terreno baldío y en las noches, para evitar que se lo
conviertan en bistés, lo lleva a dormir a su garaje.

La más larga travesía
Bordeando el puerto, camino de Regla, existen atracaderos donde
permanecen fondeados viejos lanchones, para siempre abandonados.
Espigones en desuso que parecen cementerios; lugares de reposo eterno
para barcos que pudriéndose, van descubriendo al salitre sus
osamentas, como sucede a los muertos. Allí para siempre reposan
embarcaciones que un día navegaron airosas. Amarradas al olvido, son
fantasmas que jamás han de zarpar. Cada vez que, por esta ruta, voy a
La Habana o regreso a mi pueblo, contemplo el triste paisaje que
brinda este Camposanto marinero y pienso que quizás también esas
naves, como los creyentes al morir, tal vez soñaron que, para la más
larga travesía, hacia el mar iban a partir…

Desde Regla,
Ayer "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre bastión de rebelde cubanía
Abril 9 de 2013
A 55 años de aquella huelga que descabezó el movimiento clandestino y
rompió el equilibrio entre la Sierra y el Llano.


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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.

Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com.es
jorgecoliva@gmail.com

lunes, 8 de abril de 2013

REGLA Y SUS PERSONAJES

REGLA Y SUS PERSONAJES
Por Jorge C. Oliva Espinosa

Sempronio
Por los hechos que protagonizó en su juventud, podría presumir de
guapo, pero él no vive de lo que hizo, sino de lo que hace. Pudo haber
participado en el secuestro de la Virgen, y por puro milagro no fue el
quinto de los mártires de Regla, asesinados en el reparto Juanelo. Él
nunca lo dirá. Hoy es un tipo apacible y pensador, que se comporta muy
amable, siempre sonriente y comprensivo. Parece inofensivo pero,
¡cuidado!, que no lo es. Se graduó en la Universidad de la Calle y eso
le permite confraternizar con el santero, el católico y el abakuá. A
pesar de sus distintas creencias, ellos están de acuerdo en que
Sempronio es "un tipo que no come miedo" y que en cualquier momento
puede convertirse en "una bola de peligro". Y todos lo respetan,
porque él respeta a todos. A pesar de que nunca porta armas, lo saben
dueño de una muy letal, que no hace daño físico alguno, pero es capaz
de acabar con cualquiera: LA TROMPETILLA. Y esa, Sempronio la usa
peligrosamente y se la dispara al más pinto. Sin distingo entre el
funcionario gubernamental o el gusano que todo lo encuentra mal. Sobre
todo, las más sonoras y estruendosas, se las dedica a aquellos que se
creen poseedores de la verdad absoluta y que no admiten que otros
piensen distinto. Así, respetando los criterios de cada cual y
emitiendo los suyos en plena libertad, sin temor al qué dirán, va
Sempronio, leyenda viva por las calles de Regla.

El Monarca
Ahí lo traen, sentado en su trono que empujan, turnándose, dos
lacayos, rodeado de su corte, su Majestad "Kiki el Gallo". Va rumbo a
su palacio, donde su palabra es ley: La Ley del Rey. Gobierna sobre
sus súbditos que son los vecinos del barrio. Viene en una silla de
ruedas, porque es inválido. Así, día a día, llega a su trabajo y desde
allí manda con acierto sabio. Es el Soberano de su establecimiento,
expendio de productos cárnicos. Todos le respetan cuando lo ven sus
funciones desempeñando: Sobre las inútiles piernas, anota en cada
libreta la cuota a entregar al usuario. Luego, imparte la orden
inapelable: "¡A este le tocan cuatro!". Todos le obedecen. De sus
hermanos, uno cobra, el otro va despachando.

En el embarcadero, esperando.
Debo haberlo visto en el embarcadero muchas veces, pero hasta aquel
día no reparé en él. Era uno más, y su figura diminuta no se hacía
notar, pues permanecía en un rincón, silencioso además. Pero aquella
tarde llovía, y al atracar la lancha, él increpaba a todos,
visiblemente irritado; recorría inquieto todo el salón y martirizaba
nuestros oídos con escándalo y protestas amenazantes. Un empleado del
marítimo transporte me informó: "Es porque su colega no ha bajado, lo
han resguardado en la garita para que no se moje y al no verlo
descender se ha molestado". Me enteré así que todas las tardes,
aquella fidelidad encarnada, esperaba puntualmente la llegada de su
compañero: Un pordiosero baldado que, diariamente, cruza la bahía para
ir a mendigar al otro lado, donde siempre hay turistas que vienen a
admirar la reconstruida Habana. Allá va cada mañana lo que queda de
aquel hombre y él en el muelle se queda esperando. Cuando las sombras
se van agrandando, de regreso vuelve a Regla el inválido y allí lo
recibe su inseparable amigo, moviendo alegre la cola y ladrando.

El anhelo
Cheo tiene varias palomas y un anhelo. Es lo único que le queda de
todo lo que tuvo. Incluso tenía un hijo. Un solo hijo que se fue "pal
norte" y hace tiempo que no sabe de él. Por eso Cheo se pasa las
tardes en la azotea, mirando sus palomas, siguiendo con la vista sus
vuelos, allá arriba; y se queda solo, donde no llegue alguien que le
hable o le pregunte cosas que no quisiera contestarle. Cheo no lo
sabe, pero él tiene celos de sus mansas aves. Todo por culpa de su
único y enorme anhelo. Ese opresivo anhelo que no quiere confesar a
nadie: Pues, como sus palomas, quisiera surcar el cielo y… volar
atravesando el aire.

Un hombre de respeto
Este año cumplo los treinta, pero hace tres que soy sacerdote de Ifá,
respetado como Babalao. Ahijados tengo más viejos que yo, que vienen a
consultarme o a que les haga algún trabajo para librarles de sus
males. En mi familia todos me escuchan con respeto, hasta mi madre.
Pero mi gran amor son mis dos abuelos; ese par de viejos adorables,
los que viven en los bajos, a quienes beso cada tarde, antes de
comenzar mi faena con alguien: Un creyente que me pide le oriente en
problemas que tiene, otro que quiere despojarse. Yo atiendo a todo el
que venga con fe y al que la tenga poca, la fe trato de aumentarle.
Eso sí, que no me hablen, de hacerle un daño a nadie. Yo no hago esos
trabajos, que vayan con su maldad a otra parte…

En tres y dos…
Regla tiene dos estadios: uno pequeño y otro grande. Los dos en la
misma calle. En el chico, que fue el de antes, hay tensión en las
repletas gradas, todos permanecen de pie, pendientes de lo que él
pueda hacer. Los dedos se le cierran como garras sobre el bate. Lo
aprieta como si quisiera comprimirlo, mientras sus ojos de lince
escrutan el rostro del pitcher, queriendo adivinar la bola que piensa
lanzarle. Es la última parte de la novena salida, el juego está por
acabarse. Hay dos outs y en la segunda base, está su socio "El Curro
Fernández", que bateó un tubei para allí embasarse. El juego lo
pierden, cero por una y en sus manos está, aunque sea el empate. Ya le
ha dado a la pelota, dos veces de faul y ahora viene el desenlace. Si
le lanza una recta, tendrá que tirarle. ¿Pero si es bola y abanica el
aire?... De esas bolas de engaño, con que este zurdo del diablo, ha
logrado dominarle. Tiene una única oportunidad; si falla, todos habrán
de culparle. Ah, pero si batea, la salvación del partido nadie podrá
disputarle. De él solo, la victoria depende y el corazón a mil
pulsaciones le late…
De pronto, las atléticas piernas comienzan a temblarle, ya no son sus
piernas envidiables, ahora están delgadas, fláccidas, tan llenas de
várices, que con esfuerzo apenas logran equilibrarle; en las gradas
casi no hay nadie, y en bastón de anciano se ha trocado su bate. Con
él muestra a un niño la forma en que debe empuñarse. De su figura nada
recuerda al famoso pelotero que fue antes. Ahora es "El Viejo Silvio",
el que cada domingo por la tarde, entrena al equipo infantil, para que
compita con los mejores y gane.

El cantante
Se entona muy bien y tiene una voz agradable. Además, su repertorio es
amplio: canta cualquier bolero, guaracha o son, de los que fueron más
escuchados en los años cincuenta del siglo pasado. Y es que él vivió
ese tiempo siendo joven. Ahora ya pasó de los ochenta, pero mantiene
sus facultades. El éxito de tal logro, quizás resida en que siempre se
le ve contento y en que no depende de nadie. Todavía con su trabajo
resuelve las necesidades del hogar que tiene. Allí hay nietos que ya
trabajan, pero parejo con ellos, a mantener la casa él contribuye.
Para eso, cada día usted puede verlo, sentado en un quicio de la calle
Martí, cantando y vendiendo las utilísimas bolsas de nailon,
imprescindibles, tan necesarias en estos tiempos… En la acera de
enfrente hay una tarja, recuerda la casa donde vivió Roberto Faz, el
inmortal cantante y sonero.

Tradición portuaria
Tórax, cuello y brazos, secuela de sus trabajos, los tiene
hipertrofiados. Es negro, bien negro, yo diría que renegro y su piel
brilla como el charol. Resuma energía este anciano, negado a su
ancianidad. Sólo las pasas, bien blanqueadas, delatan su edad. Con
avidez de náufrago, bebe trago tras trago de ron. Lo escucho con
respeto porque, con su peculiar léxico, me está dando una lección:
"Ahora el trabajo e otra cosa, cuarquiera e' etibadó. Pero, mire, yo
lo fui cuando la cosa era al duro, al duro y sin guante… (Se echa un
gran sorbo en el gaznate) Había que pinchar como loco, sin cansarse.
Eso cuando conseguía un turno y ganaba cuatro reales, tenía que sé
caballo pogque, la mitá al que te acaballaba tenía uté que darle. Eso
si quería trabajar; si no, se moría de'ambre. (Vuelve a beber,
sostiene el vaso sin temblarle) Por eso yo le digo, que er trabajo no
mata a nadie. Yo fui etibadó y etibadó fue mi padre. Él conoció a
Margarito, hombre a'tó, de los que no comen miedo, por eso tuvieron
que matarle. Mi padre y él fueron palero lo do, hermano del mismo
palo, abakuases. (Un tercer trago parece impulsarle) Dispué vino
Aracelio y también tuvieron que echárselo. Así era el verso: Su
voluntad la imponían los mandamases, y si te revirabas, no le
importaba un pito matarte. (Sonríe y bebe, como queriendo relajarse)
Cuando la Revolución llegó a lo muelle, fue otro e diparate. La vida
valió algo y el Sindicato estaba pa'cuidarte. Yo siempre fui hombre. Y
lo sigo siendo aunque las piernas me farten. Esas las perdí, etibando
una tarde. Decargaba un vapol francé que voló po'el aire... Fue del
carajo como eplotó aquello… La Cubre llamábase". (Se persigna y sigue
tomando ron. En el puño que sostiene el vaso, lleva un pulso; lo
forman cuentas verdes y amarillas, es una mano de Orula.)

Amor a lejana vista
Regla no tiene que envidiar a Verona por el romance que inmortalizó
Shakespeare. Sin concluir en tragedia, aquí viven dos jóvenes un amor
del que todos hablan. El Romeo reglano vive en un extremo del pueblo;
en el otro su Julieta que, cada tarde, muy arreglada lo espera para
verlo desde el balcón. Él atraviesa calle por calle, en cada esquina
anuncia al que encuentre el propósito de su viaje: va a ver a su
adorada, a su dulce tormento, a la dueña única de su alma. Es un amor
platónico, este loco amor de ellos. Él sin detenerse por su cuadra
pasa, ella lo contempla desde el balcón, arrobada. Sólo se miran, no
se dicen nada. Cada día repiten sin cansarse este acto de supremo
delirio. Porque los dos tienen idéntico mal: El Síndrome de Down.

El fin de "Popeye"
De la casa hoy marcada como la 308 en la calle Agramonte, sale un
joven. Es de pequeña estatura, delgado, de pelo ensortijado y
facciones de indio. Así le dicen: "El Indio" y tiene apenas unos
veinte años. Cuando se me acerca, reparo que tiene el rostro
desfigurado por golpes, que viene todo ensangrentado. En el pecho
presenta varios balazos… Balazos asesinos que le arrancaron con
crueldad la vida. Una placa conmemorativa aparece entonces en la
fachada de esa casa, una tarja de bronce que antes no estaba. Allí
vivió Onelio Dampiel, uno de los valientes muchachos de Regla,
asesinados en El Juanelo. Menos Reinaldo, todos tenían motes o apodos:
Leonardo, "Maño"; Onelio, "El Indio"; Alberto, "El Mono". Hasta allá
fueron a buscarles las hienas sedientas de sangre, conducidas por
"Popeye", un cobarde. Fue de madrugada, en septiembre del 58… El
tiempo ha pasado, pero no impide que el glorioso muerto me hable:
_Después de "lo que pasó", es muy fácil juzgarle. Yo no lo culpo. Sabe
Dios si alguno de ustedes hubiera hecho lo mismo… No hay que olvidar
que hasta ese instante, fue uno más del grupo y participó de lleno,
sin alardes. Estuvo en lo de Tuto, fue el chofer para secuestrar la
Virgen, chequeó al Relojero, fue valiente y confiable. Pero cualquiera
le coge miedo a la muerte, si te aprietan seres infernales, que tienen
de un Ventura el talante. Cuando la Revolución triunfó, quisieron,
pero no pudieron fusilarle. Estaba como ido, hecho un desastre, medio
loco, hablando disparates. Después, me cuentan que iba al cementerio,
a llorar sobre nuestros cadáveres. Que no valía un medio, que se
volvió borracho y que pasó hambre, en pordiosero convertido, durmiendo
tirado en la calle. A los jueces severos, sería bueno recordarles: Que
para enfrentar la muerte, no todos tienen igual coraje. A él, el miedo
lo convirtió en delator miserable. Que otros lo juzguen, quizás la
Historia lo condene, yo me inclino a perdonarle…
No dice más el muerto, sigue caminando de Regla las calles. El pueblo
lo guarda con cariño en sus memorias, y las puertas de la Gloria le
abre.

Mi novia
Regla estaba allí y yo venía con tanta poesía dentro… Con tanto a
quien descargar mi amor, como en un puerto. Yo venía sediento… Ella me
dio de beber y yo quedé satisfecho. Aquí eché para siempre mis anclas,
amarrado a su viejo espigón, embriagado de amor, aquí me quedaré.
Porque es mi novia, mi pueblo de maravillas, mi sueño…

Jorge C. Oliva Espinosa
Regla, Abril de 2012 - Abril de 2013

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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
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Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
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domingo, 7 de abril de 2013

REGLA, MI AMOR

REGLA, MI AMOR
Por Jorge C. Oliva Espinosa

"... No sé que tienen estas calles de Regla, que siendo empedradas
parece que de ellas brotan flores"...
José Martí
(Velada inaugural del Liceo Artístico y Literario de Regla, febrero 8 de 1879)

"Dónde pongo lo hallado, en las calles, en los libros, la noche, los
rostros en que te he buscado…
Dónde pongo lo hallado, en la tierra, en tu nombre, en la Biblia, en
el día en que al fin te he encontrado".
Silvio Rodríguez

Definitivamente: ¡Me he enamorado! Mejor sería decir que ella me ha
envuelto en sus redes de amor, me ha prendado y prendido a sus faldas;
asido a ellas ya caminaré, siguiéndola, el trecho que aún me falta por
andar. La descubrí a la orilla misma de la bahía; pizpireta, me
permitió mirarla detenidamente y se me acercó atrevida, provocadora e
impúdica. Suave brisa marina la envolvía. Olía a salitre, a hierros
carcomidos de viejos barcos que echaron sus anclas para siempre aquí,
a pilotes embreados, a hembra bañada y resuelta. Orgullosa, reclamó
ser la mestiza absoluta y perfecta, por sus múltiples ascendencias
africanas, china y europea. Del Continente Negro posee el desierto y
la selva; de Europa exhibe lo francés venido de un esclavo "Saint
Domingue", el de los cafetales sin fin, el que derrotó a Napoleón;
también es, por andaluza, gitana legítima, del pueblo romaní, y de
Asia aún conserva los ojos rasgados y el pelo lacio. Es decidora,
bulliciosa, guarachera pero profunda, y lleva en el fuego interior que
la abrasa, un mundo de leyendas, de hechicerías y de tentadoras
promesas. Desde el primer encuentro se apoderó de mí, desde ese
instante la amé con pasión y la hice mi todo, mi rincón y mi mundo. Es
la parte de mi adorada Cuba que me rodea inmediata, más tangible, la
que yo puedo ver, tocar, oler, sentirla junto a mí, rodeándome con ese
abrazo tan posesivo que solamente ella sabe dar. Celosa guardiana de
tradiciones que conserva y venera, bebedora de ron, rebelde y humilde
pero altiva, jugadora empedernida del azar, supersticiosa, adora a
varios Dioses, los reverencia a todos sin postergar a ninguno. Pero
sobre todo, ama a sus hijos. Los que ha tenido con diferentes padres.
Y entre ellos, me ha aceptado a mí, quizás sabiendo que yo soy su
Edipo. Se llama REGLA (antes se llamó Guaicanamar) y es un pueblo
provinciano, adherido a la Capital, dicotómico y encantador en sus
contradicciones. En ella trasplanté mi hogar. Todo aquí me parece
maravilloso.
Regla, pretenciosamente, se autodenomina "ultramarina", y sin embargo
está al otro lado de la bahía, más bien al fondo de la misma, en su
parte más resguardada, frente a la hoy mal llamada "Habana Vieja", esa
que nuestro Historiador de la Ciudad ha reconstruido como era, cuando
era nueva. Con igual razón, los habaneros pudieran titular su ciudad
como "La ultramarina ciudad de La Habana". Realmente el ambiente, del
que están impregnadas ambas, no es marino, sino portuario. (Aquí
parecen encarnarse muchas novelas de Onetti)
El paisaje de Regla, de pueblito del interior, remeda algunas zonas de Santiago
de Cuba, con sus calles empinadas en lomas que bajan, suben, y descuelgan
escaleras de lo alto, que descienden a otra calle.
Las casas, igual, muchas de una sola planta y techo de tejas, con puertas
que abren directamente sobre la acera, de la que se elevan por tres o más
escalones. Aún luchan por sobrevivir algunas casas de madera,
desafiando al tiempo con su antigüedad de tablas semipodridas. Otras
siguen sosteniendo techos renovados sobre los originales muros del
mampuesto colonial, muros de grosor descomunal, como de fortaleza,
hechos para resistir asedios y cañonazos. Esta imagen de pueblo
provinciano, contrasta con los siete minutos que tarda la lancha en
trasladarnos al centro capitalino, restaurado por Eusebio Leal.
Si Carpentier bautizó a La Habana como "Ciudad de las Columnas", yo me
atrevo a nombrar a Regla como "El Pueblo de los Pasillos". En efecto,
en cada cuadra, podemos encontrar más de un pasillo, angosto pasadizo,
túnel que penetra, unas veces techado, las más a cielo abierto, hasta
el fondo, flanqueado por hileras de cuartos y viviendas de espacio
constreñido. El llamado "pasillo" es la versión reglana del solar
habanero, pero sin el patio central donde exhibía aquel, los
lavaderos, el inodoro y la ducha colectivos.
Pero más impactante que el paisaje arquitectónico, físico, es la arquitectura
social. Aquí la gente siente como propiedad de cada cual la villa que
habitan orgullosos, son más cercanos y familiares, gentes de pueblo.
Ellos viven a otro ritmo, donde siempre hay tiempo para conversar,
para intercambiar con el vecino inmediato, para conocer al mediato y
aún al lejano, o para indagar sobre el forastero. Aquí he comprendido
lo que Hemingway encontró en Cojímar. Yo lo he hallado en Regla: Son
los temas y personajes que te salen al encuentro, que te asaltan la
vista y el oído con sus rasgos y relatos que exigen dejar testimonio
escrito. Aquí la llamada "inspiración" ronda por las calles. Solamente hay
que salir a encontrarse con ella.
Regla arrastra una larga tradición de religiones entremezcladas y es
uno de los lugares donde mejor se puede apreciar el sincretismo de
cultos estudiados por Fernando Ortiz. La Virgen de Regla, la única
virgen negra de Cuba, es la Yemayá afrocubana, marinera y reina de las
aguas. Aquí se alza, pegado al mar, su santuario. Y aquí su pueblo le
rinde fervoroso culto bivalente. A la multifacética madre de Jesús y a
la orisha yoruba, señora de los mares, dueña del color azul, oscuro
para Yemayá Olokun, claro y blanco para otra de sus representaciones,
la de los puertos. El cura católico ha tenido que aceptar en su
templo, ceremonias y ofrendas para ambas deidades. Regla tiene un
único cura párroco, pero muchos "babalaos". Ellos, sacerdotes
respetados, ofician sacrificios sangrientos, ensalmos y baños de
despojo, leen el porvenir y aconsejan a sus "ahijados". Muchos de los
lugareños llevan collares y pulsos de cuentas alternadas, verdes y
amarillas, que los identifican como creyentes iniciados: Ese pulso es
"La Mano de Orula". Otros muchos, hembras y varones, van vestidos del
blanco absoluto, proclamando la advocación de su Santo. Por otra
parte, este pueblo fue, con Guanabacoa, cuna de la sociedad secreta
Abakuá, nacida entre los estibadores del puerto, gente ruda y noble
que, aún hoy, viven aquí, hermanados alrededor de su "palo",
observando su ritual secreto (plante) y el código ético que los
distingue. Por último, los primeros chinos que emigraron a Cuba, los
pobrecitos culíes, traídos engañados, como sustitutos del negro,
cuando se suprimió la trata, desembarcaron en Regla y en Regla fueron
recluidos en un barracón y tratados como nuevos esclavos.
Cuentan los más viejos, que un alcalde ladrón aprobó la construcción
de aceras, negocio que le permitió apropiarse de sumas considerables
del presupuesto municipal. El pueblo reclamaba otras obras más
perentorias, y como muestra de rechazo a la decisión alcaldicia, todos
comenzaron a caminar por las calles sin pisar acera alguna. Hoy
todavía los reglanos andan y desandan sus calles, no por las veredas
para peatones, sino disputándoles el paso a los vehículos.
Resumiendo: Puedo decir que, como Alicia, he llegado a mi "Pueblo de
Maravillas". Si exagero, perdónenme amigos. Ya les dije que ESTOY
ENAMORADO.



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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.

Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
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martes, 2 de abril de 2013

LAS VOCES Y LOS ECOS

LAS VOCES Y LOS ECOS
Por Jorge C. Oliva Espinosa

El homo sapiens, especie de la cual todos los que tenemos apariencia
humana somos representantes, está dotado de una laringe muy especial
que permite articular sonidos. Las variaciones anatómicas de este
órgano, hacen que las voces emitidas se diferencien unas de otras, con
registros y escalas de frecuencia particulares para cada individuo. La
voz nos identifica, además de la fisonomía. Todos tenemos voz, aunque
algunos pretendan ignorarlo y otros prefieran no usarla y decidan
servir de eco a otras voces. No obstante, el poseer algo significa el
deber de su utilización con los mejores fines y de la forma más
eficaz. Y esto no todos lo entienden. Debido a ello, vemos a los que
hablan por hablar, sin fijarse en lo que dicen, ni dónde lo dicen y a
quién se lo dicen. Cuando salen del país, conceden entrevistas a
medios extranjeros y, no sé si por sugestión, por mimetismo o por
servil imitación, impregnan sus voces con los criterios enemigos y se
convierten en ecos de los mismos. Son los que luego, al regresar, se
lamentan de haber sido manipulados. Quizás aprovecharon los aires
extraños, para mostrar su verdadera voz. Quizás se exteriorizaron
involuntariamente. También están los que se suman a campañas y credos
que malamente conocen, alzan sus voces como si fueran altisonantes
dueños de la verdad absoluta, para luego convertirse en lo que son:
ecos. Lamentablemente, más de una vez he visto a quienes se dicen
revolucionarios, utilizar sus voces para difundir las falacias que
genera el Imperio. Me es difícil catalogar todas estas voces como
ingenuas. Algo pretenden algunas de ellas, pero no tienen el valor de
sacarlo a la luz. Como los cobardes de siempre, se suman a los que
temen a las voces. Son los que procuran protegerse con el manto de los
poderosos, a los cuales proclaman adhesión incondicional. Hay voces
que sólo sirven para coro, acostumbran a expresarse en conjunto, bajo
la batuta de un director que marca pautas. Esos nunca hablarán con voz
propia. Existen otros, narcisos de su voz, que se embriagan
escuchándose. Son los que necesitan hablar para autosatisfacerse y que
utilizan sus voces como instrumento de masturbación. Y por último,
lamentablemente, subsisten los que pretenden ignorar las voces ajenas,
esas que con harta frecuencia son las voces de una mayoría, mayoría
que no puede estar equivocada de forma tan unánime.
Ante tantas desviaciones del verdadero destino de la voz, cabe el
consuelo de que aún pueden escucharse algunas que hablan con acento
propio, convencidos de lo que dicen, tengan razón o no, pero siempre
honestas y valientes. Estas voces nos hacen abrigar esperanzas y creer
todavía que un mañana mejor todavía es posible. ¡Escucharlas nos
reconforta y fortalece nuestra fe!...

Desde Regla,
Ayer "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía
Abril 2 de 2013


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________________________________________________________________
De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.

Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com.es
jorgecoliva@gmail.com

lunes, 1 de abril de 2013

DOS TECNICAS MAS

DOS TÉCNICAS MÁS
Por Jorge C. Oliva Espinosa

Voy a citar otras dos técnicas, de las diez que describe Chomsky y que
llama "Estrategias de Manipulación Mediática":

Dirigirse al público como criaturas de poca edad.
La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso,
argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas
veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una
criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente
buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono
infantilizante. ¿Por qué? "Si uno se dirige a una persona como si ella
tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la
sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una
respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico, como
la de una persona de 12 años o menos de edad (ver "Armas silenciosas
para guerras tranquilas")".

Reforzar la autoculpabilidad.
Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia
desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus
capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el
sistema económico, el individuo se auto desvalida y se culpa, lo que
genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de
su acción. Y, sin acción, no hay revolución!

Después de leer lo anterior, me da la certeza de que los que robotizan
nuestra prensa han leído a Noham Chomsky. Esta vez, coincido
totalmente con mi fraternal Sempronio.

Desde Regla,
Ayer "La Sierra Chiquita"; ayer, hoy y siempre, bastión de rebelde cubanía
Abril 1 de 2013



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De la Revolución iniciada en 1868 y aún inconclusa, soy hijo; a ella me
debo.

Jorge C. Oliva Espinosa. Cubano, nieto de mambises, sobreviviente.
http://jorgecolivaespinosa.blogspot.com.es
jorgecoliva@gmail.com